En Bogotá, por otra parte, se adelantaron actividades de restauración de gran importancia y valor entre los años setenta y ochenta, hasta completar prácticamente la totalidad de los bienes patrimoniales de la Colonia y del periodo de la Independencia, como la Catedral Primada, los templos de San Ignacio, San Francisco, San Agustín y Santa Clara, las iglesias de La Concepción, Santa Inés, del barrio Egipto y de La Peña, y las casas de Francisco José de Caldas, Rafael Pombo, José Asunción Silva, de la Academia de Jurisprudencia y del Museo 20 de Julio. También se incluyeron en este proyecto otras edificaciones representativas de las arquitecturas eclécticas e historicistas de finales del siglo xix y principios del xx, como el Palacio Echeverri6 o la Casa Republicana,7 que fueron restauradas en el decenio del ochenta.
Pero en Bogotá vale la pena destacar el proceso que condujo a la declaratoria de la zona histórica del barrio La Candelaria, donde una corporación se crea a propósito —Corporación La Candelaria—, para liderar un proceso transformador que va desde la intervención de la plaza fundacional en el Chorro de Quevedo hasta el mejoramiento de los andenes y la peatonalización de las vías.
Los casos de Cartagena y Mompox son especiales en tanto estas ciudades se constituyen como los centros históricos de mayor jerarquía en el país, por sus características urbanísticas y arquitectónicas, y por su valor histórico y cultural. Por eso, en estos lugares, las intervenciones y restauraciones ya tenían una larga tradición, anterior a las de otras ciudades colombianas. En Cartagena, por ejemplo, se había hecho un largo trabajo con el sistema de murallas y fortificaciones, y se habían preservado edificaciones representativas de lo institucional, lo religioso y lo doméstico;8 también allí, se habían relocalizado asentamientos deprimidos, como Pekín, Pueblo Nuevo, El Boquetillo y algunos sectores de El Cabrero, y se habían hecho intervenciones como el traslado del Mercado de Getsemaní y la erradicación de Chambacú —aquel barrio de la novela de Manuel Zapata Olivella, Chambacú, corral de negros—, que condujeron a la declaratoria de la ciudad como Patrimonio de la Humanidad en 1985. En los ochenta, en la misma Cartagena se inició otro momento, marcado por la actividad restauradora en obras como el Museo del Banco de la República, la catedral con su icónica y cromática cúpula, y el emblemático Teatro Heredia. A mediados del mismo decenio, en la arquitectura doméstica, se intervinieron barrios del sector amurallado —San Diego y Santa Catalina—, antiguos sectores populares y de artesanos, con construcciones más modestas que las de otros barrios o sectores representativos, que fueron adquiridas por familias del interior o del extranjero, lo que definió el inicio de la transformación de la ciudad en el paraíso del jet-set criollo. Lo que se vivió en el Corralito de Piedra estuvo signado por la polémica en lo social, debido a la expulsión de los habitantes tradicionales, y en lo estético-arquitectónico, a causa de la transformación de sus espacios y la conversión de los mismos en recintos suntuosos y muy alejados de sus antecedentes originales. Allí se incorporaron materiales costosos —mármoles, bronces y estucos—, y se llevó a cabo la transformación de las fachadas, especialmente por la sobreelevación de las cornisas para conseguir mezanines interiores, la invención de óculos y de elementos arquitectónicos, además de las alteraciones volumétricas que no se correspondían con la tipología, a fin de aumentar las áreas construidas, según denunciaron arquitectos cartageneros.9 También se iniciaron unas labores de restauración y rehabilitación en extramuros, donde barrios como Manga y El Cabrero quedaron sometidos a una fuerte presión inmobiliaria.
La concepción de centros históricos se extendió a otros centros urbanos de Colombia, no necesariamente por su origen colonial ni monumental, sino desde una perspectiva no monumental y contextualizadora, escogidos por ser representativos de los procesos de poblamiento de los siglos xviii y xix, con arquitecturas más recientes propias del historicismo, el neoclasicismo, el eclecticismo y los variados sincretismos regionales, propios de la actividad edificadora de la segunda mitad del siglo xix y los primeros decenios del xx. Así, bajo esta línea, son propuestos y declarados patrimonio, entre 1977 y 1994, los sectores antiguos de Jardín y Jericó en Antioquia, Aguadas, Salamina y Manizales en Caldas, Ciénaga en Magdalena, y Honda y Ambalema en el Tolima, entre otros. Para algunas de estas zonas se elaboraron estudios reglamentarios que de alguna manera sirvieron luego para contener el embate constructivo y transformador que venía en ascenso desde mediados del siglo xx.
Con el cambio de siglo, la intervención en los centros históricos varió considerablemente al ser definida por el Ministerio de Cultura la realización de planes especiales de manejo y protección —pemp— para cada uno de los 45 centros urbanos considerados en esta categoría, tomando como experiencias piloto el desarrollo e implementación de los pemp de Barranquilla, Santa Marta y Manizales. Estos planes estaban contemplados dentro de una política conjunta denominada Plan Nacional de Recuperación de Centros Históricos —pnrch— planteada desde el año 2001, que buscaba, como su nombre lo indica, la recuperación de estos centros, pero desde una perspectiva que los articulara con las nuevas realidades de planeación de las ciudades (los planes de ordenamiento territorial y los planes parciales), buscando entre otros objetivos el mejoramiento de la calidad de los espacios públicos, la articulación con los nuevos sistemas de transporte masivo, la dignificación de la vivienda para los habitantes de estos centros, y su progreso social y económico. Este plan se comenzó a implementar con el inicio de la recuperación del espacio público del centro histórico de Santa Marta en el 2007 y la realización del concurso internacional de proyectos para el espacio público del centro histórico de Barranquilla,10 convocado en el 2008 y cuyo primer premio fue ganado por opus, Oficina de Proyectos Urbanos.11
Entre los años sesenta y ochenta, las ciudades fueron el escenario en donde se expresó el afán de progreso y modernidad, lo que quería decir demolición y edificación en altura, y a lo que se sumaban las aperturas viales, algo que irremediablemente pasaba por el centro urbano como espacio predominante de la ciudad. Mientras la estructura urbana, en ese entonces, se extendía cada vez más lejos de los desbordados perímetros urbanos, el centro se densificaba como producto de la competencia de las corporaciones financieras, los bancos y las distintas empresas por construir edificios cada vez más altos; volúmenes con los que se disputaban la preeminencia y proyectaban su imagen:
Las grandes empresas del país han comenzado una etapa en la historia de las ciudades colombianas: los rascacielos [...], un rascacielos representa el poder de una empresa, su gran alcance; es la identificación de una compañía en un espacio urbano. De alguna manera, el edificio “símbolo” es una forma de publicidad que representa siempre la imagen de una empresa en una comunidad.12
Esta carrera por conquistar la altura y la recordación se inició en Bogotá con el edificio de Avianca —construido entre 1965 y 1968—, con 42 pisos y 161 metros de altura, siguió en la misma capital con otros edificios como Seguros Tequendama, Colseguros, Centro de Comercio Internacional y Colpatria, este último inaugurado en 1979, el cual, con sus 50 pisos y 196 metros, continúa siendo el edificio más alto del país. Estas construcciones de la capital fueron emuladas en otras ciudades principales: el edificio Coltejer, de 170 metros y 37 pisos (1972) y la Torre del Café, de 160 metros y 36 pisos (1975), en Medellín; así como la Corporación Financiera del Valle, de 135 metros y 32 pisos (1969), Certicolombia, de 150 metros y 38 pisos (1974), y la Torre de Cali, de 185 metros (1984), en Cali, para señalar solo algunos, son significativos por su permanencia en el tiempo, por su altura, y por la incidencia que aún tienen sobre el paisaje urbano. Pero son muchos más los edificios construidos, especialmente en las tres principales ciudades del país, donde fueron expresión de la densidad constructiva, del cambio de escala, de la competencia por la altura y del abigarramiento del paisaje en el centro de las mismas.
Los proyectos de ampliación de vías sobre la estructura urbana existente antes de los años setenta, y los planes viales urbanos en esa década, fueron determinantes en los cambios de la fisonomía urbana. Estos buscaban solucionar el problema de la saturación vehicular urbana y mejorar la accesibilidad a los centros urbanos y la conexión de estos con el resto de la ciudad en expansión. Si bien los proyectos que se formularon fueron