Ciudad y arquitectura urbana en Colombia, 1980-2017. Luis Fernando González Escobar. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Luis Fernando González Escobar
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Документальная литература
Год издания: 0
isbn: 9789587148787
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las oficinas administrativas de la antigua compañía y la construcción de las primeras torres sobre la avenida Caracas. Luego, se continuó la obra hasta 1998 con otros proyectos de vivienda, cuando se suspendió por varios años debido a la crisis económica del país. Desde el 2003 hasta la actualidad se sigue trabajando allí en nuevos proyectos de torres de apartamentos.

      En el proyecto de renovación urbana se mezcló el espacio público como estructurante del proyecto urbanístico, con el reciclaje y la restauración de edificaciones del patrimonio industrial, y el diseño de obras arquitectónicas contemporáneas destinadas a edificios comerciales, oficinas, vivienda unifamiliar, multifamiliar y de equipamiento.22 De oriente a occidente se definió un eje, el Parque Longitudinal o Las Ramblas, una gran área de quince mil metros cuadrados formada por cuatro recintos articulados —Plaza de las Palmas, Parque de los Pinos Romerones, la Rotonda Acústica y el Parque del Centenario—; mientras que transversalmente, de norte a sur, se extendió el Bulevar Bavaria, una especie de paseo peatonal con andenes arborizados, que se cruza con el Parque Longitudinal en un anfiteatro central, en donde la Rotonda Acústica funciona como centro geométrico del proyecto. Además de estos ejes, se configuraron plazas —de las Artes y del Café— para definir casi la mitad del área total como espacio público. Los edificios Cavas y Falcas, restaurados y reciclados como restaurantes, forman la puerta urbana sobre la carrera 13, para dar acceso a La Rambla. Los viejos edificios administrativos de la cervecería se reciclaron para crear una galería comercial, y, dentro del proyecto, los edificios de Las Malterías se destinaron para equipamiento, inicialmente para una biblioteca. Mientras tanto, las nuevas torres de apartamentos, de diferente diseño, mantuvieron cierta unidad de lenguaje con las edificaciones históricas, al hacer uso del ladrillo como material predominante.

      En su conjunto, la de Bavaria es una obra que hace realidad la búsqueda de la tantas veces pedida “sana mezcla de usos”, es decir, la combinación de vivienda, comercio, servicios y recreación para garantizar su utilización y permanencia durante las veinticuatro horas del día, cumpliendo a cabalidad el objetivo reclamado a estos proyectos, de traer de nuevo a los habitantes a vivir en el centro como alternativa viable, con altas calidades habitacionales y ambientales. Hacia el exterior, el proyecto ha implicado una renovación y reactivación de un sector urbano sensible y de importancia para el centro expandido de la ciudad, por la ubicación cercana del Museo Nacional, el Planetario, el templo San Diego, las Torres del Parque, el Parque la Independencia, entre otros. Las características urbanísticas, entonces, permiten el usufructo de la ciudad y no el aislamiento, tal como ya lo había implementado desde los años setenta el cercano proyecto de las Torres del Parque del arquitecto Rogelio Salmona, lección que se había olvidado en los años ochenta a causa del miedo y el encerramiento. En síntesis, esta obra constituye una gran pieza arquitectónica urbana con equilibrio entre diseño urbano y arquitectónico, donde el patrimonio se integra a la nueva arquitectura, algo sin antecedentes en la ciudad colombiana y tal vez sin verdaderos emuladores.

      En el caso del Plan del Centro de Medellín, formulado en 1992, no se tuvieron ni los alcances ni los desarrollos logrados en Bogotá, aunque sí hubo efectos concretos pero parciales en la definición de una nueva arquitectura urbana en el espacio público. El estudio realizado allí siguió la línea tradicional de diagnósticos sobre diferentes aspectos —económicos, sociológicos, de espacio público, transporte, problemáticas ambientales, de participación, etc.—, para terminar en una propuesta de intervención indicativa de principios orientadores y estrategias, sin llegar al diseño urbano en sí. Sin embargo, este plan planteó proyectos estratégicos en el espacio público, como la recuperación de la avenida La Playa y la construcción del Parque San Antonio. El eje de la avenida La Playa se recuperó lateralmente para uso peatonal y, aunque no fue una intervención a fondo como lo propusieron algunos arquitectos, dio inicio a su transformación y se convirtió en un proyecto determinante en la recuperación del centro de la ciudad a partir de este eje histórico. Entre tanto, el proyecto del Parque San Antonio fue considerado en su momento el principal proyecto estratégico del centro, y su implementación tuvo un gran impacto. El concurso para el diseño se abrió en diciembre de 1992 y la obra se inauguró el 14 de diciembre de 1994.23 El resultado fue un espacio de 3.300 m2, en una superficie donde se combinaron la forma del parque tradicional y la plaza cívica y de eventos, todo enmarcado lateralmente por dos galerías comerciales abiertas. En el costado sur se ubica la iglesia que le da nombre al parque, y, en la parte norte, el teatro al aire libre; esto es, la tensión entre dos polos: la arquitectura patrimonial, por un lado, y el nuevo escenario urbano, por el otro. Este proyecto implicó la reactivación urbana de un sector que estuvo abandonado desde los años setenta por la construcción de la avenida Oriental y la avenida San Juan.

      En algunos casos de ciudades intermedias no se plantearon planes del centro, pero sí se mostró interés por mejorar la imagen de la centralidad urbana. La preocupación por el máximo espacio público y referencial de pueblos y ciudades de Colombia ha sido recurrente, desde la transformación de las viejas plazas coloniales y los parques republicanos del siglo xix y principios del xx, hasta las múltiples intervenciones, incongruentes y a veces fatales, realizadas a lo largo del siglo xx. En suma, estos parques perdieron su enorme valor y significado, en la medida en que el ciudadano no siguió encontrando allí, en los años setenta y ochenta, el espacio de socialización y el referente urbano, sino que, por el contrario, empezó a experimentar temor frente al caos, la informalidad o la apropiación vehicular, al punto que muchos se convirtieron en verdaderos parqueaderos o paraderos del transporte urbano.

      De ahí se desprende que a finales de los años ochenta se vuelve la mirada sobre estos espacios, ya no solo como los escenarios fundacionales y referenciales del ciudadano, sino entendidos desde las nuevas posibilidades que podrían brindar para la escena urbana, algo que se prolongaría en los años noventa en distintas partes del país, como Manizales, Pereira, Armenia, Itagüí o Pasto, todas ciudades medianas.

      En este caso de los parques principales, uno de los ejemplos más destacados es la Plaza de Bolívar de Manizales, diseñada por el arquitecto Héctor Jaramillo Botero a finales de los años ochenta. Este fue un proyecto que inicialmente pretendió dejar todo el espacio para el peatón, proponiendo túneles que permitieran la circulación vehicular por debajo del parque. A pesar de no lograr ese objetivo fundamental, el proyecto, mediante una intervención rigurosa y aun aséptica, configuró un gran espacio ciudadano para la actividad cívica, política, cultural y lúdica. La plaza escenario, en este ejemplo, se logra por la explanación de una topografía fuertemente inclinada, lo que permite a su vez que el talud, por tres de los costados, se transforme en escalinata y gradería, abrazando ese espacio libre plano a manera de ágora. Con esta intervención se logró la vinculación visual entre el máximo símbolo religioso, la Catedral, diseñada por el francés Julián Polty en los años veinte, que se levanta en la parte alta del costado sur, y el símbolo político del edificio de la Gobernación de Caldas, obra del norteamericano John Wotard, ubicado en la parte baja del costado norte. Con líneas demarcadas en el piso por materiales vitrificados, se establece gráfica y espacialmente el eje que relaciona la puerta de la gobernación con el pedestal —a manera de escueto tótem—, que es a su vez la base de la escultura de Bolívar, elaborada por el escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancur. Además, dos ejes laterales conformados por árboles “separan” los andenes de los costados oriental y occidental, del espacio central de la plaza, sin obstruir su relación visual. En suma, el de la Plaza de Bolívar es un proyecto que con pocos elementos logra una gran dimensión espacial y estética, por lo cual fue ganador de una mención de diseño arquitectónico en la XIII Bienal de Arquitectura de 1992.

      Una intervención menos lograda y contundente que la de Manizales, pero que formó parte de las obras que persiguieron el interés de la época por el espacio público central, fue la del parque de Itagüí, en Antioquia, diseñado en 1989 por Carlos Julio Calle Jaramillo, Carlos Eugenio Calle Bernal y Carlos Alberto Ceballos Abad. En él se intentó mantener un equilibrio entre el parque arborizado y un nuevo recinto cívico; un espacio para el ocio y la recreación pasiva que enmarca el espacio ciudadano central alrededor de la escultura de Bolívar. Los nichos y muros ajardinados, que crean pequeños recintos, establecen una discontinuidad visual y fragmentan todo el lugar.

      El caso de Pasto, por otra parte, es singular, en la medida en