Pero este no es el único fenómeno de inserción periférica a la globalización y mundialización. En el caso colombiano se pueden señalar dos hechos particulares, con efectos sobre el espacio urbano y arquitectónico: el narcotráfico y la migración internacional. Con el primero ocurre un flujo subterráneo o ilegal de capitales, cuya necesidad de entrar en los circuitos legales implica la inversión en distintos proyectos inmobiliarios, desde viviendas suntuosas, torres de apartamentos, urbanizaciones o centros comerciales, en los que los principios de “buena arquitectura” han sido cuestionados desde los años ochenta y donde predomina lo que se ha llamado el narc decó. Entre tanto, el segundo asunto, acrecentado en los años noventa, representa un efecto positivo para la economía colombiana, por el alto valor de las remesas, que ha llegado a considerarse el segundo sector de la economía nacional; esta alta capacidad económica es aprovechada por el sector inmobiliario para llevarles ofertas de proyectos a compradores colombianos en ciudades como Madrid o Nueva York. Estos son proyectos vendidos sobre planos, de manera que el comprador desconoce su ubicación y calidad real, pues solo ve lo que le venden a través de una imagen virtual, y finaliza su compra, pensando, en muchos casos, en la inversión que le representa a largo plazo o en la posibilidad de usar el inmueble a su regreso. Tal situación en el mercado colombiano lleva a que existan torres de apartamentos y urbanizaciones sin vecinos, cuyos dueños son clientes lejanos, lo que crea efectos negativos en la convivencia, como claramente se ha detectado en muchas ocasiones.
Desde las instancias oficiales de las principales ciudades colombianas se ha intentado la inserción y articulación de estas a la economía global. En Medellín, por ejemplo, con el plan de desarrollo “Medellín competitiva”, 2001-2003, se plantearon agendas para la conectividad —inserción a los circuitos de comunicación, telecomunicaciones y sistemas de información—, la promoción de industria del conocimiento y la internacionalización de la ciudad, con proyectos que iban desde la masificación del internet, la creación de empresas de innovación científica y tecnológica, la formación de clusters10 y contact center, hasta la promoción y el mejoramiento de la imagen urbana con el uso de los espacios existentes, ya fueran culturales —Festival de Arte y Festival Internacional de Poesía— o urbanos —Ciudad Botero—, pero planteando otros como posibilidad de atracción empresarial, cultural o recreativa. Si bien muchos de estos proyectos fracasaron, algunos por ingenuidad y poca claridad en su formulación, a partir de esta propuesta se adelantaron otras que tuvieron como consecuencia el desarrollo de proyectos de arquitectura de significativa importancia urbana, como el Parque Explora, el Centro Internacional de Negocios y Convenciones, el Parque Tecnológico de Antioquia y varios edificios para el ofrecimiento de servicios de salud.
Muchos plantean que el mundo está en la postciudad y marcha hacia la e-topía, es decir, a que existan unas postciudades desmaterializadas, con más servicios virtuales y menos objetos físicos; ciudades en desmovilización —distribución electrónica y ciudades policéntricas, con servicios cercanos—, con personalización en masa, que utilicen recursos según el gusto personal y no el generalizado; de funcionamiento inteligente —automatización para el ahorro y la eficacia—, y con transformación suave, es decir con cambios sutiles, progresivos y no destructivos. Pero nuestras ciudades, a pesar de la tendencia de algunas hacia la metropolización —Bogotá, Caracas, São Paulo, Río de Janeiro, Santiago de Chile o Ciudad de México—, mantienen esa vocación de centralidad, donde importan más los lugares que los flujos, y que integra en su interior, con potencialidad liberadora y emancipadora, atributos propios de las ciudades clásicas. Más que la e-topía lejana, es esta la nueva utopía de los años noventa que plantea María Teresa Uribe: “La ciudad que queremos, la ciudad bien administrada, con una gestión limpia y transparente, la ciudad de los ciudadanos”.11
Si hay algo que marca este inicio del siglo xxi es la pluralidad, multiplicidad y diversidad de alternativas. A pesar de los agoreros o los heraldos del triunfo del capitalismo, no ha llegado ni el fin de la historia ni el de la ciudad. Si bien no somos totalmente ajenos a algunos de los fenómenos de la globalización, las ciudades globales y las e-topías enunciados en párrafos anteriores, hay expresiones diferenciadas, en muchos aspectos, que abarcan lo ambiental, lo geográfico, lo económico, lo tecnológico y lo político. En términos de la relación espacio-tiempo, no hemos perdido aún el espacio (los lugares de encuentro, los referentes geográficos) en beneficio del tiempo (la velocidad, la virtualidad o la superautopista informática), contrario a lo que sucede en sociedades hipertecnologizadas más preocupadas por las redes y los flujos de información. No estar en la vanguardia puede convertirse en una gran virtud. Mientras otros buscan en las ciudades lentas, slow, el regreso al encuentro y a la palabra, nosotros pretendemos perder esos atributos que aún mantenemos como parte fundamental de la cultura, aunque seriamente amenazados y no valorados en su verdadera dimensión.
La ciudad actual colombiana, en términos generales, se debate entre los fenómenos privatizadores y segregadores, los flujos y las reterritorializaciones, la expresiones del consumo y el despilfarro hedonista de la globalización, aupados incluso por instancias gubernamentales. En ella, las arquitecturas urbanas privadas están interesadas en la exaltación impúdica del dinero y en pugna con el rescate de la ciudad para la inclusión social, un propósito bajo el cual las administraciones públicas han comenzado a materializar, junto a la cultura ciudadana, la construcción de un sujeto político moderno y la habitabilidad urbana, todo lo cual está visible en el adelanto de las propuestas de movilidad urbana, de espacio público y de edificaciones educativas, culturales y recreativas. Las administraciones y los arquitectos asumen la intervención de esa ciudad desde discursos como el de las piezas urbanas “detonantes” o transformadoras del espacio urbano circundante, con proyectos de revalorización de zonas deprimidas en terrenos vagos e intersticiales del tejido urbano, o en áreas que enmarcan los ejes viales intervenidos, aunque la mayor parte de estas piezas queda para provecho de la arquitectura privada, que, en conjunto con lo público, define nuestro actual paisaje urbano.
1 Concepto acuñado por la economista y socióloga holandesa Saskia Sassen en 1991, refiriéndose a los cambios ocurridos a escala mundial y a la importancia preponderante de ciudades como Tokio, Nueva York y Londres.
2 Proceso urbanístico que técnicamente se conoce como gentrificación, e implica la renovación de suelos urbanos que por su condición de deterioro tenían bajo costos, pero que con la nueva intervención se revalorizan, siendo esto factor fundamental para la expulsión de la población que los habitaba, generalmente sectores obreros o grupos sociales populares.
3 Estos edificios son: Overseas Union Bank en Singapur (Singapur, 1986, 280 m), Bank China Tower en Hong Kong (China, 1990, 369 m), Ryugyong Hotel en Pyongyang (Corea del Norte, 1991, 300 m), Unit. Overseas Bank en Singapur (1992, 280 m), Central Plaza en Hong Kong (1992, 374 m), Landmark Tower en Yokohama (Japón, 1993, 296 m), Republic Plaza en Singapur (1995, 280 m), CITIC Plaza en Guangzhou (China, 1996, 322 m), Shung Hing Square en Shenzhen (China, 1996, 325 m), Baiyoke Tower II en Bangkok (Tailandia, 1998, 320 m), Burj al Arab en Dubai (Emiratos Árabes, 1998, 321 m), Tuntex 85 Sky Tower en Kaohsiung (China, 1998, 348 m), The Centre en Hong Kong (1998, 350 m), Jin Mao Building en Shanghái (China, 1998, 421 m), Petronas Tower en Kuala Lumpur (Malasia, 1998, 425 m), Cheung Kong Center en Hong Kong (1999, 290 m), Menara Telecom en Kuala Lumpur (2000, 310 m), SEG Plaza en Shenzhen (2000, 292 m), Tomorrow Square en Shanghái (2000, 285 m), Emirates Office Tower en Dubai (2000, dos torres de 355 m y 309 m), Plaza 66 en Shanghái (2001, 285 m), Kingdom Center en Ryad (Arabia, 2001, 298 m), Two Internacional Finance en Hong Kong (2003, 414 m), Taipei 101 en Taipei (China, 2004, 508 m) y el Burj Dubai en Dubai (2010, 828 m).