El volumen norte es el recinto público, de ahí su apertura a la ciudad tanto en sus fachadas como en los espacios para investigadores y público en general. Tiene como centro un gran patio que se une a la ciudad por una diagonal enmarcada hacia la carrera Quinta y la calle Séptima, lugar de acceso pero también de relación visual siguiendo un eje que parte del centro del patio, pasa por la aguja de la torre de la iglesia del Carmen y sigue hacia los cerros Guadalupe y Monserrate en la lejanía. Desde el patio hay una transparencia hacia las fachadas debido a la continuidad de los vanos de las ventanas, en este caso no con calados como en el volumen sur, sino con vidrios, lo que permite esta relación visual interior-exterior. A su alrededor, a nivel del primer piso, hay salas de investigadores y auditorios; en el segundo y el tercer pisos, oficinas, y arriba, terrazas para recorrer y contemplar el paisaje urbano. En la parte nororiental, afuera del volumen, una esquina aguda e inclinada completa el patio interior como espacio público, formando así terrazas en medio de eras arborizadas y ajardinadas.
El resto es maestría en el manejo de detalles y texturas: todo un repertorio en el empleo del ladrillo, en pisos y muros, en cada esquina, en cada remate superior o lateral, y en todos los marcos de vanos de ventanas y puertas. Pero más allá de este repertorio que está presente en cada obra de Salmona, antes y después del Archivo General de la Nación —sin despreciar los ostensibles logros particulares en esta pieza arquitectónica—, el patio constituye uno de los mayores símbolos de la arquitectura urbana colombiana. Es un espacio que ordena los otros espacios del archivo y lo conecta con la ciudad, con el paisaje lejano y, ante todo, con la memoria del país. La rosa de los vientos inscrita en la superficie del piso de este gran patio es la orientación del mapa de la memoria y la historia de un país, simbolizado por los trazos de la arquitectura de este edificio.
Necio es decir que en los años ochenta, más allá del centro de las ciudades del país, se extendía la trama urbana planificada o informal, incluida dentro de los procesos legales o marginales. En uno y otro caso la arquitectura urbana no fue precisamente la constante; en realidad lo predominante fue una sumatoria de casas y edificios con poco sentido de lo urbano, que vorazmente ampliaban la frontera urbana. Escaseaban, entonces, los espacios de encuentro, recreación, ocio, lúdica y civilidad, y se notaba la ausencia de una arquitectura pensada para la ciudad y lo público, con valores estéticos sobresalientes que descollaran en ese paisaje unificado y empobrecido. No obstante, en estos mismos años se materializaron algunos proyectos significativos que se salieron de este lugar común para buscar alternativas de desarrollo y vida urbana. Estos proyectos en buena medida partieron de los planteamientos del economista de origen canadiense Lauchlin Currie, quien planteó el concepto de “ciudades dentro de la ciudad” como manera realista de entender que el crecimiento y la expansión urbana de escala metropolitana eran imposible de frenar, y por tanto era mejor encausarlos mediante comunidades planificadas de suficiente tamaño como para ser verdaderas ciudades, que tuvieran la densidad necesaria para contar con todos los servicios requeridos, pero que, a la vez, siguieran teniendo las proporciones adecuadas para mantenerse compactas y transitables, sin los problemas de las grandes metrópolis. Esta ciudad planificada debía contar con todos los servicios comunales —centros de salud, guarderías, escuelas—, comerciales, de recreación y sistemas de transporte internos y externos.34
Esta idea fue formulada desde los años setenta y se aplicó en algunos espacios en los años ochenta. Estas comunidades buscaban configurar entornos urbanos más amables, ya fuera de manera autónoma o como continuidad de la ciudad, pero estructuradas a partir de la movilidad, el espacio público y el equipamiento. No se partía de la vivienda, sino que se llegaba a ella teniendo como eje la arquitectura urbana. Tres ejemplos son sobresalientes en estos años: Ciudad Salitre, Ciudad Tunal II y Ciudadela Colsubsidio, las tres en Bogotá, con concepciones urbanísticas distintas y enfocadas a grupos sociales diferentes.
Ciudad Salitre es un proyecto pensado desde 1967, que se discutió en los años setenta a partir de la propuesta “ciudades dentro de la ciudad”, pero que igualmente se inspiró en diferentes proyectos urbanos del mundo,35 y se concretó en los años ochenta a partir de la concertación de los sectores público y privado, no para hacer una nueva ciudad ideal como al principio se pensó, sino como un modelo urbano alternativo para consolidar un nuevo eje de actividades múltiples en la zona occidental del centro de Bogotá, ayudando a la ampliación de este, a la descongestión del resto de la estructura urbana y al desarrollo de la totalidad de la ciudad. En tal sentido, este proyecto no solo era una extensión geográfica, sino que pasaba a establecer un centro metropolitano acorde con el crecimiento urbano y demográfico de Bogotá. Pero se puede decir que el interés por este proyecto trascendía lo local de la capital, pues durante varios decenios fue convertido en proyecto de referencia o modelo a seguir en las propuestas de los gobiernos nacionales, a partir del cual se concibieron diversas ideas sobre política urbana.
Una primera etapa de Ciudad Salitre se construyó entre 1987 y 1997, tiempo en que el proyecto estuvo administrado por el Banco Central Hipotecario mediante la figura del fideicomiso.36 En esta época, el Estado asumió todo el proceso de planeación, urbanización, dotación de infraestructura y del espacio público, e incluso de la reglamentación de los perfiles de las futuras urbanizaciones y edificaciones. Luego, el sector privado fue invitado para que, siguiendo los parámetros establecidos, construyera viviendas, edificios de comercio, sedes bancarias y financieras, hoteles y demás bienes inmuebles. En esos diez años de la primera etapa, los proyectos se construyeron siguiendo el sentido occidente-oriente.
En el proyecto Ciudad Salitre se dispuso de un plan maestro37 para doscientas hectáreas, que incluía la infraestructura vial —la primera en ser terminada—, el urbanismo, los servicios comunitarios y el paisajismo, entre otros aspectos. El planteamiento vial definió las características de este proyecto para insertarse de manera adecuada a la ciudad, permitir el mejoramiento de la movilidad en ella y estructurar el proyecto en su interior, en la medida en que las vías determinaban sectores funcionales definidos como supermanzanas. Cada supermanzana, a su vez, se dividía en cuatro manzanas delimitadas por las calles y espacios públicos de escala urbana, pero con calles de acceso hacia su interior.
A pesar de este ordenamiento desde la vialidad, el hecho sobresaliente del urbanismo es la destinación de un amplio porcentaje de terreno para áreas comunes y espacio público: en sentido oriente-occidente, las “avenidas parques”, inspiradas en los famosos Park Way, ya utilizadas en barrios como La Soledad de Bogotá; y en sentido norte-sur, un camellón peatonal paisajístico que conectó con espacios públicos e infraestructuras aledañas como el Parque Simón Bolívar y la terminal de transportes. Las dos avenidas parques —una noroccidental y otra suroriental— se configuraron como bulevares arborizados, con zonas verdes, espacios recreativos, ciclovías, canchas deportivas, plazoletas y templetes. En Ciudad Salitre también fue fundamental el paisajismo en el espacio público: en los paseos peatonales, los senderos y los separadores viales, la arborización y la jardinería fueron concebidas desde una arquitectura paisajista,38 algo poco visto en la arquitectura colombiana. Esa concepción del espacio público se mantuvo en los distintos conjuntos de vivienda, donde los centros de las supermanzanas fueron destinados como plazas, plazoletas, áreas para juegos infantiles, zonas comunitarias —capillas, salones múltiples, guarderías—, senderos peatonales, zonas verdes, jardineras o áreas arboladas. Toda esta prevalencia del espacio público se sumó a la disposición hacia el exterior de esos proyectos de vivienda, que formaban el paramento clásico de las manzanas para configurar la fachada urbana y por ende la ciudad.
En 1997, aún sin terminarse, Ciudad Salitre ya era considerado como “el más planificado y exitoso ejercicio de desarrollo urbanístico integral realizado Colombia”.39 Hoy, después de veinte años,