El Don de la Diosa. Arantxa Comes. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Arantxa Comes
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9788494923937
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      Ahora que lo dice… Espera. ¿Un día y medio? Un día y medio de retraso es demasiado tiempo. La Diosa puede destruir todo el país de Erain en menos de dos segundos. Yo puedo morir en días. Tengo que volver sobre mis pasos. Tengo que encontrar a Amaranta. Pero… ¿Dónde? ¿Cómo?

      —¿Dónde estamos? —insisto, ahora más conmocionado, hecho que nota Judah.

      —Estamos a menos de unas horas de Cala Verde —contesta, orgulloso.

      —¿Cala Verde? Pero eso está al norte. —Oh, no—. Tienes que llevarme de vuelta, por favor.

      De Cala Verde no conozco absolutamente nada. En el instituto me dieron geografía, pero muy superficialmente. Nombres de ciudades, número de habitantes, actividad económica primordial… pero nada más. Mi conocimiento es prácticamente nulo, así que abro la boca para rogarle que no me lleve a ese lugar. Sin embargo, Judah insiste:

      —No puedo volver atrás, chico. Debo llegar cuanto antes a mi pueblo y entregarles la buena nueva. —Mi confusión debe envalentonarle para continuar hablando—. Soy Judah, el Renacido. Yo besé esta Tierra y vi a los ángeles llorar por mí. La gente no puede vivir sin escuchar mi palabra.

      —¿Qué? Oye, solo será un día de retraso. Mira, solo medio camino. Medio día. Solo necesito situarme y entonces seguiré yo solo. No puedo desviarme tanto de la ruta… —La presión en mi pecho va en aumento y ahora sí que no se trata del clavo de la bellota.

      —No puedo. Además, no me permito dejarte solo a la intemperie con esas heridas sin curar. Te propongo una cosa: ven conmigo a Cala Verde. Te curo las heridas, descansas, y luego te digo la forma de marcharte. Incluso te doy la oportunidad de comunicarte con quien quieras. —Sonríe.

      —En serio, no debería…

      Mi tiempo. Me han robado el Mapa y ahora saquean mi tiempo. Es cierto que las heridas duelen mucho más y que empiezo a cojear, pero no puedo anteponer mi salud a mi misión. No lo había hecho antes, y no lo voy a hacer ahora por cuatro zonas malheridas superficialmente.

      —Insisto. —Su tono de voz cambia. Si de normal es cavernosa, ahora parece de ultratumba. Ha nacido desde lo más profundo de su pecho, casi como el gruñido de un perro enorme y viejo.

      Y no sé si es porque me intimida la forma en la que me ha hablado o porque ya no se me ocurre otra forma de convencerle, pero accedo a regañadientes:

      —Bien. Un día más. Luego, me marcharé.

      —¡Muy bien! Pues pongámonos en marcha. —Se decide en un cambio de ánimo muy brusco.

      Judah se dirige a la parte delantera de la camioneta y Piloto hace varios movimientos regulares que me indican que siga al Renacido. Ahora es un buen momento para huir. Puedo dar media vuelta y echar a correr. Si de verdad Judah tiene algo malo preparado para mí, me seguirá con el vehículo y me alcanzará enseguida. Si no, me dejará estar.

      Sin embargo, mis pies se mueven hasta colocarse frente a la puerta del copiloto. Judah me sonríe desde dentro, empujo la manillahacia abajo y me subo a la cabina para luego dejarme caer sobre el asiento. El Renacido me mira de forma amigable una última vez antes de poner en marcha la camioneta.

      La risa de incredulidad de Marfil del Escuadrón Espino retumba en mis recuerdos durante unos segundos. ¿Confiar en un desconocido? Yo le había dicho que fuera de Cumbre la gente es mejor, pero él se había burlado de mí. ¿Y si Judah, el Renacido, es en verdad Judah, el Traficante de Órganos ? Pero en medio del devaneo, mis ojos se cierran sin mi consentimiento.

      Parte del viaje está dominado por un silencio feroz, casi mortífero. Yo me limito a observar la bellota y a preguntarme qué estará haciendo Amaranta en estos momentos con el Mapa de la Diosa. Ella no le va a encontrar utilidad. ¿O sí?

      También examino las pastillas rojas. Rebusco en mi memoria, tratando de encontrar el envase en ella, pero nada. Pillo a Judah observándome de reojo más de una vez. Estudiándome de nuevo. Debo hacerme con un arma cuanto antes para no depender de Piloto eternamente.

      No nos detenemos a comer. Solo hacemos una parada, porque Judah necesita estirar las piernas, pero yo no desciendo. Quiero evitar al Renacido lo máximo posible, y así cuando lleguemos a Cala Verde, comprobar en qué tipo de situación me he metido y entonces, reaccionar ante él. Pero lo cierto es que necesito comer, muchísimo, e ir al baño.

      Cuando Piloto me muestra su pequeña pantalla y me indica que son las cinco de la tarde, Judah me habla:

      —¿A quién buscas tan desesperadamente?

      —A una persona. Una persona muy importante.

      —Los renegados soléis ser gente solitaria. Nadie os espera al llegar a casa, ni rendís cuentas ante nadie. Por eso sois renegados, porque os atrevisteis a dar la espalda al Dios de la Corona Ardiente —me explica como si yo no conociese mi propia situación.

      —Yo no era una persona solitaria. —¿Por qué hablo en pasado? ¿Lo doy todo por perdido ya?—. Yo sí tengo a gente a mi lado. Un Clan entero. Una especie de padre y alguien a quien considero mi protectora. Que ahora parezca estar solo no significa que lo esté.

      —Entonces, ¿quién te abandonó a la intemperie? ¿Quién te golpeó en la cabeza y te dejó sin más protección en medio de la nada consumida por el apocalipsis? —Me escruta, mientras proyecta cada palabra hacia mí como agujas venenosas.

      —Para ser un habitante libre, sabes mucho, ¿no crees? —Autodefensa, cállate.

      —Justamente por ello sé más que nadie. Un habitante libre no conoce jurisdicción.

      —O sea, que tú… vosotros —corrijo—en Cala Verde no estáis subyugados a las leyes de la reina Matilde. Podéis campar a vuestras anchas, sin estar marcados o vigilados, sin que nadie os diga u os pregunte a quién adoráis, sin toques de queda…

      —Bueno, que consideremos que no tenemos límites, no significa que el resto no nos los impongan.

      —¿Cómo?

      De Cala Verde solo sé que es un lugar con muchísima vegetación, fauna y una cultura gastronómica muy amplia. Nada más. El pánico aumenta.

      —Ahora lo entenderás.

      —¿Cómo que ahora…?

      —Agacha la cabeza… ¡Agacha la cabeza!

      Y su grito es tan desgarrador y tan real que instintivamente mi cuerpo se dobla hacia delante y mis manos protegen mi cabeza. Gracias, manos, porque una lluvia de cristales rotos llueve de pronto sobre mí y Piloto. Nos están disparando, pero no aleatoriamente, sino en ráfaga. Una ráfaga continua destroza de una punta a otra el vehículo, y luego retrocede para repasar las zonas que se han quedado intactas.

      —¡Baja!

      —¡Ni de broma! —No va en serio.

      —Están disparando desde el otro lado, si bajas y corres…

      —¡Me alcanzarán ! ¡Son balas!

      Judah gruñe de rabia. Alarga una mano, abre mi puerta y de un empujón me tira fuera. Chillo al golpearme contra la tierra seca. Una nube de polvo me oculta de los rayos del sol durante unos segundos. Piloto llega hasta mí, histérico.

      —¡Piloto! ¡H6!

      Si corro voy a morir. Si me quedo sin hacer nada, también. Así que tengo que hacer caso a mi instinto de supervivencia y usar las pocas armas que poseo. Piloto tiembla y oigo el pequeño rumor que despide su unidad al concentrar una carga. La ola de balas se detiene y Judah desciende por el otro lado. Tras la camioneta descubro algunos haces de luz verde bailar de un lado hacia otro. Judah permanece quieto. Lo van a matar.

      —¡Soy Judah! —grita de repente ¿Qué está haciendo?—. No hagáis nada, ¡soy Judah, el Renacido!

      Debe estar bromeando. Un pequeño pitido me comunica que la carga de Piloto ya está lista. Se van a enterar. El robot vuela unos pies por