El Don de la Diosa. Arantxa Comes. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Arantxa Comes
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9788494923937
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una opción que le permita matarme sin una orden directa de su dueño.

      Iggy me hace caso de inmediato y atrapa al robot. Yo aún no he abierto los ojos, pero gracias al silencio repentino sé que mi amigo ha conseguido suspender al robot. En la oscuridad se está muy bien. En lo más profundo de mi corazón una voz me susurra que desista. Al fin y al cabo, Cumbre ha caído. Ya no queda ni un cimiento de ella y con ello, ningún lazo que me ate.

      Mis padres y Quildo irrumpen otra vez en mi mente, como una huella acusatoria, llena de reproche. ¿Los he dejado morir? Abandonados. Sin embargo, ¿qué han hecho ellos por mí? Dejarme libre no, por supuesto. Dejar que fuese quien quisiese ser tampoco. En cambio, me han obligado a ser una ígnea, a darle la espalda a mis amigos, a atarme a Quildo, a tatuarme, a permanecer callada ante la ida de Tristán, a rezarle al Dios de la Corona Ardiente… El corazón me devuelve un pinchazo cruel como respuesta y caigo de rodillas al suelo.

      —¡Ami! —La voz de Agatha me llega a los oídos y abro los ojos—. Ami… —Se arrodilla junto a mí, pero yo lo veo todo borroso—. ¿Está volviendo a pasar? Dime, ¿saco la medicina?

      —No… Tranquila. Ya sabes que nunca desaparecerá —me toco el pecho—, pero estoy bien, Agatha. —Me apoyo en su hombro y ella me ayuda a incorporarme—. ¿Dónde están Keira y Lars?

      —No tardarán en llegar. Los he visto juntos ayudando a unos expirantes. Me han dicho que me adelantase para no preocuparte —informa, seria.

      —En verdad me preocupa que hayas venido tú sola teniendo en cuenta el panorama…

      —No soy una niña indefensa, Amaranta —me interrumpe, haciendo relucir su lado más oscuro. El que parece morder, agresivo.

      —Ya lo sé. —Sonrío para quitarle peso al asunto. Intento relajar la irritación de mi amiga.

      Me despego de ella y me encamino hacia Tristán. Iggy está de pie junto a él. Sostiene al robot, en estado de suspensión, entre sus finas manos. Mira a Tristán como si fuese un amigo, alguien del que le duele separarse. Pero Tristán e Iggy nunca se han conocido pese a tener la misma edad. La sociedad no les ha permitido eso.

      Porque Tristán pertenece a una clase e Iggy a otra.

      Y, sin embargo, mi amigo lo observa como si pudiese verse reflejado en él, en su juventud perdida. Me pongo a su lado y le rozo la espalda con una caricia débil. Iggy me da un suave beso en la frente. Pese a ser varios años más pequeño que yo, me saca un palmo de altura, y eso que yo de por sí soy alta.

      —Lo vas a hacer, ¿verdad?

      —Tengo que protegerle, Iggy. —Frunzo los labios—. Cumbre ha caído. Aquí ya no nos ata nada.

      —Sabes que posiblemente no te lo perdonen, ¿no? Que no te perdonen que les hayas ocultado tus verdaderas intenciones. —Iggy se aproxima más a mí, trasmitiéndome el temor por su presentimiento.

      —Conozco bien nuestro objetivo. He estado perpetrándolo y luchando por él durante muchos años junto a vosotros. He visto caer a mis seres queridos, he tenido que fingir ser alguien que no era… pero ahora Cumbre ya no existe. Parte de nuestro plan se ha desmoronado y no creo que falle de repente por desviarme unos días del camino.

      Una sombra cruza el rostro de Iggy, pero no sé interpretar qué sentimiento le hiere por dentro. Tengo que ser fuerte por todos. Mostrarme como un muro de hielo que nadie puede derrumbar. Hacer creer que ya nada consigue herirme de gravedad, que soy invulnerable y que, por supuesto, solo deseo protegerlos a todos.

      Agarro por las axilas a mi hermano y, con esfuerzo, lo aparto del camino hasta apoyarlo en el tronco de un grueso árbol. Cojo el robot de las manos de Iggy, sin una palabra, y luego lo conecto al panel de control. Entonces, algo capta mi atención. Sobre el panel de carga, también lleva anudado en el brazo el pañuelo amarillo que he dejado caer para él esta misma mañana. Por su rostro aún se descubren algunas trazas amarillas de pintura.

      Le acaricio la mejilla y noto que se me inundan los ojos de lágrimas. El gesto dice mucho más de lo que parece y estoy casi segura de que en cuanto Tristán despierte no será capaz de perdonarme. A su juicio, lo habré vuelto a traicionar. Escucho a Iggy y a Agatha contactar con Keira y Lars e intento apartar de mi mente los sentimientos que me hacen tan débil.

      Rebusco dentro de la chaqueta ignífuga de Tristán y encuentro el Mapa en el bolsillo que descansa sobre su corazón. Me muerdo el labio inferior. Él no sabe nada sobre el mundo y, aun así, frágil e ignorante, desea luchar. Meto la mano en el bolsillo pequeño de mi mochila y saco un pequeño bote lleno de pastillas rojas. Hago que cierre sus dedos en torno al envase y suplico a mi interior que Tristán no me odie todavía más si cabe por dejarle este peculiar medicamento.

      Voy a levantarme, pero me detiene pensar que en cuanto me marche y nuestros caminos se separen para no encontrarse jamás, me moriré sin saber si Tristán fue o no capaz de perdonarme. Sé que robarle no es la mejor acción con la que dejarle un indudable mensaje sobre mis verdaderas intenciones, así que me llevo las manos al cuello y saco un cordel por encima de la cabeza. De él pende una bellota con un clavo atravesándola por la mitad.

      Acaricio el objeto y lo dejo sobre el pecho de mi hermano. Si esto no conforma para él una señal de que solo quiero protegerle, entonces habré fallado de nuevo. Unos bruscos movimientos me hacen girarme, alerta y en guardia. Descubro que solo se trata de Keira. Sus ojos marrones refulgen con furia y su rostro, prácticamente infectado por la antigua acción de un milagro de la Diosa, se contrae.

      —¿Dónde está Lars? —pregunto.

      —Nos espera a las afueras con las motos. ¡Tenemos que irnos! —Boquea y una gran herida se abre lentamente en su frente .

      Pero sus ojos, siempre escrutadores, se percatan de la presencia de Tristán de inmediato. Me mira, entre dolida y enfadada, pero no me amilano. Este es el camino que yo he escogido y nadie puede impedirme recorrerlo.

      —Ami, no. —Más que una súplica, es una orden.

      —Vamos. —La ignoro, echando a correr, mientras escondo el Mapa de la Diosa en el interior de mi chaqueta y dejo atrás a mi hermano.

      Los oigo seguirme y creo percibir en los pasos de Keira incertidumbre y rabia. Pisa más fuerte, con unas enormes zancadas que desean alcanzarme y detenerme aquí mismo. Aprieto el paso, porque sé que mi amiga es capaz de conseguirlo y convencerme de que siga el plan tal y como hemos acordado ejecutarlo.

      El bosque parece no tener fin y la oscuridad devora el paisaje. El cielo ya no luce tintes de naranja fuego y rojo sangre. El fin del mundo, “la Diosa”, descansa después de la masacre en Cumbre. Saco la linterna y sigo avanzando, alumbrando mis pies e intentando no tropezar con ninguna piedra o rama traicionera.

      Conseguimos alcanzar el final del bosque después de cinco minutos de marcha ininterrumpida. Respiramos con dificultad, cansados. Las mejillas de Agatha parecen dos manzanas de lo rojas que están e Iggy suda muchísimo. Keira mantiene sus ojos sobre mí, firmes. Yo llego con una enorme sonrisa al ver a Lars apoyado en una de las motos.

      Me abalanzo sobre él con un enorme abrazo. Sentir su corazón contra mi pecho me hace muy feliz. Mis amigos se encuentran sanos y salvos; no me voy a quedar sola. Al menos, no de momento. Lars me golpea la cabeza con débiles palmaditas. Lo conozco tan bien que ahora debe estar sonriendo como si nada hubiese sucedido. Me separo de él para comprobar que no me equivoco.

      —Ya está, ya está. No te preocupes —me dice Lars con su aterciopelada voz.

      —Habla por ti. —Cierro los ojos al escuchar a Keira.

      —¿Por qué dices eso? —Lars alterna la mirada entre ambas para detenerse al final en mí e intentar encontrar una respuesta—. ¿Amaranta?

      Suspiro y retrocedo varios pasos hasta colocarme al lado de Iggy. Él busca mi mano y me la estrecha en cuanto nota que tiemblo. Me siento culpable al involucrar de esta manera a mi amigo, pero necesito su apoyo. Que Agatha me observe con el ceño fruncido no mejora la situación. Keira y Lars son capaces de superar un cambio