La gran amenaza para un sistema algorítmico no sería ya una sublevación humana del viejo estilo: barricadas, calles tomadas, movimientos revolucionarios armados, sino el ataque de virus que alteren los archivos de programas y gusanos informáticos que se propaguen de computadora a computadora. Los gusanos se replican. Por lo que una computadora podría enviar cientos de miles de copias de sí misma creando un efecto devastador a gran escala.
El sistema algorítmico asume sus riesgos. Como también lo hacen los gigantes de la producción industrial, cuando asumen que no deben quedarse rezagados en la producción de autos autónomos, hoy liderada por Tesla y Google, y que necesitan de sofisticados programas de computación. Es el caso de Ford, General Motors o Fiat-Chrysler, empeñados en mejorar sus propios programas computacionales para autos sin conductores y con energía eléctrica19. Pero muchos ya comprenden que lo que quedará obsoleto es construir nuevos y mejores autos tradicionales. La industria algorítmica automovilística se impondrá con su concepto de auto como una computadora sobre ruedas.
Decir que todo necesita computarizarse, desde la producción a los servicios, la búsqueda de trabajo o el funcionamiento de las instituciones, supone decir que el complejo tecno-digital lo atraviesa casi todo. Y esta estructura necesita de algoritmos que a su vez dependen de modelos matemáticos. Y los algoritmos como centro del capitalismo digitalizado son capaces de reproducir las desigualdades, de hecho, mediante decisiones algorítmicas.
Cathy O’Neil, ex profesora del Barnard College de la Universidad de Columbia (Estados Unidos), que trabajó como analista de datos en Wall Street, dejó el mundo académico para participar del movimiento Ocuppy Wall Street (OWUS), que denunció los excesos del sistema financiero. Publicó el libro Weapons of Math destruction (Armas de destrucción matemática). Aquí describe los algoritmos que gobiernan nuestras vidas y que perjudican a los desfavorecidos. “Vivimos en la era de algoritmos”, escribe. Porque “cada vez en mayor medida, las decisiones que afectan nuestras vidas —a qué escuela ir, si podemos o no obtener un préstamo o cuánto pagamos por nuestro seguro sanitario— no están tomadas por humanos, sino por modelos matemáticos”20.
Los algoritmos “toman decisiones” muy importantes en la vida de las personas. De acuerdo con la matemática, estos modelos ocultos algorítmicos “manejan nuestra vidas desde que empezamos en la escuela primaria hasta que nos jubilamos”21. Y estos modelos matemáticos están presentes por ejemplo en el control de resultados académicos de estudiantes y profesores; clasificación de currículos; conceden o niegan becas; evalúan a trabajadores; determinan votantes; establecen penas de libertad condicional y vigilan nuestra salud.
En el reino del capitalismo algorítmico, la datificación del big data y las matemáticas son el trasfondo que regula todo. En los tiempos del capitalismo fordista, la importancia de medir el tiempo de trabajo fue esencial para el taylorismo. Medir el tiempo necesario para fabricar una pieza por la manipulación de una máquina era parte de un mejor control y rendimiento del trabajo físico22. Las medidas para determinar una duración o una cantidad hablan de una cuantificación creciente de la vida. Fenómeno al que contribuye también hoy el mundo digital cuando nos acostumbra, como si fuera algo natural, a evaluar contenidos, imágenes o hechos, según la cantidad de “me gusta” que cosechan en las redes.
El mundo dominado por números y cantidades no se trasforma en el capitalismo algorítmico. Las necesidades de la vida dependen cada vez más de algún tipo de numeración. Ejemplo sencillo: sin las comunicaciones mediadas por la tecnología digital el mundo colapsaría. Esas comunicaciones dependen de los números de nuestros celulares, de las direcciones IP, de nuestros números de tarjeta y documento personales. Para comunicarme, actuar y trabajar, necesito tener “mis números”. Y el sistema informatizado en su conjunto a su vez es regulado ya por el número de pasos y cálculos algorítmicos.
Claro, esta matematización de la vida reduce los números a instrumento necesario para identificar a alguien, o para acceder a prestaciones y servicios. Desde un análisis de contrastes filosóficos, el mundo matematizado del capitalismo algorítmico es el reino de la instrumentalización absoluta matemática. Si pudiera pensar, la matemática algorítmica aborrecería la mística matemática pitagórica. Pitágoras, el pensador presocrático fundamental del siglo VI a. C., creía que el número es el ser. En su filosofía, sólo destinada a un círculo hermético de discípulos, los números sostienen un orden matemático y racional como condición para la existencia del cosmos. Ese orden matemático superior era parte de una espiritualidad que vibra en la llamada “música de las esferas”, o en las medias o canon con el que los antiguos escultores griegos tallaban sus esculturas o templos. La espiritualidad de las matemáticas pitagóricas estimulaba la contemplación de las cosas como testimonio de un cosmos u orden universal de origen, finalmente, divino. Lo matemático fue epítome también de un orden universal musical concebido según número y medida en el imaginario medieval de San Agustín. Una matemática como música, una idea que llega hasta el siglo XX en los proyectos musicales de Pierre Boulez o Xennakis.
Pero en el capitalismo algorítmico nada se conserva del origen transcendente de los números pitagóricos. Salvo en el caso de la minoría que cultiva las matemáticas puras, en su uso en la vida práctica cotidiana las matemáticas han perdido su noble pasado de puente hacia una contemplación intelectual del cosmos. Ahora son parte de una vida que se extingue si no respira cada vez más información, números, claves y cálculos algorítmicos. La ciencia de los números en su puro uso funcional responde a la lógica utilitaria; y todo, incluso el ocio o el entrenamiento, es calculado en pos de los beneficios posibles si se capta la atención y el deseo de consumo de los individuos. El mundo unidimensional, reducido a única dimensión de la utilidad práctica, a la más “inteligente gestión de ganancias”23.
Los algoritmos no piensan.
No piensan los algoritmos que deciden la compatibilidad casi perfecta entre Amy y Frank en “Cuelguen a DJ”. Pero esto ofrece dos lecturas. Por un lado, el no pensar de los algoritmos son parte de un modo de pensar precedente y necesario: la ideología del liberalismo económico que sostiene la dinámica del capital y los mercados, en la que siempre la ganancia y el resultado es lo fundamental. Este tipo de pensar es instrumental, tal como Max Weber o la Escuela de Frankfurt no se cansaron de señalar. Por otro lado, decir que hay un pensamiento tras el no pensar de los algoritmos es decir también que hay un engaño a detectar tras la insistencia en que los algoritmos no son conscientes. Los algoritmos no son conscientes en su funcionamiento programado, claro; pero todavía necesitan de una conciencia que genere esos algoritmos. La conciencia del programador, y tras esa conciencia, la estructura mental o modus cogitandi de un pensar instrumental económico-liberal insistente de un capitalismo que siempre se transforma, pero nunca altera su principio constante: optimización de ganancias y del poder económico como valor en sí mismo.
Y la riqueza depende del aumento de la eficacia. Aquí los algoritmos tienen parte de su función. Pero también son parte de una mejor guía o auxilio para que los humanos cometan menos errores inútiles. Equivocarse menos es promesa de mejor utilidades o eficacia en algo. El perfeccionamiento de la eficiencia necesita entonces individuos que acudan, como si fuera un nuevo oráculo, a la inteligencia de los algoritmos para mejor saber lo que deberían pensar, sentir o hacer. O para no equivocare en la búsqueda de una pareja.
2 Ver Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid, 2013, traducción de Wenceslao Roces. Disponible en <www.pce.es/descarga/manifiestocomunista.pdf>. Ver también Eric Hobsbawn, Introducción al Manifiesto Comunista, Crítica, Barcelona, 1998.