¿Pero realmente será así? ¿Los hombres solo encontrarán satisfacción y superación dentro de las consolas interminables o las pantallas por doquier con ofertas de consumo y distracción infatigables? ¿No habrá cielo, o será el cielo solo una imagen electrónica? La sospecha de que el futuro será así es parte del efecto Black Mirror. El temor hacia un imperio de las pantallas dueñas de la vida que nunca se apagan y que, sin embargo, no dejan de ser un espejo negro23. El oxígeno enrarecido de las distopías contaminando los pulmones.
2.2. La distopía de la guerra perpetua
Desde las cuevas y las flechas, las hachas y cuchillos de piedra hasta los misiles, el hombre siempre ha estado rabioso por las armas y la sangre. Pero las guerras no solo retumban en el pasado y en el presente, sino que, para la mirada distópica, su infierno se extenderá hasta el futuro. En El hombre contra el fuego, de Black Mirror, los guerreros del mañana persiguen a “cucarachas” para exterminarlas, porque, supuestamente, portan peligrosas enfermedades. En la parte segunda de este libro analizaremos el universo temático de cada capítulo de la serie en particular, pero aquí aludiremos de manera específica al ejemplo de la continuación y perfeccionamiento tecnológico de la guerra como visión distópica, como mirada pesimista de un mañana que se empecina en seguir destruyendo la utopía de la paz perpetua.
En Black Mirror la guerra devora el futuro. Ningún progreso moral asegura que el hombre expulse de sí la violencia militar organizada. Y si la serie proyecta la guerra en el futuro, lo hace, como es inevitable, imaginando ajustes tecnológicos que mejoran la eficacia de los soldados en el momento de matar. Un particular tipo de implante o máscara libera a los guerreros de ver al enemigo que aniquilarán: les ahorra los conflictos morales que podrían surgir de tomar conciencia de que están asesinando a sus semejantes. El dispositivo o máscara que se les implanta invisibiliza al enemigo real, otra sustitución de la realidad física por imágenes proyectadas; es decir, el reemplazo de lo real por lo virtual.
Podemos sospechar que la guerra existe desde que el hombre habita la Tierra. Seguramente, al comienzo, la violencia se desató por la lucha tribal por el territorio y el alimento, es decir, por la conquista de los mejores recursos para la supervivencia. Algo no muy distinto a lo que ocurre ahora. Con fuerzas armadas más complejas y computarizadas, de nuevo, siempre, surge la lucha por los recursos naturales y la defensa del territorio nacional. La creencia de que un mundo en guerra podría dar lugar a un mundo de paz perpetua fue una aspiración de la modernidad, otro perfil de la utopía moderna. Por la discusión racional, tal vez, las guerras podrían ser superadas y podría arribarse a un futuro sin beligerancia. La modernidad coqueteó en un momento con la utopía de una paz perpetua a la que hoy debemos, sin embargo, oponerle la historia contemporánea y una ficción como la de Black Mirror. En 1795, Kant publicó La paz perpetua. Al madurar la Ilustración, la valorización de la razón avanzó enérgicamente. La razón de la civilización de las luces y el progreso continuo. La modernidad también intentó comprender racionalmente la moral, la historia y la religión. Y la racionalidad aplicada, a su vez, podría superar el fenómeno de la guerra. Al fin de cuentas, la razón o la inteligencia son los elementos centrales de la guerra, y no la mera aplicación de la fuerza bruta, como suele creerse. Desde El arte de la guerra de Sun Tzu, hasta Carl von Clausewitz y su blitzkrieg o guerra relámpago, la guerra es cálculo racional, o hasta incluso, metáfora organizadora de una filosofía de la vida24. El Siglo de las Luces, la Ilustración del siglo XVIII, quiso llevar la racionalidad de la estrategia militar a un plano superior de resolución de enfrentamientos. Ahora, la razón debía ser base de un derecho internacional y un diálogo que permitiera la superación diplomática de los conflictos, en concordancia con el llamado orden o equilibro westfaliano de la política internacional europea25. La idea de guerra entendida como cuerpos que se agreden y masacran fue suplantada por los acuerdos entre los países. La diplomacia y el entendimiento racional pasaron a convertirse en la solución de los desacuerdos antes solo superables por los cañones y las batallas. La posibilidad de una paz perpetua significaría que el progreso continuo del futuro no sería ya estancado por el belicismo. La paz perpetua surgía como utopía del mundo sin guerra, a través de la constitución de una confederación mundial26.
Pero el pacifismo de Kant resultó ser una ilusión, se diluyó en teoría filosófica. Así lo demuestran los conflictos bélicos que se extienden hoy alrededor del globo, y El hombre contra el fuego. Al final, la lógica de los intereses de la guerra se impuso. La guerra como continuación de la política por otros medios (Klausewitz); como expansión imperial (la Inglaterra victoriana); como industria armamentística de un complejo militar industrial (según la famosa definición de Dwight D. Eisenhower); o como medio de “purificación racial”, como luego veremos, desde otro matiz, en El hombre contra el fuego. La visión utópica del mundo sin guerra aparece negada, siempre, por los intereses que engendran los conflictos. Black Mirror nos muestra que las guerras continuarán, las formas de matar se multiplicarán y la manipulación psicológica de los soldados se mejorará por medios tecnológicos. Un mundo libre de las convocatorias a la muerte de los ejércitos es imposible, tanto hoy como mañana.
2.3. El odio contra la fraternidad
Un segundo ejemplo de quiebre de lo utópico por lo distópico que nos sugiere Black Mirror se sitúa en la disolución del anhelo utópico de confraternidad que se vislumbra en Odio Nacional. (De nuevo, aquí solo aludiremos a este aspecto en particular del episodio; en la segunda parte, analizaremos su entramado ficcional completo y los temas que abre para la reflexión y toma de conciencia críticos de ciertos procesos de la contemporaneidad).
La guerra contamina toda la historia. Y así como la paz perpetua fue un momento de deseo de utopía, de superación de la guerra continua, la modernidad buscó, de nuevo, otra medicina utópica: el cooperativismo, el socialismo, la confraternidad como nuevos diseños sociales nacidos de los sueños27.
En la sociedad del siglo XIX, muchos movimientos cooperativistas, desde una matriz socialista, intentaron construir la fraternidad a través del apoyo mutuo, la igualdad y cooperación. El sueño del socialismo utópico saintsimoniano. Pero la utopía de la confraternidad cooperativista no pudo domar las tendencias individualistas. Tanto los falansterios como la comunidad de New Harmony, de Richard Owen, naufragaron. La realidad del capitalismo, del egoísmo y el interés individualista, las reglas de una economía de la competencia continua, destruyeron muchos de los emprendimientos cooperativistas.
Y si el cooperativismo supone confraternidad social, el cristianismo, en teoría, alienta la fraternidad espiritual: el amor de los unos a los otros. La Revolución Francesa, por su parte, también tremoló las banderas de una confraternidad política, la de los hombres libres e iguales ante la ley, imbuidos del mismo derecho a la libertad. Libertad,