Cuando Colón llegó a Japón. Javier Traité. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Javier Traité
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Документальная литература
Год издания: 0
isbn: 9788417333959
Скачать книгу
taínos tan simpáticos. Decenas, centenares de hombres y mujeres desnudos o semidesnudos, pintados y semipintados, todos sonrientes y amables, vienen a visitarlos ahora que se ha corrido la voz. Lo hacen en unas extrañas barcas que parecen talladas en un simple tronco y que ellos llaman «canoas». Las mujeres están de buen ver, pero los españoles se comportan. No se ve mucho oro, salvo algún arete en la nariz o en la oreja. No parece haber especias, aunque Dios sabe qué potenciales económicos tienen esos árboles y esos extrañísimos frutos. ¡O qué potencial económico y geoestratégico pueden tener los loros!

      En cierto momento, Colón repara en las cicatrices de algunos indígenas, gesticula para preguntarles por ellas y ellos dicen un montón de palabras incomprensibles a la vez que señalan en varias direcciones, hacia el sur, el suroeste y el noroeste; luego, hacen grandes gestos de remar y de atacar mientras siguen farfullando.

      —Mira —le dice Cristóbal a Martín Alonso—, parece que de vez en cuando vienen aquí enemigos y les dan para el pelo a nuestros nuevos amigos. Eso quiere decir que Cipango está muy cerca, debe de ser alguna isla próxima. ¡Sin duda la tierra firme está al alcance! ¡Tenemos que partir de inmediato! Tengo en La Santa María una carta de puño y letra de Sus Majestades para el Gran Khan, y me he jurado entregársela y llevarles una respuesta en persona.

      —Bueno —conviene el capitán Pinzón—, da gusto estar en tierra, pero la verdad es que aquí no hay nada, aparte de playas, y esta gente es más pobre que las ratas. Cargamos toda la comida y el agua que podamos y nos vamos. ¡Chicos! ¡Id apurando los últimos intercambios, que nos largamos!

      —También debemos llevarnos a algunos de estos taínos —comenta Colón—, tenemos que enseñarles castellano y que nos hagan de intérpretes. Porque, entre tú y yo, Luis de Torres no me sirve de nada. Traerlo ha sido una estupidez.

      —Pero ¿van a querer acompañarnos?

      —¡Somos la gente del cielo, joder! Para ellos tiene que ser un honor. Y si se resisten, pues yo que sé, montamos algún numerito para distraerlos y raptamos a unos cuantos, un par por barco. Total, aquí no vamos a volver. Espero.

      La negociación es relativamente sencilla, si bien los seis afortunados taínos que marchan con la gente del cielo no parecen muy convencidos. Uno de los marineros estornuda un par de veces y se limpia los mocos con el antebrazo antes de estrechar la mano de un taíno y partir. El puñetero catarro lleva más de un mes amargándole el viaje.

      Cuando la gente del cielo se pierde en el horizonte hacia el noroeste, uno de los guerreros de la tribu se acerca al cacique.

      —¿Qué dices, entonces? ¿Son dioses o no son dioses?

      El cacique se encoge de hombros.

      —Todos los signos así lo indican. Llegaron del sol naciente, de donde nunca viene nadie, en canoas aladas gigantes. Sus cabezas están cubiertas de pelo de arriba abajo. Tapan sus cuerpos con tejidos extraños y se protegen con esos caparazones brillantes como si fueran cangrejos. Nos han traído pequeños objetos maravillosos de ese reino del más allá que llaman Espania.

      —Objetos que, por otro lado, no sabemos para qué pueden servirnos…

      —Y la prueba definitiva es su hedor, que no es de este mundo. Nunca creí que una divinidad pudiera ser tan maloliente.

      —Al menos se han llevado los putos loros —comenta el guerrero—; mi mujer ha puesto el grito en el cielo cuando se ha enterado, pero es que no me dejaban dormir, y mira, cuando vi que al tipo ese, el que parecía el líder, le gustaban, pensé: «¡Enchúfaselos todos!».

      —Ahora te obligará a cazar diez más. Le gustan un montón.

      —Bueno, pero al menos he ganado una semanita. De quien me compadezco es de los seis que se han largado con los dioses barbudos. No puedo ni imaginar cómo deben de oler sus canoas.

      —Yo también los compadezco, pero debo pensar en el bien de la tribu. Para nosotros ya ha pasado lo peor. Dentro de tres generaciones, la visita de la Gente del Cielo será apenas una historia para dormir que contarán las viejas a los niños.

      Mientras los primeros taínos que conocieron a un europeo ni se olían la que se les venía encima, los europeos de las carabelas ni sabían dónde estaban. Las siguientes semanas las pasaron navegando por las Antillas Mayores, trabando contacto con cuantos indígenas se acercaban a verlos mediante los intérpretes capturados en Guanahani, que resultaron mucho más útiles que el bueno de Luis de Torres. La relación entre ellos y los españoles, sin embargo, era compleja. Tras repartirlos por parejas en cada carabela, empezaron a enseñarles castellano y, de paso, a cristianizarlos. Los taínos ponían los brazos en cruz y decían «pater pater» con cara de no entender una mierda, y mal que bien les iban señalando direcciones y dando nombres de nuevas islas. También iban en las avanzadillas cuando se topaban con algunos nativos miedosos; los enviaban en un bote junto a algunos españoles para que gritaran que tranquilos, que aquellos barbudos eran buena gente, que no hacían daño a nadie y que tenían un montón de cuentecitas de cristal y otras mandangas increíbles para intercambiar como regalo. Y era verdad. Hasta entonces, los españoles no habían dado muestras de mayor violencia que algún rapto ocasional. Sin embargo, cuando regresaban a las carabelas, los intérpretes secuestrados miraban de reojo, murmuraban entre ellos y planeaban cómo escapar. Seguramente no soportaban el hedor de las carabelas: no estaban preparados para la divinidad.

      En aquellas semanas de navegación caribeña empezó el festival toponímico que le complica la vida a cualquiera que quiera saber más sobre la conquista de América. En primer lugar, los taínos llamaban a las islas con diferentes nombres. O eran los españoles los que no entendían lo que los taínos decían. El mismo Colón llegó a desconfiar en cierto momento, tras algún incomprensible intento de fuga, creyendo que los intérpretes los confundían a propósito.

      Luego, claro, como estaban apropiándose formalmente de aquellas tierras en nombre de la Corona, les daban a las islas y sus accidentes más reseñables nombres castellanos según el santo del día, algún evento particular o como peloteo a Sus Majestades. Así, tras partir de Guanahani-San Salvador, Colón fue descubriendo y rebautizando otras islas de las Bahamas. A la siguiente que hallaron, una tal Samaná (según aparece en el mapa que haría Juan de la Cosa), la llamó Santa María de la Concepción, y nadie sabe si era el actual cayo Rum o cayo Samaná. A otra, que llamaban Samaet, la bautizó Isabela en honor a la reina. A otra mayor la llamó Fernandina en honor al rey. Y, en cada parada, nuevos contactos, nuevos gruñidos y gestos, nuevas dudosas mediaciones con los intérpretes, nuevos intercambios de cuentas de vidrio y tacitas por ovillos, tubérculos y loros, nuevas referencias a enemigos armados que, sin duda, era gente del Gran Khan. Y nueva maravilla de los españoles ante tantas cosas nuevas y desconocidas, pues hasta los peces eran raros y de extraños colores, e incluso hallaban y mataban serpientes de siete palmos. Colón se queja constantemente en el diario de no tener más conocimientos botánicos, porque no solo es incapaz de identificar los árboles y arbustos, sino que tampoco puede augurar su potencial económico. Y, visto el poco oro que encontraban, necesitaba hallar un potencial económico en cualquier cosa. Llevaban algunas muestras de canela y pimienta para enseñárselas a los nativos y que les dijeran si había por los alrededores, pero casi siempre ponían cara de estar viendo eso por primera vez. De vez en cuando, saltaba alguna falsa alarma: algún nativo decía que sí, que había un bosque de canela detrás de tal o cual colina, pero luego nada de nada.

      Finalmente, en uno de aquellos islotes desubicados de las Bahamas, obtuvieron indicaciones precisas sobre dos islas inmensas que llamaban Colba y Bohío, o Bofío. Decían que en ellas había muchos navegantes con grandes naos que tenían oro y perlas, y Cristóbal asumió que serían de los atacantes que describían los nativos. Colba, por tanto, tenía que ser Cipango, es decir, Japón. Por las noches, en su camarote, acariciaba la carta de los Reyes Católicos al Gran Khan, saboreando con anticipación el momento en que se convertiría en el nuevo Marco Polo. ¿Y Bohío? Pues Dios lo sabría; se acercarían a dar un vistazo y, si había oro o especias, verían el modo de iniciar la explotación.

      Partieron de la isla Isabela el 24 de octubre y tardaron cuatro días en