Sombras. Victoria Vilac. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Victoria Vilac
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9789942884688
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y no regreses!

      Con el poco orgullo que le quedaba, salió corriendo de la mansión, hacia su auto. El chofer arrancó el vehículo y desaparecieron en medio del bosque que rodeaba la propiedad.

      En su interior, la condesa Westrap, lloraba como una niña. Su chofer y confidente la miraba por el espejo, sentía lástima por la condesa a quien conocía desde que era una chiquilla. La dejó desahogarse durante el largo trayecto, hasta que le pareció más tranquila y resignada. Ella sacó un cigarrillo de una cajita dorada, lo encendió y aspiró profundamente. Se dirigió al hombre mayor, cuyo rostro, lleno de arrugas pero de mirada dulce, la observaba con consternación.

      —¿Nunca te cayó bien, verdad Heinz? —preguntó con voz débil.

      Aunque él prefería no contestar, sabía que la condesa necesitaba desahogarse.

      —No lo conocí bien señora, pero…

      —¿Pero? Puedes hablar con confianza. Hoy he escuchado y visto todo lo que necesitaba para despertar de un sueño… o una pesadilla —reflexionó dolorosamente.

      —Usted lo tiene todo en la vida señora, no le hace falta la compañía de nadie, mucho menos de un hombre como él.

      Se calló de pronto, pensaba que sus pensamientos le habían traicionado. Pero Heyla sonrió.

      —Solo somos personas comunes y corrientes, con gustos diferentes. Ya sé que piensas de la magia y el ocultismo pero para mí son temas interesantes —le confesó sin dejar de fumar.

      —No señora. No me refiero a eso. El conde no es como usted o como yo, él es diferente.

      —¿De qué hablas? —le cuestionó ella, inquieta.

      —No lo sé, su presencia me daba escalofríos señora.

      —¿Escalofríos?

      —Sí, no lo puedo explicar, pero eso siempre me pasaba cuando él estaba con usted. Un frío me recorría desde la nuca a los pies.

      —¿Por qué nunca lo mencionaste?

      —Parecía que usted era feliz con él —respondió con honestidad.

      Heyla esbozó una sonrisa.

      —No me había sentido feliz en mucho tiempo, hasta que lo conocí. En la casa de la baronesa Christina Thyssen, ¿recuerdas? —él asintió con la cabeza y calló.

      —Leopold estaba en Amsterdam por negocios y yo me sentía tan sola y desanimada con Isabel y el pequeño Leopold en la casa de sus abuelos. Christina había invitado a todos esos charlatanes para una sesión de espiritismo y él estaba ahí. Su sola presencia me intimidó, su mirada profunda y su vasto conocimiento me atraparon. Cuando lo invité a las reuniones de la Sociedad Thule, no imaginé… —una pausa incómoda interrumpió su monólogo— que se convertiría en mi amante —pensó en silencio.

      —Su esposo y sus hijos la necesitan, señora —Heinz la hizo aterrizar a la realidad— el pasado no lo puede remediar, pero tiene el presente para compensarlos.

      —Ellos no me necesitan ya.

      A sus treinta y tantos, con sus dos hijos viviendo en Suiza para su protección, un esposo que era un reconocido banquero en Ámsterdam y al que casi nunca veía —así lo había decidido desde que se enamoró de Andrei— consideraba que ya nada en su vida tenía sentido.

      ¿Cómo sucumbió a la tentación que era Andrei en su vida? ¿Por qué unas simples palabras de admiración de sus labios, habían hecho hervir su sangre, a tal punto de entregarse en cuerpo y alma, a quien nunca le había prometido nada? —aquellas preguntas martilleaban su cabeza.

      Miró las calles de la ciudad y por primera vez en mucho tiempo, vio los rostros de las personas que transitaban por ella. Sombríos, con miedo, mirando a sus espaldas, recelosos de quien caminaba a su lado. Nadie sonreía. Al verla pasar, solo una mueca de disgusto se dibujaba en sus caras.

      La bandera nazi color rojo sangre con la cruz esvástica negra sobre un fondo blanco flameaba en todas partes: en las calles y en las casas, en los brazos de los niños y niñas de escuela, en adolescentes que formaban parte de las juventudes hitlerianas caminado en grupos junto a monitores nazis.

      Los observaba con desidia cuando una escena llamó su atención: Un joven caminaba distraído cuando dos soldados salidos de la nada, lo lanzaron al piso y comenzaron a darle puntapiés en el rostro y cuerpo. Uno de ellos apunto su arma y sin darle una oportunidad para defenderse o hablar, descargaron su odio al grito de ¡“Un Pueblo, un Imperio, un Guía”! Como un eco, sus palabras resonaron en su cabeza.

      La gente se apresuraba como si la velocidad de sus pasos borraba de su mente aquella escena sin sentido. ¿Había estado tan ciega? —se preguntó—. Todo este tiempo, aferrada a una ilusión y ahora que esta se había quebrado como un cristal, veía cómo era en realidad la situación. La brutalidad de la guerra se hallaba frente a sus ojos.

      Una vez había escuchado decir a Hitler, que en una guerra no había amigos o enemigos, solo circunstancias ¿Algún momento las circunstancias le serían adversas? ¿Podría considerar a los miembros de la Sociedad como enemigos? Por primera vez sintió miedo. ¿Acaso los secretos que le habían revelado podrían ser la excusa perfecta para matarlos?

      —Señora, hemos llegado —era la voz del chofer despertándola de la pesadilla.

      La mujer corrió a su casa, un hermoso chalet ubicado en una zona exclusiva. Todo en su interior era lujo: lámparas de marca Tiffany, alfombras persas decoraban los pisos de las habitaciones, cortinas elaboradas en finos damascos cubrían los amplios ventanales. Los muebles de maderas brillantes y sobre ellos, jarrones chinos con fragantes rosas rojas. Las paredes cubiertas de cuadros; pero no había calor de hogar.

      La soledad se sentía en todos los rincones de la casa. Heyla Von Westrap se recostó en el diván de la sala y lloró hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas.

      Andrei, no había salido de su estudio. Estaba consternado. No habría querido que las cosas terminaran así con Heyla; no la amaba, pero estaba agradecido por todo lo que ella había llevado a su vida: ilusión, esperanza, pero también pasión, deseo y lujuria, no podía negarlo. Ella calmó sus noches de soledad y aplacó el fuego de su ser. Recordaba la sensación de placer que su cuerpo desnudo le había proporcionado en infinitas ocasiones, sus gemidos, sollozos, sus manos acariciando y arañando su piel en los momentos de éxtasis culminante. Se sintió perturbado, aunque su semblante era duro y se enfurecía al recordar sus amenazas, sabía en su interior que ella tenía razón.

      Aunque él nunca le había prometido nada, tampoco le había dicho cuáles eran sus verdaderas intenciones: huir de Alemania hacía América y empezar una nueva vida, si podría llamarla así. Pero ella no estaba en sus planes, nunca lo había estado, principalmente, porque tenía familia y una posición social muy importante dentro de la nobleza alemana. Pero ya todo estaba decidido y su presencia en la mansión no había hecho sino precipitar la huida. No podía correr riesgos innecesarios. Pronto partirían y debía decirle a Leena.

      Unos golpes débiles se escucharon en la puerta de la joven, quien aún contemplaba el bello atuendo, regalo del conde Ardelean y pensaba en los incidentes de la mañana.

      —Señorita, la cena está servida —anunció el mayordomo casi sin mirarla y con prisa por retirarse, ya que la noche había caído.

      —Gracias —respondió ella con honestidad y a la vez con preocupación, preguntándose qué sería de la vida de los habitantes de la mansión, una vez que el conde se marchara.

      —¡Ah!, señorita, el conde la verá en su estudio, después de la cena.

      —¿Él no estará presente? —Preguntó inquieta, puesto que después de la escena de la mañana, no lo había visto, pero el anciano ya le había dado la espalda y desaparecía lentamente escaleras abajo.

      Después de una suculenta comida —quizá el ama de llaves había recordado que ella casi no había probado