La concepción figurativa (pictórica, modelística) del significado fue su aporte teórico. Este involucra concebir a las proposiciones como figuras, lo cual supone que, a su vez, dichas figuras son hechos que se relacionan con estados de cosas posibles. El origen de dicha idea parece haber sido la impresión que le causó la lectura de una noticia sobre el tratamiento en un juzgado parisino de una demanda por un accidente automovilístico en el que se usó una maqueta. En el diario filosófico que llevó adelante durante la guerra, Wittgenstein anota con entusiasmo el 29 de septiembre de 1914: “¡La solución de todas mis cuestiones ha de ser extremadamente simple! En la proposición es compuesto un mundo a modo de prueba. (Como en una de las salas de París es representado un accidente automovilístico con muñecos, etc.)”. (48)
Así, la idea de que una proposición es una figura se entiende si previamente se comprende que una figura puede expresar contenido proposicional. En su diario filosófico de la época de la guerra Wittgenstein inmediatamente ilustra su punto con un dibujo de dos espadachines; y en ese mismo texto y también en el Tractatus remite a la historia de los signos aludiendo a los orígenes de la escritura jeroglífica. Las diferencias con los lenguajes no manifiestamente icónicos no son relevantes, y ese oscurecimiento del aspecto figurativo, icónico, puede ser fuente de innumerables aproximaciones erróneas a lo que constituye el decir y el pensar.
La concepción pictórica involucra la aceptación de la presencia en el lenguaje de una combinación entre una dimensión simbólico-convencional y una dimensión icónico-no convencional. Tenemos en el lenguaje necesariamente dos tipos de expresiones: por un lado, los nombres, que constituyen elemento lingüísticos que se relacionan semántica pero convencionalmente con entidades necesariamente existentes: los objetos simples (Wittgenstein denomina a ese vínculo “relación de figuración”); (49) por otro, los enunciados, las proposiciones, que constituyen expresiones relacionadas no arbitrariamente (una vez establecidas las convenciones nominales) con entidades que pueden o no existir, y que de existir lo hacen contingentemente: los estados de cosas. Wittgenstein denomina “forma figuración” a “la posibilidad de que las cosas se comporten unas con otras al igual que los elementos de la figura”. (50) Así la proposición y el estado de cosas expresado son dos estados de cosas que comparten una forma (que Wittgenstein llamará “forma lógica”), pero el primero es una figura del segundo en virtud de la relación de figuración, la cual es un conjunto de coordinaciones que “son, por así decirlo, los tentáculos de los elementos de la figura con los que esta toca la realidad”. (51)
El punto crucial de Wittgenstein es que en el significado de un nombre hay una dimensión lógica dado que las oraciones no son meras listas de nombres, (52) sino que están necesariamente conformadas por nombres que pertenecen a distintas categorías lógicas, de modo de poder articularse de maneras determinadas por las categorías lógicas en cuestión. Este es el modo en que Wittgenstein reinterpreta la distinción fregeana función/argumento y concepto/objeto. En su presentación no habrá indicaciones acerca de la diversidad de clases a las que pertenecen los objetos referidos (objetos y conceptos de diverso orden en el caso de Frege). La unidad de la proposición estará determinada por las formas de combinación que detenten los objetos simples. El símil extraordinario encontrado por Wittgenstein para dar cuenta de la combinación de objetos sin necesidad de apelar a ulteriores entidades que generen la combinación (el esbozo de explicación fallido de Russell) es el siguiente: “en el estado de cosas los objetos están unidos entre sí como los eslabones de una cadena”. (53)
Lo que prevalece sin ambages es la idea fregeana del Principio de Contexto, dado que en el Tractatus los nombres solo tienen significados en el contexto de los signos proposicionales, en virtud de que los objetos referidos por los nombres admiten determinadas combinaciones con otros objetos a la hora de conformar estados de cosas. Los nombres refieren a objetos, su significado se agota en ellos; pero las posibilidades de combinación de los objetos para dar lugar a estados de cosas posibles configuran la dimensión lógica del significado de los nombres, dado que, para poder ser parte de una oración significativa, deberán ajustarse a dichas posibilidades de articulación.
“Nos hacemos figuras de los hechos”, (54) dice Wittgenstein y, así, sintetiza el modo en que concibe tanto al pensar (dado que “la figura lógica de los hechos es el pensamiento”), (55) como al decir, en la medida en que hablar con sentido, esto es, expresar lo que es pasible de ser tanto verdadero como falso (el rasgo de la bipolaridad), es enunciar proposiciones y “en la proposición se expresa sensoperceptivamente el pensamiento”. (56) Decir lo verdadero será, pues, emitir una proposición que figura un hecho, es decir, un estado de cosas posible y efectivamente existente, mientras que decir lo falso es figurar un estado de cosas que no es un hecho, es decir, que es meramente posible pero que no acaece. (57)
La teoría pictórica de Wittgenstein se presenta así como la gran respuesta del vienés a lo que en la sección anterior denominamos problema del decir, el cual involucra la resolución del problema de la unidad de la proposición. Como bien lo expresa Sandra Lazzer:
La unidad de la proposición termina resultando dos modos de significación: los nombres aportan a la proposición, en su contexto, la referencia a la realidad pero, a su vez, la proposición aporta a los nombres sentido, es decir, las propiedades, predicados o relaciones que caracterizan a los objetos. Pues la forma de los objetos se concibe como sus posibilidades de combinación en hechos, que son las mismas que las posibilidades de combinación de sus nombres en la proposición. (58)
Los compromisos metafísicos que, a partir de la teoría semántica propuesta (la alusión a objetos simples, y a estados atómicos y hechos en tanto compuestos de objetos con formas que posibilitan su combinación), se imponen ya sea abductivamente (esto es, por medio de argumentos que apelan a cuál es la mejor explicación de un fenómeno), ya sea trascendentalmente (esto es, por medio de argumentos que apelan a las condiciones que hacen posible a un fenómeno), serán a su vez los necesarios para ofrecer respuesta al clásico problema de la intencionalidad, el problema de cómo podemos hablar significativamente de lo no existente. (59)
46- Véase Russell (1984).
47- Véase Hintikka (2000: 18-20) para una presentación sintética de la concepción pictórica del Tractatus como superación del realismo de las formas lógicas russelliano. Según el autor, “el Tractatus no es ni más ni menos que la teoría de 1913 de Russell sans formas lógicas como objetos de conocimiento por contacto” (p. 19).
48- Véase DF, 29-09-1914, y TLP, 3.1431, en SELECCIÓN DE TEXTOS, sección “El lenguaje que pinta”.
49- Véase TLP, 2.13, 2.131, 2.1514, en SELECCIÓN DE TEXTOS, sección “El lenguaje que pinta”.
50-