51- TLP, 2.1515.
52- Véase TLP, 3.141, en SELECCIÓN DE TEXTOS, sección “El lenguaje que pinta”.
53- TLP, 2.03.
54- TLP, 2.1.
55- TLP, 3. Véase Rabossi (1990) para una excelente discusión del pensamiento como representacional en el Tractatus.
56- TLP, 3.1.
57- Una idea crucial del Tractatus es que “la proposición determina un lugar en el espacio lógico” (TLP, 3.4). El espacio lógico es el conjunto de todos los mundos posibles entendidos como las diversas combinaciones de acaecimiento o no acaecimiento de todos los estados de cosas posibles, esto es, de todas las combinaciones posibles de objetos simples.
58- Lazzer (2015: 213).
59- Véase Rojo (1990) para una aproximación a la concepción de “mundo” en el Tractatus.
El problema del decir lo que no es
Platón presenta claramente la dificultad en su diálogo Teeteto (189a). Tras aludir al carácter factivo de verbos como “ver” y “tocar”, Sócrates traslada esa idea al juicio y pregunta: “Pero el que opina sobre una cosa, ¿no opina sobre algo que es?”. De aquí parece seguirse que juzgar sobre lo que no es no es siquiera juzgar, y de allí la conclusión inmediata y problemática es: “No es posible opinar lo que no es”.
El problema de cómo es posible hablar con sentido acerca de entidades que no existen, y aseverar con verdad la no existencia de lo inexistente, es una de las principales dificultades de toda teoría semántica, y la teoría pictórica del Tractatus ofrece una respuesta con una fuerte carga metafísica. (60)
La aproximación wittgensteiniana se inserta en la tradición de discusión que incluye a Frege, Russell, Alexis von Meinong. (61) En todos los casos, la solución asumía que no hay significatividad sin algún tipo de entidad que sirva sustento. Así, el dictum “no es posible opinar lo que no es” devenido “no es posible el lenguaje significativo sino en presencia de algún tipo de entidad” se mantenía incólume. Llamemos “presencialistas” a ese tipo de aproximaciones al dilema teórico. En el caso de Frege, la significatividad estaba garantizada por la presencia atemporal e inmutable de los sentidos, entidades platónicas que servían de garantía de la significatividad de nuestro hablar con sentido de entidades ficticias. Los nombres y descripciones definidas de nuestro lenguaje podían no referir a nada en el mundo, pero eso no les hacía perder significatividad en virtud de que expresaban sentidos cuya captación era condición de la comprensión lingüística. En el caso de Russell lo que suponía su teoría de las descripciones definidas era un rechazo a una versión extrema de presencialismo, la de Meinong (que él mismo había defendido en 1903 en The Principles of Mathematics, (62) y que finalmente descartó en 1905 en “Sobre el denotar”). Según Meinong, (63) el terreno del ser no es homogéneo: hay entidades subsistentes y entidades existentes. Nuestro hablar de lo no existente, nuestro hablar ficticio, o nuestro hablar con verdad del mundo concreto al negar existencias, es posible porque los significados de nuestras expresiones en ese tipo de aserciones son, o se vinculan a, entidades cuya presencia se daba bajo el modo de la subsistencia. La teoría de las descripciones de Russell presentaba una solución que se pretendía más fiel a la navaja de Ockham, esto es, al desideratum metafilosófico de reducir al mínimo los compromisos teóricos con diversos tipos de entidades. La clave estaba en lo que mencionamos más arriba, el tercer paso de su semántica atomista, que involucraba la idea de análisis, de reducción de oraciones con expresiones no atómicas a oraciones conformadas solamente por expresiones atómicas, siendo estas, únicamente, los nombres propios en sentido lógico (cuyo significado eran datos sensoriales presentes durante un presente especioso) y los predicados (cuyo significado eran los universales, tan ineludiblemente presentes como los sentidos de Frege). Así, la virtud de la posición de Russell era poder dar cuenta de que toda oración con apariencia de ser acerca de alguna entidad no existente (“El actual rey de Francia es calvo” era la oración con que ejemplificaba Russell) expresaba, en realidad, lo expresado por una oración donde todos las expresiones eran atómicas, esto es, significativas en virtud de referir a entidades presentes.
La solución de Wittgenstein en el Tractatus será diferente a las de sus tres antecesores, aunque no se saldrá del paradigma presencialista. La posibilidad misma de la significación estará dada, según Wittgenstein, por la existencia necesaria de objetos simples, los cuales determinan, en virtud de su forma, la totalidad del espacio lógico, la realidad, siendo el mundo meramente la totalidad de los hechos, es decir, de estados de cosas acaecidos. Los objetos simples forman lo que Wittgenstein denomina “la sustancia del mundo”, y es la presencia necesaria de dicha sustancia la garantía de la significatividad.
Podría decirse que, en el contexto de la presentación apolínea y sintética que realiza Wittgenstein en el Tractatus de sus ideas, si se procura encontrar algo así como un argumento explícito, probablemente la defensa de la idea de la “existencia” de objetos simples sea lo único que pueda satisfacer esa búsqueda. La misma se despliega en la secuencia de parágrafos 2.02-2.0212. (64) La idea sintetizada de Wittgenstein es que, dado que toda oración compleja puede ser analizada en sus partes componentes a través de oraciones que describan completamente a los complejos, no puede no haber un fin del análisis. El análisis debe tener un punto final en nombres que refieran a simples, es decir, un punto de llegada donde solo hay presentación sin descripción de lo simple. La razón de ello es que de no ser así la significatividad dependería de la verdad y no habría figuración posible.
Scott Soammes hizo una adecuada presentación del argumento de Wittgenstein bajo la forma de una reducción al absurdo. Podemos resumir así la presentación de Soammes:
a) Supongamos que no hay objetos simples y, así, los nombres más elementales del lenguaje refieren a entidades complejas.
b) Así, para que un nombre elemental refiera a una entidad, debe ser verdad que la misma esté compuesta de determinada manera.
c) Pero entonces para que un nombre, cuyo significado está dado por referir a una entidad, tenga de hecho significado (y consecuentemente lo tengan las oraciones del que dicho nombre forma parte), debe ser verdadera la oración que exprese el modo en que se compone la entidad referida por el nombre en cuestión.
d) Esta dependencia de la significatividad de expresiones en la verdad de otras oraciones no tiene límite, pues vale para cada uno de los nombres que aparezcan en la oración que describa la composición de la entidad compleja inicial (dado que los componentes referidos no pueden ser simples, dada la suposición inicial).
e) Este regreso infinito torna carentes de significado a todas las oraciones posibles del lenguaje.
Por lo tanto
f) La significatividad del lenguaje depende de que haya simples. (65)
Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de los simples tractarianos? Responder a esta pregunta es complejo