Mi estancia en la UCI fue una verdadera montaña rusa de emociones y cambios físicos. Las infecciones contra las que mi cuerpo tuvo que luchar me ponían más en peligro de lo que pensábamos y, tal y como nos dijeron mucho tiempo después, hubo momentos en los que a los médicos les preocupaba que no sobreviviera. Así que supongo que, sin saberlo, dedicaba parte de mi energía a sobrevivir. También luchaba contra una gama de emociones a las que nunca había tenido que hacer frente. Casi cada vez que alguien venía a visitarme, había lágrimas en algún momento y, como el típico chico duro loco por el deporte, nunca había expresado mis emociones tan abiertamente. Al principio fue difícil, sentía angustia e intentaba no llorar, pero, después de un tiempo, llorar se convirtió en algo tan sincero y natural que dejó de importarme. Enfrentarme a la oscuridad dejándome llevar por las emociones fue difícil, aunque purgante, y algo que hoy en día soy capaz de hacer mejor gracias a lo que me ocurrió.
Mientras me encontraba en la UCI, empecé a ser consciente de las postales y los mensajes que había empezado a recibir casi en cuanto mi accidente se hizo público. Cuando estaba en Portugal, los amigos y la familia habían escrito a mis padres a la dirección de mi casa, pero ahora que me encontraba en Stoke Mandeville, recibía la mayoría de las postales directamente en el hospital. Al principio, cuando todavía tenía que seguir tumbado de espaldas, no podía asimilar la gran cantidad de cartas que había, pero cuando me elevaron pude ver cómo se multiplicaban día tras día cuando mi familia las dejaba en las estanterías, por las paredes, en cualquier repisa o superficie. Me asombró que todas esas personas pensaran en mí. Y no solo que pensaran en mí, sino que se tomaran su tiempo para escribir, dibujar y enviarme regalos. El esfuerzo que dedicaban a ello me emocionó y cada carta parecía construirse sobre la emoción de la última.
Casi todas las cartas tenían un mensaje para mí, algunas incluían palabras de consuelo, esperanza o amor, y yo me las tomé muy en serio. La variedad de personas era asombrosa: me escribieron desde amigos y familiares, por supuesto, hasta amigos de amigos; profesores, padres y niños de mis colegios de primaria y secundaria, o miembros de mis antiguos equipos de rugby,
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