Este con una sonrisa en el rostro se sirvió más cerveza en su jarro, Los demás hicieron lo mismo salvo Filead que aún permanecía de pie con la mano en su arma. De pronto un grito los hizo saltar de sus asientos, en la calle la gente corría despavorida, un hombre de la guardia de la ciudad entró rápidamente a la taberna y viendo a los capitanes sentados les gritó:
»¡Fuego! ¡Se queman las cercanías de la ciudad! «.
Los tres capitanes corrieron rápidamente a las murallas donde miles de soldados y personas del pueblo miraban el fuego. Alkardas llegó montado en su caballo, lo seguía Ponizok junto con toda la guardia real. El calor golpeó con fuerza en los rostros de todos.
—¡Wolfhem! –dijo Alkardas mientras cogía un catalejo que fue brindado por uno de sus guardias. –¡Toma todos los hombres que creas necesarios y dirígete al sector más cercano al fuego! Busca por todos lados al causante de este incendio.
El capitán miró a su rey. Sus ojos demostraban temor y duda.
—Mi señor, el fuego permanece allí. –dijo Wolfhem –Si el viento cambia de dirección puede que nos asesine o arrase con la ciudad.
De pronto, el cielo se nubló, y de él, comenzaron a caer gotas de lluvia tan grandes como diamantes. Alkardas admiró el milagro que estaba sucediendo. Los hombres agradecían a sus dioses que las mandaran para detener el mal que los azotaba.
—Recuerda esto –le dijo el príncipe al esbelto Capitán –Faler es nuestro padre y como tal protege a sus hijos.
Wolfhem tomó un numeroso grupo de los mejores soldados y se dirigió a donde yacía el fuego que se extinguía a pasos agigantados. Filead comprendía que algo malo estaba pasando. Su rey no estaba siendo muy sincero con ellos.
—¿Alguien en esta ciudad ha visto como sucedió esto? –Alkardas gritaba a los presentes.
De la gran multitud se oyó hablar a una sola persona. Un simple carnicero de la ciudad, el cual pasaba todas las noches admirando las tierras de más allá y todas las estructuras de la ciudad.
—¡Mi gran rey! –dijo este a gritos –Una bola de luz blanca cayó del gran cielo. Al impactar con la tierra una gran explosión de fuego emergió de esta.
Filead analizó lo dicho por el hombre, los ojos de este demostraban seguridad al hablar por lo que dedujo que decía simplemente la verdad.
—Debió ser una estrella errante de las que hablan los sabios. –dijo Filead a su rey.
—¡Déjate de cuentos para niños Filead! –Alkardas no parecía contento, más bien parecía nervioso –¡Estrellas errantes, son viejas leyendas nada más! ¡Ahora todos se retiran, solo los guarda murallas permanecen aquí!
La gente comenzó a retirarse, el capitán Filead caminaba por la calle solo. Sus pensamientos estaban en las viejas leyendas. Ponizok logró alcanzarlo y casi susurrando le dijo:
—Yo te creo. Si fue una estrella errante, cuantas leyendas deben ser ciertas –El joven príncipe le sonreía al capitán y este le devolvió la sonrisa.
3
Travesías y peligros
Amanecía, las aves cantaban al imponente sol, los ciudadanos de Filardin abrían sus negocios, los puestos de telas y alimentos se abrían paso a lo largo de las calles. Las campanas de la ciudad comenzaron a sonar. La gran multitud que circulaba por la Calle del Invierno, la cual cruzaba la ciudad en dirección a la fortaleza, comenzó a tirarse para los costados. Cabalgaba un grupo de caballeros. Todos ellos con armaduras color gris oscuro, un tabardo rojo cubría la parte superior de estas y sus capas eran color carmesí con ribetes dorados.
Ante las puertas de la fortaleza principal se hallaba el rey y a su derecha el joven príncipe que vestía un jubón de terciopelo blanco y su magnífica espada colgada a su derecha. El que parecía el líder de los caballeros descendió rápidamente de su caballo. Filead reconoció al instante el emblema que llevaba en el pecho. Un gran lobo negro sobre fuego dorado.
—Veo que lord Dreimod ha mandado a sus caballeros. –dijo Alkardas admirando las armaduras de estos –¿Cómo anda el viejo rufián? Se dice por aquí que ya no desea más seguir luchando.
—Puras mentiras mi señor –el caballero se sacó el yelmo. Su pelo era blanco como el platino y sus ojos dorados como el oro. –Temo mi señor que la ciudad de Minathan ha sufrido un ataque, que la ha dejado en ruinas.
—A qué te refieres con que ya solo son ruinas –dijo Alkardas tomando por los hombros a su hijo –¿La ciudad fue destruida? ¿Por quién?
—No lo sabemos mi rey –dijo desmontando el guardia, este se acomodó la cota de malla y erguido siguió contando –un hombre apareció en medio de la noche y con sus manos prendió fuego todo lo que se encontraba a su paso.
—Con una antorcha me imagino –dijo el capitán Filead.
—¡No! –refutó el hombre de Lord Dreimod –de sus manos desprendía oleadas de fuego, con los cuales destruyó y mató a la mayoría de la población de la ciudad. Mi señor huyó de allí cuando vio que no lo podrían vencer.
—Me encargaré de enviar constructores a reparar todo lo que haya sido destruido por el fuego –dijo el rey, este llevó a su hijo hasta un lugar apartado y le dijo –irás a Minathan, necesito que veas lo que pasó, y me digas, con detalle, todo lo que observes. El capitán Filead te acompañará, ten mucho cuidado Poni –el rey besó a su hijo en la cabeza.
—No te fallaré padre. –Ponizok miró a los ojos a su padre, quien parecía orgulloso de él –Reuniré un grupo de caballeros y partiré hacia el Norte.
—Lleva contigo a Sir Wandor, Sir Igalín, Sir Morwund y también a Sir Nódagan. –le recomendó el rey a su hijo –ellos son caballeros de confianza.
—También me llevaré a Sir Ruguen –dijo el príncipe –él es el más renombrado de entre todos ellos. Según lo que me contaste, él enfrentó solo a los hermanos Gargarant durante la rebelión de las Tierras de Fuego.
El rey asintió con su cabeza. Después de la charla, los dos volvieron a donde se hallaban los capitanes con los guardias reales. Los caballeros de Minathan haciendo una reverencia se retiraron del castillo. El rey le ordenó a Filead que buscara a los nobles caballeros para que los acompañasen en su travesía hacia el Norte.
El capitán, sin demorarse un segundo, partió en su búsqueda. Ponizok fue a su alcoba, donde se colocó su armadura y sobre ella un tabardo negro con el blasón de la casa Greywolf. En su cintura colocó la espada que le fue obsequiada. Cuando terminó, volvió a la puerta principal de la fortaleza donde lo esperaba Filead junto a los caballeros de Filardin. Todos llevaban armaduras color blanco con el emblema en su pecho de una luna atravesada por una espada. Este los distinguía como los caballeros de la luna, una antigua orden que juraba proteger el reino como también a su gente.
El capitán Filead sostenía el caballo del príncipe, para que este pudiera subir sin problema. A Sir Wandor y Sir Morwund les extendieron dos banderas con el escudo de la casa regente de Fallstore. Estos las tomaron y así comenzaron su largo viaje hacia el Norte. La ciudad estaba repleta. La gente que los veía pasar, se inclinaba para saludar al príncipe o para darle palabras de aliento.
Todo el mundo abría paso para que la caravana se desplazara sin problemas por la Calle del Invierno, que era la que unía el castillo con la puerta principal de la ciudad. De pronto Sir Ruguen y Sir Nódagan, quienes iban a la cabeza del grupo, se detuvieron al ver que uno de los ciudadanos no les dejó el paso. Este estaba encapuchado, no le podían ver el rostro.
—Abrid paso al príncipe heredero al trono de Fallstore –dijo enojado Sir Igalín al desconocido que se encontraba en la calle