La princesa lanzó el ratón y el animal abrió las fauces en un movimiento veloz, fácil de perder en un parpadeo. La presa había sido consumida y el depredador celebraba su victoria. Así se sentía Ada delante de su madre. Pero la pregunta real era: ¿quién era la presa y quién el depredador?
—Un segundo. Una década —contestó el hombre, por fin.
Ada sonrió ante la respuesta. Un gesto sumido entre la satisfacción y la tristeza.
—Muy preciso por tu parte, Johan.
Las puertas de la sala de audiencias se abrieron. Cuatro ígneos pertenecientes a la Generación Muda salieron con la mirada asustada y la frente perlada de sudor. Ada los observó, altiva. Ellos no le dedicaron ni un saludo, aunque ella tampoco esperaba nada por su parte. Porque los despreciaba. El sentimiento era mutuo, pero, aun así, nadie se atrevía a replicar a Ada.
Nadie... menos su madre.
La niña avanzó con pasos firmes, aunque sus cortas e infantiles piernas deshacían el carácter que ella misma solía adquirir cuando se encontraba dentro del palacio. Johan pensaba que sus tiernos trece años eran lo único que la separaban del verdadero problema: que Ada y su personalidad iban a ser devoradas en cuanto tuviese madurez suficiente. Sin embargo, la pequeña princesa veía su edad como una cáscara, una mera fachada para atrapar a las personas crédulas y con prejuicios.
Era su arma y su perdición.
—Ada, querida. —Sonrió su madre, cuyos pálidos dedos goteaban sangre—. Johan.
—¿Estáis herida, majestad? —Johan mostró su preocupación ante el rojo goteo.
—¿A quién has herido, madre? —Ada apretó los puños.
Y la reina Matilde les dio la espalda. Sin recato, se limpió los restos de sangre en su sedosa y larga falda amarilla, mientras se dirigía a un inmenso trono formado por cráneos bañados en metal. Era un mueble horrible y monstruoso que no encajaba con el resto de la ornamentación plateada, regia y opulenta.
Pero sí concordaba con la sociedad en la que vivían.
La esclavitud.
El terror.
La muerte.
La mujer se sentó en su trono, dejándose caer en un movimiento liviano, totalmente incoherente con su actitud anterior. A veces parecía una reina benevolente, pero solo hacía falta verla sonreír. El espejo de su alma.
—Ada, me han dicho que has vuelto a revolotear con los expirantes...
—¡Están muy enfermos! Intento salvarlos, madre. Salvarlos de ti y de padre.
Johan cerró los ojos, inquieto. Ada era insubordinada y sincera delante de la reina Matilde. De su propia madre. No escatimaba en palabras a la hora de mostrarle su desprecio, incluso cuando eso podía conllevar la pena de muerte por traición. Sin embargo, ¿sería la reina capaz de asesinar a su heredera?
—Tú no lo entiendes, Ada. No entiendes qué es construir y dar de comer a un país entero. Rescatarlos de las garras indulgentes de la Diosa. —Y la reina miró con devoción a su derecha, a la imagen del Dios de la Corona Ardiente que tenía colgada en la pared.
—La Diosa no es malvada, madre...
—¡La Diosa devastó nuestro país y el mundo entero con cinco guerras mundiales que se habrían evitado si sus devotos no confiasen en sus libertarias enseñanzas! ¡El hambre del que tú te quejas! ¡La miseria y la destrucción... todo! ¡Todo se debe a la acción egoísta de la Diosa y sus radicales partidarios! Quiero recordarte que si no estamos en contienda es porque mis padres, es decir, tus abuelos, lograron detener lo que podría haber sido la catástrofe absoluta. Mi nacimiento supuso la paz definitiva para nuestro país. Y la sigo manteniendo. —Señaló una de las enormes cristaleras de la sala para que Ada observase a través de ellas su obra en la sociedad, pero la niña sabía muy bien lo que iba a encontrar.
—Es irónico que critiques a la Diosa cuando tú usas sus milagros. —La princesa cogió aire—. He escuchado de los alquimistas que estás manipulando y potenciando sus poderosas características para convertirlos en herramientas invencibles… en dones, o así los llaman.
—Ada... —le advirtió Johan en un susurro, pero Matilde ya había enrojecido y las venas de su esbelto cuello se marcaban como rutas de odio hasta sus finos y apretados labios.
—La Diosa puso sus milagros en la Tierra para generar un equilibrio que nosotros, los humanos, somos incapaces de mantener. Sus milagros naturales, el agua, el metal y el cristal, son fuentes alternativas a las que ya tenemos. Son venenosos para los humanos si los utilizamos, porque no son nuestros, ¡son de la naturaleza! La Diosa nos ha regalado esos tres elementos intocables para que la Tierra continúe viva pese a nuestra sobreexplotación.
—Ada... —Matilde se incorporó del trono, agarrándose de los reposabrazos con una fuerza que palideció sus nudillos.
—Lo peor es que usas los milagros de la Diosa contra la sociedad. Sé que a veces contaminas el riego y los conductos del agua para que el pueblo beba de ella y se infecte involuntariamente. Herramientas, joyas… Hay hasta drogas fabricadas a partir de los tres que tú misma permites que se comercien. ¡Sabes que si usamos los milagros de la Diosa enfermamos! ¡Nos mata!
—¡Ada!
La paciencia de Matilde se había agotado, pero Ada no cedió. No retrocedió ni un solo paso. Johan, en cambio, se interpuso ligeramente entre el cuerpo de la niña y el de su soberana. Escuchó cómo su compañero caimán secundaba su acción.
—¿Crees que no nos damos cuenta de que vistes prendas cada vez más recatadas para ocultar las infecciones que causan los milagros al usarlos y no delatar tu posición de impura? ¿Crees que no notamos que cada vez te maquillas más para tapar esas costras grisáceas que, aun así, se advierten en tu piel? ¿Quieres hacer pensar que estás libre de la Diosa? Tarde.
Matilde corrió hacia Ada, metiendo la mano dentro de los pliegues de su vaporoso vestido. Johan entrecerró los ojos, alerta, pero Ada se puso frente a él, tan veloz, que el hombre no pudo detenerla. La reina sacó una gruesa daga que estuvo a punto de arremeter contra Ada. La niña no se movió ni un centímetro. La mujer respiraba con tanto esfuerzo que parecía que podía desmayarse en cualquier momento. En el filo del arma no solo reverberaba su colérica mirada, sino que también fluctuaban unas sombras negras, como filigranas que reptaban y se retorcían.
La princesa Ada permaneció imperturbable.
Digna y valiente. No insensata y temeraria como creían los demás.
—¿Eso es un Don de la Diosa en forma de daga? Qué sutil, madre. ¿Sabes que si lo usas contra mí, la enfermedad que te contagiará será mucho mayor que cuando usas un milagro? He espiado a los alquimistas. Utilizar los milagros puede ser útil, pero no un Don. Los dones acaban con tu vida en días. ¿Quién de todos tus alquimistas se ha sacrificado para convertir el milagro del metal en esa poderosa arma, madre?
¿Quién es la presa y quién el depredador?
La reina Matilde sonrió, sibilina. Era como una serpiente. Hipnotizaba con palabras cautivadoras, pero mordía con colmillos letales. Descendió la mano, aflojando la fuerza en la empuñadura. Lo guardó con cuidado entre los pliegues de su falda, como si no estuviese del todo convencida de su anterior decisión. Como si se hubiese arrepentido de no haber terminado la parábola que describía su acción.
—Ada. —Su voz se dulcificó. Helaba la sangre—. Si quieres proteger un país... si quieres dar de comer a todos, servirles como una buena reina, has de priorizar. No puedes bajar al pueblo y rebajarte o intentar ayudarlos a todos como si tuvieses la cura definitiva para algo tan letal como es la Diosa. La forma más fácil de dar prioridad es conocer quién es útil y quién no para la sociedad.
—Madre, esa gente se está muriendo porque la sociedad le ha enseñado que no pasa nada si consume uno o dos milagros de la Diosa.