La torre estaba fría. Se tomó su tiempo para encender el fuego, de todos modos lo necesitaría. La chimenea era un área pequeña comparada al resto, pero el resplandor anaranjado de las llamas alcanzaba todas las superficies. Pronto sería un hogar completo.
Volvió a la mesa para buscar la página con las instrucciones de fabricación. Los Sanguine eran criaturas mágicas de apariencia humana que podían hacerse a partir de elementos simples. Lo principal era una semilla de Árbol de Sangre en buenas condiciones. Los magos habían fabricado Sanguine durante generaciones. Eran fáciles de producir, sirvientes incansables, demandaban poca comida y agua, necesitaban pocos cuidados. Eran criaturas inteligentes que aprendían con rapidez todo lo que se les enseñaba, fuertes para realizar labores pesadas. No obstante algo ocurrió, de un momento a otro desaparecieron de la faz de la tierra. El misterio la atrapó desde el primer momento, la llevó hasta las Montañas Lúgubres y casi le hizo perder la vida.
La curiosidad era una de sus mejores y peores cualidades, la otra era su impulsiva manera de ser. La mezcla de ambas siempre la llevaba a situaciones como esa. A opinión de los demás, Elwinda era extraña, oscura, terrorífica. Durante toda su vida las cosas habían sido de esa manera, poco importaba si cambiaban. Su interés por el lado oscuro del mundo mágico se trataba de un camino de ida que pocos transitaban. Su pasión era la experimentación, le agradaba meterse en cada rincón inexplorado del mundo en busca de cosas nuevas. El asunto de los Sanguine era más de lo mismo: curiosidad, ganas de investigar a fondo qué se ocultaba entre líneas, ansias de traspasar el límite entre la leyenda y la realidad. Estaba metida en ese asunto hasta los huesos, era hora de llevar a cabo el máximo experimento.
Existían dos tipos de Sanguine, los de hielo y los de fuego. Todo dependía de la materia con la que se los incubara. De acuerdo a los ingredientes se podía fabricar un macho o una hembra. Por regla general los Sanguine de hielo eran de carácter salvaje, frío, calculador, buenos para la defensa de lugares. Se incubaban en la nieve, tardaban un poco más en nacer que los de fuego. Existían textos antiguos que hablaban acerca de guardias invencibles en templos y lugares similares, lo que le hacía creer que se trataba de este tipo de criaturas. Al contrario de ellos, los de fuego eran dóciles, obedientes, serviciales. Destacaban en tareas del hogar. Incluso había familias que los utilizaban como mascotas para sus niños. Desde su punto de vista era una estupidez. El potencial de los Sanguine debía ser explotado de manera adecuada. Ningún ser superior a los humanos merecía un final tan triste e insulso. A Elwinda le intrigaba saber qué podrían hacer con conocimientos de magia, qué poderes desarrollarían si se les enseñaba a hacerlo. Se imaginaba Sanguine exploradores, investigadores, curanderos. El abanico de posibilidades era amplio, ni todas las semillas del mundo alcanzarían para saberlo. Creía en ellos como creía en el resto de las criaturas mágicas, por eso estaba dispuesta a cometer aquella barbaridad.
La idea alrededor de su primer proyecto era un Sanguine de fuego. Primero un macho, tal vez luego una hembra. Excepto por la semilla, la lista de ingredientes era sencilla, bastaba un día para conseguirlos. Tomó un cuchillo de hoja fina para abrir las dos mitades unidas, le tomó tiempo gracias a la dureza de la superficie. Más tarde hizo a un lado la parte superior para admirar el centro gelatinoso del que había leído cientos de veces. Una masa oscura, brillante y firme. La tocó con el dedo índice para comprobar su turgencia, era un buen ejemplar en el que trabajar. A continuación buscó una bolsa de tela sobre el estante superior, sacó la mano del esqueleto de un mago que había robado de un cementerio cercano y la colocó en el interior para aportar la materia mágica necesaria. Se miró los dedos izquierdos con asco y admiración, la sustancia viscosa del interior de la semilla olía acre, como si algo hubiera madurado durante mucho tiempo allí. A continuación escribió un conjuro en un pergamino y lo colocó junto a la mano del esqueleto. Las hierbas mágicas estaban unidas por un cordel, listas para ser incorporadas a la preparación. Lo único que faltaba era el corazón, la materia orgánica necesaria para darle vida. El viejo cuervo en la jaula junto a la ventana sería útil para ese propósito. Después de todo, ya era hora de deshacerse de él. Abrió la puerta de la jaula e intentó tomarlo, pero el animal se escurrió entre sus dedos hasta el otro extremo. La segunda vez que intentó atraparlo, recibió un picotazo. Fue durante el tercer intento que por fin pudo lograr su cometido, el viento que produjo el aleteo del animal mandó a volar varios pergaminos, pero tras una pequeña riña consiguió lo que necesitaba. El corazón recién extraído fue a parar junto a los demás ingredientes. A continuación selló la unión con la cera de una vela, temía que el peso la abriera en el camino hacia la chimenea. Después de depositarla sobre las brasas, puso las manos encima y pronunció unas palabras para poder infligir la energía necesaria, el final del proceso. Con los ojos cerrados las repitió hasta sentirse segura, jamás había hecho algo con tanto amor. Por último se sentó a esperar. Se suponía que tardaría semanas, tenía que ser paciente, alimentar las brasas para mantener la temperatura adecuada, vigilar que la semilla no se abriera. La mínima pérdida de calor podía echar todo a perder.
Así transcurrió el tiempo, entre preocupaciones, acarrear leña al interior, la interrupción del sueño, de las comidas, de absolutamente todos sus proyectos. Las brasas brillaban bajo la superficie rugosa de la semilla. A veces en el silencio de la noche podía oír el sonido de algo moverse dentro. Las ansias de saber cómo iría el proceso la carcomían, tomaba notas en una libreta para no olvidarse ningún detalle. Deseaba que todo saliera bien, que el Sanguine naciera.
El milagro ocurrió una mañana, mientras volvía con más leña para apilar junto a la chimenea. En un principio creyó que se trataba del viento, con frecuencia soplaba y hacía crujir los marcos de las ventanas. Pero en cuánto los sonidos se hicieron más notables, se volvió hacia el fuego. La semilla se balanceaba suavemente sobre las brazas, una grieta en la parte posterior dejó escapar un líquido negruzco que poco a poco se evaporó con el calor. Elwinda se dejó caer de rodillas frente a la chimenea, atenta a lo que sucedería. Se suponía que la criatura debía nacer sin ayuda, como un ave que rompiera el cascarón. Se preguntó cuánto demoraría, si necesitaría más calor. Por si acaso, arrojó un par de leños sobre el lado derecho. Tras una ráfaga de chispas la mitad superior de la semilla se elevó y dejó al descubierto una mano diminuta. Ella se apresuró a ir en busca de un recipiente con agua, un paño, unas mantas abrigadas. Su atención en la incubación le había hecho olvidar las prendas de vestir para el recién nacido, más tarde tendría que conseguirlas. Al poco tiempo una criatura con forma humana se puso de pie, la parte superior de la cáscara rodó unos cuántos metros más allá. A simple vista se veía como un niño de unos cuatro o cinco años, cubierto por la sustancia oscura del centro gelatinoso. El silencio que reinaba en la habitación era denso, casi podía palparse con los dedos. Se miraron durante mucho tiempo, sin moverse. Lo primero que notó era que el calor no le afectaba en absoluto. Ante semejante temperatura cualquier ser humano normal se escaldaría, pero él permanecía tranquilo incluso cuándo las llamas le lamían las piernas.
Elwinda se incorporó despacio para no asustarlo, le ayudó a salir de allí y lo acomodó sobre la alfombra para comenzar a limpiarlo. El tacto de su piel era cálido, como tomar una taza de té entre las manos. No estaba segura de si era producto de la incubación o si era una característica propia de los Sanguine de fuego. Con todo, era una criatura dócil que parecía no temerle. Ella se esmeró en limpiarlo, la tarea le costó varios recambios de agua. Lo vistió con una camisa de lino que le quedaba bastante grande, lo cubrió con las mantas y se demoró unos momentos en contemplarlo. Seguía igual de tranquilo, cálido, curioso.
El interior de la semilla era un amasijo de restos de hierbas, sustancias semi-líquidas, algunos fragmentos de pergamino. No había rastros ni de la mano, ni del corazón del cuervo. Al parecer todo había sido aprovechado. Elwinda se sentó frente a la mesa, mojó la pluma en el tintero y se puso a escribir los detalles antes de que se le escaparan:
–Temperatura