Historias malditas y ocultas de la historia. Francisco José Fernández García. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Francisco José Fernández García
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Философия
Год издания: 0
isbn: 9788415306009
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nueve libros, en los que se recogen cartas y epístolas que mandaba a sus amigos y en las que los alababa, como en el caso del emperador Trajano, al que admiraba. Uno de sus libros posee un gran valor historiográfico porque en él se hace mención a una figura especial, Jesús de Nazaret, algo que puede tomarse como una prueba de su existencia.

      Según los expertos, el lenguaje utilizado por Plinio es sencillo y aporta gran información sobre la historia y la vida cotidiana de sus días. En uno de sus escritos nos cuenta la historia de un noble que fue asesinado mientras se bañaba, en otros, trata temas políticos y de leyes o reglas a seguir en determinadas circunstancias críticas. Sobre su vida privada se dice que era una de las personas más ricas del momento y que llegó a poseer 500 esclavos a los que trataba con gran respeto y estima. Estuvo casado en tres ocasiones y su última mujer fue un ejemplo de dama culta, discreta y cariñosa.

      El asunto que le trae a estas páginas es un hecho insólito que nos cuenta en una de sus obras y que está relacionado con los espíritus y el más allá. Se ve que Plinio se sintió muy atraído por el misterio que rodeaba este caso por lo que dejó constancia de ello, como si se tratara de un notario del tiempo. Se puede decir con todo derecho que éste es el primer testimonio escrito de una casa encantada de la historia, serio y bien documentado, elevando a su autor a la categoría de uno de los primeros investigadores de lo imposible o paranormal.

      Según cuenta Plinio, la acción se desarrolla en Atenas, donde una casa estaba siendo el centro de un suceso sobrecogedor e inaudito que traía de cabeza a los propietarios, pues en ella vagaba impunemente un fantasma o espíritu, llámesele como se quiera, y todos rehusaban aproximarse o vivir en ella. Según prosigue contándonos, la noticia de las apariciones llegó a oídos del filósofo Atenodoro, que dispuesto a descubrir la verdad del asunto decidió dirigirse a la citada casa, donde previo pago de un alquiler irrisorio —normal, en vista de la fama que acarreaba la vivienda— pasó la noche. Estando Atenodoro dormido plácidamente, fue despertado por los sonidos fantasmales que emitía la aparición. Atenodoro lo describe de la siguiente forma:

      El espectro está encadenado de pies y manos, la figura es de un viejo de luengas barbas y delgado.

      La aparición le hizo señales a Atenodoro para que le siguiese y éste, sin pensárselo dos veces, le siguió por toda la casa hasta un patio, donde la aparición le indicó un lugar con el dedo y desapareció de su vista.

      A la mañana siguiente Atenodoro mandó que se excavase en el patio, en el lugar que la aparición le había indicado, y todos quedaron muy sorprendidos por lo que encontraron. Ante los atónitos ojos de los presentes quedaron al descubierto los restos óseos de un cuerpo sepultado hacía bastante tiempo y que tenía la particularidad de estar encadenado de pies y manos. Como vemos, otra prueba sobre el interés por lo sobrenatural y extraño.

      La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no copiar su apariencia.

      Aristóteles

      El ateniense Praxíteles (370-330 a.C.) fue un escultor visionario —oficio que su padre Cefisodoto el Viejo le inculcó—, de hecho a él se debe el primer desnudo integral femenino a tamaño natural del arte clásico: Afrodita del Cnido. Las esculturas de sus dioses adoptaban actitudes indolentes y sus cuerpos describían suaves curvas que se conocen con el nombre de praxitelianas. Las bellezas que salieron de su cincel fueron tan sorprendentes que cuando los romanos conocieron su obra quedaron seducidos para siempre. A partir de ese instante el estilo praxiteliano se extendió como la pólvora por todo el Imperio Romano, hasta tal punto que todo romano de alta posición que se preciara tenía que poseer copias de estas esculturas para adornar sus bellos jardines. Esculturas como Apolo Sauroctone, Venus de Arles, Hermes con Dionisos niño o, como apuntaba al principio, Afrodita del Cnido eran de las más apreciadas.

      Sobre la escultura de Afrodita hay una leyenda muy curiosa que nos da una idea de la perfección de su obra. Se cuenta que la misma diosa Afrodita, al ver la escultura que la representaba, bajó muy enojada del Olimpo gritando: «¿Cuándo me ha visto a mí Praxíteles desnuda?». El caso es que la influencia de Praxíteles no se contentó con aquel periodo de expansión romana. Siglos después, en la Italia renacentista, se le volvió a rescatar para inspirar a sus artistas y, en el París del siglo xix, las familias burguesas paseaban deleitando sus sentidos entre las copias que adornaban, como en la Roma imperialista, sus jardines.

      Hay una anécdota muy divertida sobre Praxíteles que nos cuenta como éste, para recompensar los servicios prestados por su amante y modelo de sus obras, Phryné, le ofreció que escogiera la escultura que más le gustase. Ésta tenía muy mala idea. Como no sabía cuál coger, tramó un plan con uno de sus sirvientes para que, en la cena a la que había invitado a Praxítiles, entrase gritando que en el taller de éste se había declarado un incendio. Y así se llevó a cabo. Durante el opíparo banquete, el sirviente entró gritando: «¡Fuego, fuego en su taller…!». Praxíteles, asustado y fuera de sí, gritó: «¡Salvad mi Cupido!». Phryné, llena de gozo por lo bien que le había salido su plan reclamó esa obra como pago a sus servicios. No sabemos qué cara se le quedaría al autor...

      Pese a las innumerables esculturas que hizo Praxíteles, no se conserva ninguna a la que podamos atribuirle con un cien por cien de autenticidad. La única obra que los expertos creen que podría ser suya, aunque con cierto recelo, es una cabeza de Artemisa que se conserva en el Museo de la Acrópolis de Atenas. Todas las demás esculturas que nos han permitido conocer su trabajo son copias romanas. Pero la obra de Praxíteles despierta tanto interés que los intentos de encontrar alguna pieza original no decrecen, y los arqueólogos se rompen el pecho intentando desenterrar alguna de ellas e incluso hacen apuestas para ver quién, rastreando el fondo marino, halla restos de los navíos romanos que llevarían entre su carga algunas de las preciadas esculturas.

      Aunque su obra era de las más deseadas, no lo era tanto por la perfección de sus cuerpos o músculos, sino por la belleza y perfección de la que dotaba a sus rostros; rostros que desprendían gracia, melancolía o una insinuante sonrisa.

      Cuando nuestros sueños se han cumplido es cuando comprendemos la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de la realidad.

      Ninon de Lenclos

      Las tragedias en Atenas se representaban con ocasión de fiestas públicas en honor del dios Dionisio, y las más importantes eran las llamadas Dionisias. Este acontecimiento tenía lugar al comienzo de la primavera, y durante tres días específicos competían entre sí tres obras por el primer, segundo y tercer puesto. Las majestuosos faldas de la Acrópolis eran el lugar destinado a estos eventos. Las obras teatrales griegas se componían en su totalidad de versos que se recitaban —no se hablaban— y se alternaban con cantos. Por ello, las representaciones eran verdaderos espectáculos en los que se conjugaban a la vez coros, bailes y acompañamiento musical.

      Nuestro siguiente protagonista, Sófocles, fue todo un innovador de su época. Aumentó el número de los coreutas (personas del coro) de 12 a 15, introdujo innovaciones en la puesta en escena y también amplió el número de protagonistas, que hasta entonces siempre habían sido dos, con la consiguiente complicación de los diálogos. Otra aportación de Sófocles a este mundo de las representaciones fue su lengua; sus diálogos se convirtieron en el ideal clásico de perfección gracias a la mezcla de naturalidad, divinidad y majestuosidad con la que los dotó. Uno de sus mejores obras, Edipo rey, se convirtió en el paradigma de la tragedia griega y, ya que la nombro, se hace imprescindible poner unos fragmentos de este tesoro que nos ha dado en herencia la Historia:

      Edipo.- Dice que soy el asesino de Layo.

      Yocasta.-