—¿Y tú, monshé? ¡Cuéntame qué pasó con tus padres y hermanas, debo saber! —le cuestionó, pues había visto a muchos de los suyos ser llevados como prisioneros y a otros, morir a manos de los soldados franquistas en España. Verla viva a pesar de todo el horror que se vivía en Alemania, era un verdadero milagro.
—Es una larga historia… —titubeó Leena sin saber cómo comenzar.
—Tenemos mucho tiempo hasta llegar a América —le dijo mientras la tomaba de la mano y se la llevaba a un lugar apartado, lejos de la mirada curiosa de los otros gitanos.
—Abuela y ¿Kilian? —preguntó con inocencia.
—Está en la resistencia española hija, luchando contra Franco. No hemos sabido nada de él, solo Dios sabe si está vivo, pero Dante siente que sí, y eso es suficiente. Yo tenía la misma sensación respecto a ti, y no me equivoqué —le señaló con ternura.
—Últimamente me he preguntado qué habría pasado si mi padre nos hubiera permitido casarnos… —le confió Leena con tristeza.
—Kilian es un buen muchacho y siempre te recordaba y hablaba de ti, pero no está en tu destino —dijo la anciana con seguridad. La joven se quedó mirándola atónita pero no dijo nada—. ¿Me contarás como has subido en este barco? —le averiguó una vez que estaban alejadas del resto.
Leena estaba indecisa por dónde empezar. Con la cabeza baja, mirando el piso empezó a narrar sin prisa los episodios que había vivido hace poco.
—Sabíamos que los nazis vendrían pero nunca imaginé que asesinarían a papá frente a nosotras, sin motivo alguno. Los soldados nos llevaron a un lugar en donde había demasiadas personas; niños, adultos, ancianos. Todos nos mirábamos atemorizados porque no era difícil saber qué harían con nosotros. Pensé que moriría, pero de la nada, un hombre me escogió y me apartaron del grupo —sentía un nudo doloroso en la garganta y sus ojos se humedecieron pero continuó hablando con voz entrecortada— entonces dispararon a mamá, a las pequeñas y los demás.
Hizo una larga pausa que le permitió ordenar sus ideas, secar sus lágrimas y continuó hablando sin mirarla.
—Él me llevó a su casa. Dijo que yo descendía de un pueblo que había sido fiel a un antepasado suyo. Tuvimos que huir porque los nazis querían matarlo. En Francia nos encontramos con su hermano y él y yo subimos al barco como esposos. Andrei también está aquí, escondido para que los nazis no lo encuentren.
Rajna la miraba consternada, se llevó una mano a la frente y otra descansaba en su cintura, mientras trataba de analizar las palabras de Leena.
—¿Conoces esa historia abuela? ¿Es cierto que los nuestros fueron esclavos en un país lejano y le prometieron fidelidad a un noble? —en su voz había ambigüedad, como si una parte de ella quería creer en las palabras de Andrei y otra quería verse liberada de su promesa.
La anciana calló, estaba indecisa, no lograba recordar, su memoria era frágil y había escuchado tantas historias y vivido muchas otras, que no podía distinguir lo real de la fantasía. Tomó el rostro de Leena entre sus manos arrugadas y manchadas por el paso del tiempo y con sus ojos húmedos y brillantes, le dijo suavemente:
—¡No importa cómo has llegado aquí! ¡Ni quién te ha traído! ¡Por fin estamos juntas monshé! —exclamó con su voz ahogada por la emoción y la apretó fuertemente entre sus delgados brazos.
Por un momento la soledad y la tristeza la habían abandonado. Estaba en paz, en su hogar. Permanecieron así, abrazadas por mucho tiempo. No pronunciaron palabra alguna; no era necesario.
El espacio en donde estaban escondidos los gitanos era muy reducido y el calor agobiante. Parecía ser un cuarto en donde guardaban herramientas, aceite y objetos para el mantenimiento de los motores del barco, habían acomodado un catre para la anciana y el resto se había ubicado en el piso. Tres niños, cuatro mujeres y dos hombres más el padre de Kilian, conformaban el grupo. Las condiciones de vida en el lugar eran precarias pero no estaban atestados de gente como ocurría en tercera clase, en donde el hacinamiento era terrible, las condiciones de higiene casi nulas y los lugares destinados para dormir eran literas que estaban ocupados por familias enteras, si era el caso, pero ninguna de ellas albergaba a una persona, pese sus medidas limitadas.
La anciana de largo cabello blanco oculto bajo un pañuelo de seda de vivos colores y complicados diseños, aparentaba tener unos setenta años. Tanto ella como los otros, vestían ropas oscuras y si alguien los hubiera visto, no podrían haber pensado que se trataba de gitanos. El paso de los años no había mermado la gracia y belleza de Rajna. Tenía ojos color miel y piel tostada. Largas y profundas arrugas surcaban su delgado rostro. Sus labios eran delgados y de color rosa, pero lo que más llamaba la atención de ella, eran sus manos; gráciles, expresivas que hablaban por sí mismas y le conferían a todo su aspecto, un toque dramático.
Desde muy joven había aprendido el arte de la adivinación. Las cartas, la bola de cristal, la mano, el café; decía que podía leer el futuro en aquellos objetos pero siempre le dejaba al interesado en conocer qué le deparaba el destino la última opción: “El futuro no es sino lo que tú haces por él” les decía con una sonrisa a quienes acudían desesperados a ella en busca de un consejo sobre el trabajo, el amor o el dinero y ella lograba tranquilizarlos.“Mira el as de espadas, este es el de la suerte” explicaba siempre tratando de ver el lado positivo que los arcanos le ponían frente a sí, aunque muchas veces cuando veía la carta que simbolizaba la muerte les decía: “Ándate con cuidado que la vida es muy corta”.
Cuando leyó en la mano de Leena que el “Ángel de la Muerte” estaba en su destino, permaneció muchos días consternada, tratando de entender aquel mensaje. No era del todo claro, puesto que se trataba de una antigua leyenda sobre un ser que no era de este mundo. Un ente cuya maldad sobrepasaba los límites del entendimiento humano, pero ¿cómo podía afectarle a Leena? No lograba comprender. Cuando llegó la guerra pensó que se trataba de Hitler y su amenaza pero ahora que la tenía frente a sí, supo que la joven había escapado de la muerte, no así su familia, aunque todavía no era seguro que podrían arribar a un puerto en América.
Mientras acariciaba el cabello de la joven sentía inquietud en su alma. Su corazón no era ya el de una niña sino el de una mujer que latía con fuerza y pasión. El hombre del que le había hablado su nieta, ¿tendría algo que ver con este nuevo ímpetu que sentía en ella? ¿Sería una persona en la cual podían confiar? Se preguntaba una y mil veces pero no encontraba una respuesta.
Desde que había visto a Leena, le embargaba una sensación contradictoria de felicidad y temor, pero no por ella, eso era claro, sino por lo que estaba a su alrededor. Había una presencia cercana que no era “natural”, por así decirlo. Tenía que desentrañar el misterio que se tejía en torno a su nieta y al hombre que la había salvado. Buscaba los indicios de aquella historia en su cabeza, pero le era difícil recordar, necesitaba un poco de tiempo y valor pues si era lo que ella presentía, nada podría salvar a Leena de la desgracia.
—¡Abuela! —exclamó la joven separándose despacio del abrazo de la matriarca.
—Dime monshé —respondió la mujer con voz cariñosa y ojos llenos de ternura.
—¡No puedo quedarme; ellos me esperan, ni siquiera debía salir del camarote! Deben estar preocupados. Tengo que contarles que te he visto, ¡seguro se alegrarán por mí! —dijo con entusiasmo, como si lo creyera posible.
—Está bien, vete hija. Pero prométeme que regresarás —respondió sonriendo, para tratar de ocultar la tristeza por su partida.
—¡Lo haré! —exclamó mientras volvía a abrazarla muy fuerte. Estaba segura que solo sería un alejamiento temporal.
Al ver que Leena se marchaba, Dante se incorporó del piso en donde descansaba con los otros gitanos y trató de detenerla. Pero Rajna le indicó que debía dejarla ir. ¡Es su destino!, murmuró dolorosamente, mientras elevaba