Vimos también muchos búnkeres de la guerra mundial, playas y paseos entre los bosques, esculturas en troncos de árboles, y especialmente un fuerte construido en el siglo XVII por Richelieu (Fort Royal) donde ahora se ha instalado un museo del mar, que reúne objetos sacados de algunos barcos que naufragaron en la isla y ahora duermen el sueño eterno bajo sus aguas. Había un polvorín en un edificio construido en un hoyo, de manera que el tejado, a prueba de bombas, quedase a la altura del suelo de alrededor. Lo hacían así para minimizar el daño en caso de explosión de los fusiles y la pólvora almacenados. También se conservaban las anillas donde se anclaban los cañones al muro para evitar su retroceso al disparar. Dentro del fuerte había una capilla del siglo XVII que aún estaba consagrada, y un cuartel que se usaba como alojamiento de grupos de jóvenes y campamentos. Había por allí muchos chicos y chicas jugando al fútbol y charlando, rebosando vida sana por los poros. También un pozo por donde acceder al agua de las cisternas subterráneas. Como Santa Margarita no tiene fuentes naturales de agua, los constructores del fuerte debieron excavar unas cisternas subterráneas donde derivaron el agua de lluvia de todos los tejados y de las calles para poder resistir los asedios y hacer frente a posibles incendios. De hecho algunas de las salas del museo del mar estaban adaptadas en el interior de las cisternas. Ahora la isla se suministra de agua desde el Continente por conducciones submarinas. En este fuerte estuvo prisionero “el hombre de la máscara de hierro”, hecho célebre por Voltaire y Alejandro Dumas, el hermano gemelo del rey Luis XIV cuando Francia era una monarquía, al que correspondía el trono y su hermano mantuvo encarcelado con una máscara para que nadie se diera cuenta cuánto se parecía al rey. Los derechos dinásticos de los hermanos gemelos corresponden al que nace primero, lo cual es un puro azar pues si el parto es por cesárea se saca primero al que por parto natural hubiera sido el segundo. Pero es lo que pasa cuando un puesto de trabajo es vitalicio y no depende ni de tus méritos, ni de una oposición ni de una elección democrática. Estuvo encarcelado, sin juicio ni archivos policiales, durante 34 años, de los cuales 11 en Santa Margarita. Solo se le dejaba salir para asistir a misa, eso sí, todos los días. La máscara en realidad no era de hierro sino de terciopelo y cuero. Se visita su celda, que tenía chimenea, y se ve el agujero en la piedra por donde hacía sus necesidades. Aunque esta teoría del hermano gemelo del rey es la más extendida, en realidad la identidad del enmascarado no está clara. Hay más de 60 nombres que distintos investigadores han atribuido al personaje, incluyendo la hipótesis de que fuera una mujer, y en un panel explicativo de exponía la lista de los 24 más creíbles. Otra hipótesis es que el prisionero era el médico que hizo la autopsia al anterior rey, Luis XIII, en la que descubrió que era estéril y por lo tanto el sucesor era ilegítimo.
En el exterior del fuerte había una terraza con vistas impresionantes sobre toda la costa Norte de la isla y la ciudad de Cannes al fondo. A nuestros pies contemplamos el Corto Maltés amarrado en su pantalán, que pronto estaría solitario, en el centro de una ensenada con el agua plana como plomo líquido reflejando un sol a media altura, naranja como un balón de baloncesto. Daba gusto estar allí. Curiosamente esa fortificación, y toda la isla, estuvo ocupada por las tropas españolas durante dos años en le época de la Guerra de los Treinta Años, en el siglo XVII, y parte del sistema defensivo que estábamos visitando era el resultado del refuerzo de los españoles. Finalmente, y aunque parezca raro en una isla tan pequeña, había a los pies del fuerte un astillero de reparaciones de megayates, con su propia rampa de varada, y que en aquel momento estaba ocupado con dos barcos sorprendentemente grandes que se veían desde cualquier aproximación a la costa Norte, porque eran más altos que todo lo que les rodeaba.
A media tarde, cuando volvimos al barco, el pantalán que habíamos dejado casi vacío por la mañana estaba abarrotado. Algunos de los barcos que inicialmente estaban paralelos al muelle se habían tenido que colocar como nosotros, perpendiculares a él bien de proa o bien de popa. Y ese momento fue el que aprovechó la gendarmería francesa para su inspección. Sus agentes fueron uno a uno por todos los barcos pidiéndoles los papeles y revisando el material de seguridad. Todos los miraban llegar con un nudo garganta arriba. A nuestro vecino, el de los dos niños, le cayó una multa por faltarle algún chaleco. A mí me llamó al pantalán y al ver por mi acento que no era francés me preguntó por el pabellón del Corto Maltés. Al contestarle un servidor, siendo español, dijo que entonces no tenía derecho a hacerme una inspección y no me pidió nada. La chica de la pareja de al lado me hizo una mueca y un comentario irónico sobre mi buena suerte, pero así son las cosas.
Como habíamos previsto, al ir envolviéndonos la oscuridad aterciopelada los demás barcos se fueron volviendo a Cannes o su puerto de procedencia, y el pantalán se quedó prácticamente vacío. En la lejanía veíamos las luces de Cannes y de su paseo marítimo, y los alfilerazos luminosos de la luz de un faro, como en una postal nocturna. Mientras cenábamos nos sorprendió un ruido en el cielo y al asomarnos vimos que nos estaba sobrevolando un dron, aún no sabemos si era particular o bien oficial para vigilar el sitio. Nadie, ni los de la gendarmería, nos dijo nada por rebasar las seis horas de estancia. Fue una noche tranquilísima pero heladora, con 12 ºC en la camareta, algo sorprendente después del día de calor, en que habíamos recorrido la isla en bañador y sudando. Parecía que en vez de en la Isla Santa Margarita estábamos amarrados en una pingüinera de la Isla Decepción. Yo me acosté con toda la ropa térmica y lanuda (gorro, bufanda, calcetines y chaleco de lana, más dos camisetas térmicas, una de algodón, pantalón largo térmico, saco de dormir y una manta encima) y aun así me desperté varias veces con la carne de gallina. No pensé que lo de Bretaña se repitiera en el Mediterráneo en mayo.
El día siguiente era domingo y aun así salimos muy temprano, antes de las 7 h, para una etapa en la que intentaríamos salir de Francia y llegar a Mónaco (24 millas). La maniobra para recoger el ancla que habíamos echado por popa se nos complicó un poco, porque el cabo estaba mal pasado por el balcón de popa e impedía recogerla desde la proa. Pagamos la novatada de nuestro primer amarre al estilo mediterráneo, pero como no había viento no pasó nada y aprendimos para los siguientes y terminamos siendo auténticos profesionales. Contorneamos la isla de San Honorato en sentido antihorario, y al avistar el canal entre Santa Margarita y San Honorato vimos que seguía lleno de barcos fondeados, que habían pasado allí la noche. Disfrutamos de la vista desde el mar de la torre fortificada y de la abadía. San Honorato se instaló en la isla en el siglo IV buscando la soledad del ermitaño, pero sus seguidores no tardaron en encontrarle y venir a instalarse con él, que terminó fundando un monasterio. La torre fortificada se construyó mucho más tarde, en 1073, para defenderse de los piratas. En la época más gloriosa, el