Aparte de cumplir, en su lugar, los encargos que le encomendaba su padre, me obligaba a realizar proezas difíciles como saltar en un pie durante diez minutos, o colgarle un cartel en la espalda a un transeúnte. El agotamiento y los temores que acompañaban a estos castigos se prolongaban en mis sueños y me revolvía en mi cama, sudoroso y extenuado. En el día sentía frío, y a menudo vomitaba. Estaba enfermo y mi madre aumentaba su preocupación y cariño por mí, entristeciéndome más porque me sentía indigno de su amor.
Una noche ella me trajo un chocolate, igual que cuando era pequeño y me había portado bien. Evocar esos días me causó un dolor agudo, y cuando trató de saber qué me pasaba, y me acarició la cabeza, revolviéndome el pelo, sólo atiné a responder:
–¡Nada! ¡No me pasa nada y no quiero nada!
Ella dejó el chocolate sobre el velador y salió sin añadir ni una palabra. A la mañana siguiente no respondí a sus preguntas, y actué igual que si no recordara lo sucedido. Entonces vino un médico que me examinó y recetó duchas frías en la mañana.
Durante aquellos días viví en un estado de desquiciamiento notorio. En medio del orden y el sosiego de nuestra casa, yo me arrastraba como un fantasma torturado y solitario. Me aislaba del resto de la familia y no lograba olvidar mi angustia en ningún momento. Frente a mi padre, que me interrogaba ansioso, mi actitud era de una frialdad impenetrable.
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