Demian / La leyenda del rey indio. Herman Hesse. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Herman Hesse
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Книги для детей: прочее
Год издания: 0
isbn: 9789561235496
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sino las más exquisitas. Con tal de escapar del peligro que percibía allí, acechándome en la realidad presente, me refugié en cientos de peligros que surgían en el relato del robo de las manzanas. Finalmente, el saco pesaba tanto que habíamos tenido que abandonar la mitad y regresar a buscarla media hora más tarde. Al terminar mi cuento, aguardé la aprobación, ya que mi fantasía me había entusiasmado. Pero los niños callaron, esperando el veredicto de Franz Kromer. Este me escrutó, con ojos en los que adiviné una amenaza.

      –¿Es cierto todo eso? –preguntó.

      –Sí, es cierto.

      –¿De veras?

      –¡Sí! –aseveré, ahogado de terror.

      –Entonces júralo. ¡Júralo! Tienes que decir: lo juro por Dios y mi salvación eterna.

      –¡Por Dios y mi salvación eterna! –repetí, casi sin voz.

      Creía que ese juramento me liberaba de todo riesgo y traté de decirles adiós y regresar a mi hogar. Pero estando ya sobre el puente, Franz me detuvo:

      –No corras tanto. Vamos por el mismo camino. –No pude separarme de él.

      Al llegar a mi casa, cuando vi la puerta con su aldaba de bronce y el sol quebrándose sobre los cristales de las ventanas, y las cortinas del dormitorio de mi padre meciéndose apenas, respiré liberado. ¡Bendito regreso al hogar y a la decencia!

      Abrí la puerta para cerrarla de inmediato, pero Franz Kromer se interpuso. En el zaguán me cogió de un brazo y su mano me apretó como una tenaza.

      –¿Tú sabes a quién pertenece la huerta junto al molino?

      –No lo sé... Supongo que al molinero.

      Franz me rodeó con un brazo y me atrajo para que nos miráramos cara a cara. Había un fulgor perverso en sus ojos, una mueca que torcía su sonrisa, y toda su expresión emanaba malignidad.

      –¡Óyeme, chico, yo sé desde hace tiempo lo del robo de las manzanas y conozco al propietario de la huerta! Él ha ofrecido dos marcos al que diga el nombre del ladrón.

      –¡Dios mío! ¡Tú no se lo dirás! –supliqué, aunque comprendía que sería inútil recurrir a conceptos como la lealtad. Él era un habitante del “otro” mundo, donde la traición no era un delito.

      –¿Que no lo diga? –Kromer se puso a reír–. ¿Crees que falsifico monedas y que puedo tener dos marcos en cualquier momento? ¡No, yo no tengo un padre rico, como tú, y si se me presenta la ocasión de ganarme algún dinero, la aprovecho!

      Repentinamente me soltó. Nuestro zaguán ya no olía a protección y tranquilidad. El piso se abría bajo mis pies. Ese muchacho iba a denunciarme y me convertiría en un delincuente. Acudiría la policía y se lo comunicaría a mi padre. ¡Todo tipo de atrocidades me amenazaban, todo lo dañino y lo perverso se me venía encima! No importaba que en realidad yo no hubiera robado las manzanas. Además lo había jurado. ¡Dios mío! ¡Dios mío!

      No podía contener las lágrimas y busqué con desesperación en mis bolsillos, pensando que tenía que pagar un rescate. Desgraciadamente no encontré nada. De pronto me acordé de mi viejo reloj de plata. Ya no funcionaba, pero había sido de mi abuela y lo llevaba siempre conmigo.

      –Kromer, escucha, no me denuncies –rogué–. Toma mi reloj, es de plata. Tiene una pequeña falla, pero la máquina es excelente y se puede componer...

      Franz Kromer cogió el reloj en su mano de dedos gruesos y romos, y yo advertí lo cruel y agresiva que era esa mano, y cómo se aprontaba a caer sobre mi paz y mi existencia.

      –Es de plata –insistí.

      –¡Me da lo mismo! –exclamó con desprecio–. ¿Por qué no lo mandas a componer tú? –Dio media vuelta para marcharse–: bueno, supondrás a quién voy a visitar. También conozco al sargento de policía y se lo puedo decir a él.

      –¡Franz, no hagas tonterías! –imploré, sujetándolo por una manga–. ¡Dime lo que debo hacer! ¡Haré lo que tú digas!

      –Lo sabes tan bien como yo –dijo sonriendo–. No me daré el lujo de tirar a la calle dos marcos. Dámelos tú, y asunto arreglado.

      Entendí su razonamiento. Sin embargo, para mí dos marcos significaban lo mismo que cien o mil. No disponía de dinero. Aún no recibía cantidad alguna para mis gastos y sólo tenía una alcancía con algunas monedas.

      –No tengo absolutamente nada –murmuré–. Sólo te puedo ofrecer mis soldados, mi brújula, un libro de aventuras, un...

      –¡Guárdate tus porquerías! ¿Para qué quiero una brújula? –Kromer escupió en el suelo con perversidad y descaro–. ¡Tráeme mañana los dos marcos y se acabó! Te esperaré en el mercado después de clases.

      –¿Pero de dónde voy a sacarlos?

      –¡En esta casa sobra el dinero! ¡Tú sabrás cómo conseguirlo!

      Volvió a escupir y me envolvió en una mirada siniestra. Luego desapareció como una sombra.

      *

      No me atrevía a subir. Mi vida se había destrozado. Pensamientos horribles cruzaron por mi mente: escaparme para siempre, arrojarme al río... Ideas confusas y aterradoras. El sol se ocultó y me quedé en la penumbra, ovillado en el último peldaño de la escalera, sumergido en mi desdicha. Así, llorando, me encontró Lina, al bajar en busca de leña. Le rogué que no dijera nada y subí.

      El sombrero de mi padre y la sombrilla de mi madre estaban en el perchero, junto a la puerta vidriera, y los sentí venir a mi encuentro, devolviéndome sensaciones de calma y de ternura, de tibieza de hogar; sensaciones que recibí agradecido, como el hijo pródigo al penetrar en las estancias de la casa paterna. Sin embargo, nada de aquello me pertenecía ahora. Cuanto me rodeaba era parte del mundo ordenado y puro, y yo me había hundido en aguas desconocidas y turbias. Ese sombrero y esa sombrilla, el gran cuadro que adornaba el vestíbulo, la voz de mi hermana mayor, que llegaba desde la sala de estar; todo aquello que me resultaba más precioso y amable que antes, ya no era mío. Yo traía los zapatos sucios con un barro que no podía limpiar en el felpudo de la puerta, y acarreaba conmigo sombras que el mundo claro desconocía. Los miedos y los secretos que hasta entonces había ocultado, no eran más que juegos al compararlos con lo que hoy me atormentaba. Mi madre no podía protegerme de las manos que intentaban atraparme, y ni siquiera debía enterarse de su existencia.

      Que mi falta se llamara mentira o robo, carecía de importancia. ¿No había jurado por Dios y mi salvación? Mi delito no era aquél o éste, era haberle dado la mano al demonio. ¿Qué me había empujado a ir con esos muchachos y obedecer a Kromer con más humildad que a mi padre? ¿Y qué podía haberme inducido a inventar esa historia y enorgullecerme de ella como de una proeza? El demonio me apretaba sus amarras.

      De pronto la esperanza renació por unos instantes, al mirar de nuevo el sombrero colgado en el perchero. Le contaría toda la verdad a mi padre. El sería mi confidente y mi salvador, y yo recibiría su castigo y pediría perdón, como en otras ocasiones.

      Pero no podía hacerlo. Tenía que cargar solo con mi culpa y mi secreto. Tal vez me hallaba en el punto preciso en que mi camino se debía bifurcar, y desde ese minuto pasaría a formar parte del mundo de la infamia, seguiría a los canallas y me asemejaría a ellos, compartiendo la maldad y sus misterios. Esta era la consecuencia de haber querido ser un hombre sin escrúpulos.

      Agradecí que mi padre me llamara la atención por venir con los zapatos mojados; esto lo distraía y le evitaba sospechas. No obstante, simultáneamente, nació en mí un sentimiento afilado e infame; me sentí muy superior a mi padre. Experimenté cierto desdén por su preocupación por los zapatos húmedos y su desconocimiento de la realidad. “¡Si el pobre supiera!”, pensé, razonando como el criminal al que acusan por el hurto de un pan, en tanto que ha cometido un asesinato. Era un sentimiento repugnante y avasallador, aunque no exento de un atractivo que me ligaba más a mi pecado y a mi secreto.