Apartado de todo peligro, en una de las pequeñas salas junto a varios tesoros hurtados a viajeros, se encontraban los objetos pertenecientes a los tres amigos. Se colocaron sus armaduras y armas. Nimbar se puso en el dedo medio derecho su anillo rojo. Después de haber recuperado todo, salieron de la sala con dirección a la superficie. Tanto el mago como el príncipe, sabían que debían hacerlo rápido, para que, los Juramentados, no pudieran encontrarlos.
Ponizok deseaba con todo su corazón que, en el viaje hacia la salida, apareciera Siago, así él podría enfrentarlo y sacarle el corazón. Pero esto no ocurrió. Junto a la entrada, había una fila de arqueros los cuales vigilaban el ingreso de quien quisiera atacar la cueva o entrar en ella. Kira, al igual que Ponizok, desenvainaron sus espadas de forma lenta, para que no los descubrieran y alertaran a los guardianes de la entrada. Rápido y sin emitir sonido asesinaron a los cuatro bandidos, los cuales no supieron quien los estaba atravesando con sus espadas.
—Ahora debemos dirigirnos al Sur. –dijo Ponizok tomando de una mesa en el recinto de entrada, los cuatro panes, que según Nimbar debían ser la cena de los guardias –No dejaré este hecho en el olvido, por lo que tenemos que encontrar la forma de marcar la cueva, para que un batallón de mis mejores hombres, los encuentren y lleven a todos sus habitantes, ante la justicia.
—¡Los prisioneros han escapado! –se escuchó el grito de uno de los malhechores desde lo más profundo de las cavernas de la montaña.
—Debemos irnos. ¡corran! –gritó Ponizok mientras se dirigía hacia el Sur del bosque.
Nimbar hizo con sus poderes una marca en la montaña, para que cuando los hombres de Ponizok vinieran en la búsqueda de ese lugar, lograran encontrarlo.
La travesía por el bosque se volvió difícil y muy cansadora, debido a los montículos de tierra y pasto, los troncos volteados o los arroyos y ríos. Kira trastabilló con un pozo que había en su camino y cayó en el suelo. Poni, que la vio lastimada y dolorida, corrió en su ayuda. Se había torcido el tobillo con el agujero. El joven príncipe trató de ayudarla, pero cuando le tocaba la pierna, Kiri gritaba por el dolor.
Tras de ellos, venían los Juramentados de la Ley, a toda prisa, y con un deseo de venganza en sus cabezas por la muerte de sus compañeros a manos del príncipe y sus acompañantes. Kira no podía caminar, por lo que Ponizok la cargó en su espalda y la llevó de ese modo, hasta que encontraron un lugar escondido junto a uno de los ríos de Alarbón donde descansaron. El mago revisó el tobillo de la joven que estaba morado como la remolacha.
—Debemos inmovilizarlo para que no se empeore el daño –dijo Nimbar, tomando de su bolso, una venda de algodón con la cual enroscó la pierna de la niña, junto a dos cortezas de roble, las cuales le sirvieron como sostén. –Si lo dejamos así puede que sane en uno o dos días, no más que eso. Lo que si debemos hacer, cuando lleguemos a la ciudad, es poner sobre ella una pasta de dalbonas, actuará sobre la inflamación y la reparará.
—Lo que ahora más importa, es comer algo –sugirió Ponizok, tomando los panes que había agarrado en la cueva. Poni buscó entre los arbustos cercanos, uno que poseyera frutos maduros para darle sabor. Extrajo de una de las plantas altas quince frutos redondos color violeta –¡Sabía que el olfato, no me había engañado! Encontré Rustas silvestres. Nada se les compara en sabor.
—Dicen los que saben –dijo Nimbar a Kira –que los fallstorianos, no poseen ninguna debilidad, salvo la tentación de comer sus amadas Rustas. No hay nada más que los vuelva locos.
Ponizok partió uno de los cuatro panes en tres partes y colocó sobre la miga de estos la pasta de Rustas que había preparado en ese momento. El jugo se esparció por el pan, como la miel en un cerdo asado. Por un momento Kira, desconfió de los extraños frutos, pero cuando vio a su amado darle un mordisco al trozo de pan con la pasta, ella hizo lo mismo. Su sabor era dulce como la miel y su tacto líquido como el jugo de las uvas.
Luego de haber disfrutado de una deliciosa cena, siguieron su largo camino a Filardin, donde seguramente los esperarían con un festín, música y juglares para divertirlos. A pesar de la noticia de la muerte de sus queridos padres, el joven príncipe parecía feliz por haberse sacado de encima a todos los criminales que intentaron decapitarlo. En cambio, Kira, estaba asustada por la simple idea de que sus captores, los encontraran indefensos y los asesinaran mientras dormían en el frío y húmedo suelo, repleto de suave y verde hierba. Su amado, al verle la cara de preocupación, se acostó junto a ella, la abrazó y le explicó que, si alguno de estos trataba de hacerle daño, se arrepentirían al instante.
—Al llegar a Filardin, lo primero que haré es presentarte ante la corte y mis consejeros, para que te conozcan y sepan quién será la madre de mis hijos. –dijo Ponizok juntándose más a la joven y tapándola con su capa –Luego tendremos un festín de bienvenida, en el cual servirán los más deliciosos platos del reino y por supuesto los postres más suculentos. Tú solo dime y yo ordenaré que preparen tu favorito.
—Pasteles de nuez y miel, –dijo Kira, mientras se le hacía agua la boca –desde muy pequeña los he consumido y siempre me han gustado. Mi padre solía colocar sobre ellos azúcar espolvoreada para que pareciera nieve. Yo no conozco lo que es, por lo que al llegar a Fallstore lo sabré y juzgaré si estaba en lo cierto.
—Ya la verás. –dijo Ponizok abrazándola con fuerza, hasta que no hubo espacio entre su pecho y la espalda de Kiri, a quien le gustaba como lo hacía –Te agradará tanto mi hogar, que desearás no haber vivido en Goldanag, donde el calor vence y el frío es derrotado. Tú viviste cerca de Strongrock, me has dicho. Por lo que debo suponer que conoces mucho las lluvias al igual que los Bormón de Goldston.
—Es algo de lo que nunca me cansaba. –respondió Kiri dándose vuelta y abrazando ella también al joven príncipe –Mi padre solía decirme que los norteños de Goldanag, teníamos un cierto parecido a los fallstorianos. Decía que nuestras lluvias torrenciales, son las grandes nevadas para ustedes y que nuestros rasgos físicos son casi idénticos.
—Nunca lo vi por ese lado. –dijo riendo Ponizok –Que extraño que no me diera cuenta que lo que dices es verdad. En cierta forma somos parecidos, pero no en todo. Serán del mismo color de tez y cabellos parecidos a nosotros, pero nosotros tenemos algo que ustedes no tienen, y eso es nuestra valentía.
Ponizok, apretado a su futura reina y esposa, se quedó dormido en medio de las largas noches sureñas. Los lobos que habitaban las montañas Puntas Blancas aullaban a la enorme y hermosa luna, que desde los cielos iluminaba con su resplandor las copas de los árboles de Alarbón. En los altos y oscuros robles, las lechuzas y búhos veían como los jóvenes descansaban en la eterna paz del gran bosque.
Extraños sonidos llamaron la atención del príncipe, que mirando hacia los matorrales desenfundó a la Furia del Sur, por si atacaban los Juramentados o algún animal salvaje. Como una sombra, de entre los arbustos, salió un lobo, de pelaje como plata y ojos de color azul claro. Poni sentándose, tomó un pedazo de pan y lo extendió hacia el gran animal. Desconfiado al principio, se acercó muy lentamente oliendo el agradable aroma que emanaba de la comida, en la mano de Poni. Cuando el lobo agarró con sus afilados dientes el alimento, el príncipe acarició el sedoso pelaje de la criatura, la cual aceptó la muestra de afecto y lengüeteó el rostro del joven.
Finalmente, Nimbar y Kira abrieron los ojos y se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo. El enorme animal al ver que los amigos de Poni se habían levantado de su siesta, se dio la vuelta y volvió a la oscuridad de Alarbón donde su manada lo recibió aullando.
—Un gran lobo plateado, si mi vista no me falla –dijo desconcertado el mago.
—¿Esa criatura era un lobo? –preguntó Kira –Pero es más grande que un perro.
—Todo