Naraligian. Tierra de guerra y pasión. F.I. Bottegoni. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: F.I. Bottegoni
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9789878705644
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de ver el fuego alzarse sobre el campamento enemigo. Lo único que escuchaba era el sonido del viento que rozaba el acero de las picas y hachas que estaban apoyadas contra el muro.

      La capitana pateó a uno de los soldados que dormía tranquilamente detrás de una de las salientes de la muralla. Este se levantó alarmado por el golpe y trató de desenvainar su espada, pero le resultó difícil, ya que la había dejado sobre el helado suelo.

      —Perdone mi señora –dijo angustiado el pequeño hombre, mientras se acomodaba el yelmo –no fue mi intención, quedarme dormido. Es solo que estoy cansado de tanta lucha y conflicto.

      —Todos estamos igual, –le respondió. Colocó su mano derecha en el hombro del muchacho –lo necesito atento para cuando vuelvan los jinetes. Si esto acaba pronto, todos descansaremos. –miró a lo largo del muro, donde la gran mayoría se encontraban reposando. –Siga descansando. No dejaré que todos lo hagan y solo usted sea el responsable de cuidar la ciudad.

      El fino hombre agradeció a la joven capitana y se volvió a recostar en el suelo. Todo era silencio y oscuridad, salvo por las fogatas, que iluminaban o emitían sonido cuando las chispas saltaban al aire. En uno de los bolsillos de su pantalón, había guardado un trozo de pan duro, que le había sobrado del almuerzo de ese día. Su sabor se había deteriorado un poco con el contacto que tenía el pantalón de algodón con este.

      Pasó un tiempo hasta que uno de los vigías distinguió el sonido de cascos de caballos contra el suelo. Este, avisó a Kira quien trató de ver en qué dirección y quiénes eran los que se acercaban. Sus ojos no se acostumbraron a la oscuridad que se hallaba al otro lado. No podía ver nada, excepto el brillo de la luna sobre las aguas cristalinas del Río Dorado.

      —Notifica al capitán Mandorlak, debe estar en ¨ Zafiro mío ¨. ¡Apresúrate! –Kira estaba totalmente nerviosa. No sabía si eran enemigos o amigos los que venían.

      El guardia a toda prisa fue hacia la taberna, con el fin de encontrarse allí a Mandorlak. Debía estar dormido para no haberse presentado en la guardia. El sonido de los cascos cesó y Kira miró sobre el muro hacia la iluminada entrada de la ciudad. Eran jinetes goldarianos, los que habían preocupado a la joven. Sus armaduras estaban manchadas de sangre y tierra y los estandartes de la casa Kropner estaban rotos y desgarrados.

      —Capitán Giotarniz, ¿está usted allí? –preguntó Kiri a los hombres del portón.

      —Lo siento mi lady –dijo uno de los hombres, tomando de la silla del caballo un mandoble de empuñadura gris con la forma de un toro en la punta. –hicimos lo que pudimos, pero nos estaban esperando. El capitán Giotarniz fue asesinado por el rey de los bosques.

      Kira volvió a ponerse donde los de abajo no la vieran. Su corazón estallaba por la pena. Trató de controlarse, pero sus ojos se llenaron de lágrimas que mojaron su rostro y su ropa, y se escurrían por la armadura. Mandorlak llamaba a Kira desde la base de los muros, le notificaba que abriría las puertas para que los hombres pudieran entrar a recuperarse.

      La joven, entró en la garita para notificar a los guardianes del puente que debían bajar el rastrillo luego de que los jinetes hubieran entrado. Los hombres de adentro esperaron a que Mandorlak diera la orden. El capitán ordenó que abrieran las puertas para que sus compañeros entraran y, entre varios guardias corrieron los grandes bloques que servían para trabarlas. Abrieron ambos portones, por los cuales ingresaron sus compatriotas.

      —Es una alegría que hayan vuelto y a la vez una oscura pena, por la noticia de que hayan fallado en su misión –Mandorlak tomó la espada que el soldado le entregó. El capitán miró el arma. No podía creer lo que sostenía.

      El soldado que se la entregó, acercándose a este, colocó una mano en su hombro. En su rostro conservó una sonrisa oculta por el yelmo, la cual atrajo la atención del gran capitán, a quien no le gustaba nada su actitud en una tragedia como esa.

      —Yo estuve ahí cuando Giotarniz murió –dijo el hombre quitándose el casco, dejando al descubierto su pelo corto de color oro y sus ojos verdes como el pasto –lo último que dijo fue. ¡Maldito bosquerino! ¿Sabes lo que yo le dije cuando escuché eso?

      —No lo sé –respondió Mandorlak con ojos llorosos.

      —Le daré mis condolencias a tus amigos –el hombre atrajo rápidamente al capitán hacia él y ensartó un puñal en su corazón –Has hecho mucho, pero el resultado de la guerra, ya se sabía desde un principio.

      Los recién llegados apuñalaron a los guardias de la puerta, mientras les tapaban la boca para que no emitieran ningún sonido que alertara a la ciudad de su presencia. Un grupo de estos, subió a los muros para dar muerte a los cansados goldarianos, mientras que los otros, esperarían para volver a abrir las puertas y que todas las fuerzas de Lodriner entraran.

      Kira se empezó a poner nerviosa ya que no escuchaba la orden de Mandorlak para bajar el pesado rastrillo de hierro. Ella escuchó del otro lado de la puerta del cuartucho, el sonido de pisadas que subían por las escaleras de los muros. Abrió un poco la puerta para ver lo que pasaba. En eso observó como un grupo de goldarianos asesinaba a las tropas que descansaban de pie o acostadas sobre el piso.

      —¿Qué sucede mi señora? –dijo uno de los encargados del rastrillo que se encontraba con ella acercándose a la puerta de madera –¿Qué son esos extraños ruidos?

      —Ese es el sonido de espadas dando muerte al guarda muros. –La joven capitana desenfundó su espada lentamente para no emitir ningún sonido. –Debo dar la alarma, sino, nadie presentará resistencia y todos los ciudadanos de la ciudad capital no despertarán más.

      En un acto de valentía, abrió la puerta y salió en punta de pies para que sus botas no hicieran ruido contra los charcos de sangre que cubrían los empedrados pisos. Abajo, los lodrinenses, se preparaban para el ataque final. Ella buscó por todos lados, cuerpo por cuerpo un cuerno que le permitiera alertar a todos sobre el ingreso inesperado de los bosquerinos. Halló uno prendido al cinturón de un piquero, al que le habían perforado la cabeza con la flecha de una ballesta.

      Colocó en su boca el instrumento para soplarlo, cuando un soldado de Hignar la atacó por sorpresa. Este trató de asestar un golpe de muerte en el cuello protegido de la joven quien lo previno, y defendiéndolo con su espada, combatió contra el ágil invasor quien una y otra vez atacaba a la cabeza o al estómago. Pero fue inútil, ya que Kira peleaba muy bien y defendía cada uno de los golpes.

      Las espadas, al chocar, producían tanto ruido que varios hombres más cayeron en la ayuda del bosquerino, que peleaba fervientemente con la capitana de Goldanag. Estos tomaron a la joven por los brazos para inmovilizarla. Uno de ellos le quitó el yelmo para ver su rostro.

      —¡Vaya, vaya! –dijo el que se lo quitó –quien diría que una hermosura como esta, estaría peleando para el ejército de Goldanag ¿Qué dicen si le demostramos lo que es divertirse un poco?

      —Diría que es una gran idea, pero primero deberíamos ver lo que oculta por debajo de esa cota de malla –dijo uno de los que la agarraba, tratando de desprender los ajustes laterales de la coraza de la capitana.

      Kira logró soltar uno de sus brazos y hacer sonar el cuerno. Ruuuuuuhuuuuuuuuuu hizo el aire al salir del instrumento. Después de eso todo volvió a ser silencio, salvo por los hombres que la sostenían. El que le quitó el yelmo, la abofeteó tan fuerte que ella volteó su rostro para un costado por el dolor. Las tropas de Lodriner ya estaban ingresando salvajemente a la ciudad, arrasando todo a su paso. Los soldados goldarianos, al haber escuchado la señal de alarma de la capitana, tomaron sus armas y salieron a combatir con lo que llevaban puesto en ese momento. Sin camisas o prendas superiores se abalanzaron contra los hombres de Hignar, quienes flecharon a la gran mayoría.

      Aquellos que lograban acercarse luchaban, y a duras penas, lograban abrirse paso hacia el portón. Este permanecía abierto permitiendo el paso a millares de enemigos, incluyendo al comandante Igonder quien guiaba a la infantería, mientras que su rey iba al mando de la caballería, la cual entró y derribó a varios de los indefensos goldarianos.

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