Naraligian. Tierra de guerra y pasión. F.I. Bottegoni. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: F.I. Bottegoni
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9789878705644
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las escalinatas que llevaban a su trono, esperando recibir noticias del resultado del combate. O su amada ciudad había sido tomada, o una posible victoria se avecinaba, no lo sabía. Sentía como la transpiración, a causa de los nervios, corría más y más rápido por su rostro y barba.

      —¡Mi señor Pulerg, hemos alcanzado otra gran victoria! –gritó Giotarniz. El eco de su voz se dispersó por todo el salón hasta llegar a los oídos del cansado señor –Hignar retrocede otra vez, nuestras fuerzas festejan a lo largo y ancho de Argentian.

      —¡Qué gran noticia! –el rey se puso rápido de pie y fue a darles la mano a los capitanes. Se las apretó con fuerza (símbolo de poder) –¿A caso el sabio señor de los bosques no pudo predecir esta victoria? Vale más la venganza que el perdón. Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo: no hay poder sobre esta tierra que pueda vencer al acero.

      —En eso lo apoyo mi señor. La magia ya está desapareciendo, pero nuestras poderosas armas y las resistentes armaduras, son las que decidirán el destino de nuestros días –decía Giotarniz mientras se apoyaba contra la mesa del salón. Tomó una de las violáceas uvas y la colocó en su boca –¿O no lo crees así, Kira?

      —Hay algo en todo esto que no encaja –dijo la capitana apoyándose a un costado de Gio quien le ofreció un racimo de uvas. Ella lo tomó y comió uno de los frutos muy lentamente, mientras trataba de recordar, lo que siempre le decían sobre los bosquerinos y las historias que había escuchado de Hignar, el señor de Casa de Árbol –Ya hemos detenido dos asaltos a esta ciudad y nuestro enemigo nos sigue atacando. ¿Cuál es el punto? ¿Acaso no valen las vidas de sus hombres? Si prosigue con esto todos han de morir.

      —Conozco a ese rey desde hace años, –Pulerg les mostró una cicatriz en su brazo –esto fue durante la gran batalla de antaño. Yo defendí un ataque que iba hacia el sabio Hignar. Este se hallaba inconsciente sobre el húmedo suelo algiriano. Lo protegí de Golbón y su espada, la cual iba a darle muerte a mi amigo, si es que lo puedo llamar de esa manera en este momento. –Su cara reflejaba tristeza, pero no soltó una lágrima por temor a los comentarios de sus leales súbditos. –Si pudiera revertir aquello, no estaríamos en este embrollo.

      —Nadie podía predecir lo que iba a suceder –dijo la Capitana, ingiriendo otra uva –quizá nuestro problema hubiera sido más grande y nuestros enemigos, serían otros. Posiblemente otro rey u otro reino.

      —O al revés. –supuso Giotarniz, mientras maniobraba con perfecto equilibrio el cuchillo mantequero en su mano. De arriba abajo, de izquierda a derecha lo movía. Cuando lo volvió a depositar sobre el pequeño plato, vio que la mano con la cual lo había sostenido, se encontraba brillante y grasosa. –Si atacamos su campamento mientras duermen puede que obtengamos la victoria deseada.

      —No tenemos suficientes hombres como para atacarlos. –dijo Kira a Giotarniz quien parecía satisfecho con esa idea –Si fallamos, la ciudad quedará totalmente desprotegida y todos los que viven aquí sufrirán la muerte por nuestra mala decisión.

      —Tienes razón. –respondió el esbelto capitán. Este, mirando a su rey dijo –Permítame enviar una docena de mis mejores jinetes, para que prendan fuego su campamento con todos sus hombres durmiendo en él.

      El rey miró a Kira, quien le decía con la cabeza que no lo hiciera, pero el monarca escuchó a su corazón antes que a su cabeza. Le ordenó al capitán que escogiera de entre las fuerzas de la ciudad a doscientos hombres, para que marcharan junto a él. Giotarniz agradecido, partió hacia el cuartel para hacer su elección de compañeros.

      La joven capitana, sentía culpa por las vidas de los inocentes, quienes sufrirían por la decisión del rey. Los niños, niñas y bebés que no volverían a sentir el calor de sus padres una última vez. Con una simple reverencia se fue caminando hacia el ¨ Zafiro mío ¨. Esta era la más grande de todas las tabernas de la ciudad y la más preferida por su guardia.

      El lugar era una casa de madera y piedra de dos pisos de alto. La luz del interior salía por las ventanas de vidrio y hierro. Kira tomó el picaporte de la puerta y entró en la taberna, la cual se hallaba repleta de personas. Desde burgueses hasta simples porqueros había en el lugar. Todos miraron con atención a la recién llegada. Ella colgó su capa en uno de los percheros y tomó asiento en la barra donde pidió como almuerzo queso, pan y cebollas avinagradas, con un jarrito de cerveza roja. El tabernero, un hombre de mediana edad con una barba y bigote que tapaba su cuello, se acercó a ella, quien lo miró atentamente.

      —Se cuenta por aquí que se planea atacar esta noche el campamento de los bosquerinos –dijo el robusto hombre, mientras limpiaba una copa de hierro, la cual escupía una y otra vez cuando esta se secaba. –¿Es verdad esto, o solo son comentarios?

      —Tomaron decisiones equivocadas y peligrosas para todos los argentianos. –La capitana tomó un trozo del pan de salvado, con una de las cebollitas y las comió. El gusto avinagrado le produjo asco. Estaban más fuertes de lo normal –Si la fuerza de ataque sufre una derrota, que es lo más probable, necesitaremos más que un milagro, para que estos muros no caigan.

      —Si eso llegara a suceder, solo por curiosidad, ¿qué deberíamos hacer? –susurró el hombre a la joven. Su aliento a ajo hizo que esta se sintiera descompuesta, pero como una dama, se lo aguantó y no pronunció ningún sonido –¿Debería abandonar la ciudad, o simplemente, rendirme ante el enemigo? –dijo el hombre.

      —Lo que haría yo, sería tratar de escapar. Ellos no desean piedad para con nosotros –respondió Kira, apoyando el rostro sobre su brazo. Estaba muy cansada por la lucha y no deseaba seguir hablando –Si no le molesta, descansaré un rato, antes de seguir con mi guardia.

      Cerró los ojos, hasta que quedó profundamente dormida. A su alrededor, las personas charlaban y reían de historias o de que tan borrachos estaban. El tiempo pasó tan rápido que nadie se percató de que la joven descansaba sobre el frío acero de su cota de malla. Mandorlak entró a la taberna acompañado por dos de sus hombres y tomó asiento junto a ella. Su intención no era molestarla, sino tratar de despertarla para notificarle de la reciente partida del escuadrón comandado por Giotarniz.

      Mojó sus dedos en agua y los colocó sobre el rostro de la niña, haciéndolos gotear sobre esta. Kira se levantó asustada. Tal fue su temor, que desenfundó la daga y la colocó en la cabeza del capitán.

      —¡Eres ágil hasta cuando duermes! –dijo Mandorlak, mientras tomaba el plato que el tabernero le entregaba. –Me pregunto si lo fuiste igual para detener a Gio en su locura. ¿Déjame pensar? No, no lo hiciste ¡Algo que no debió pasar! –tomó un trago de su jarro de cerveza negra, que era su favorita. –¿Quién dio la orden, el rey o Giotarniz?

      —Gio propuso la idea y el rey aceptó. –respondió, mientras con sus manos se fregaba los cansados ojos –Le dije a Pulerg Kropner, que no estaba de acuerdo, pero le interesó más tener una guerra ganada. Sé que te preguntas como no los he detenido, pero me fue imposible.

      —En ese caso, necesitaré que me acompañes esta noche al muro Este. –pidió el capitán a la joven quien tomó un sorbo de la rojiza cerveza. –Giotarniz es un gran capitán. El más estupendo líder que ha visto la guardia de la ciudad. Tiene una posibilidad de victoria, pero si la desperdicia, cada goldariano en esta ciudad tendrá que valer por mil enemigos.

      —De ser así, tendré que valer por más de mil bosquerinos, quizá por unos tres mil. –Kira bebió lo que quedaba en su jarrito y comió el poco queso que quedaba sobre el plato. Se puso de pie y tomando su capa le dijo. –Te espero en los muros. Trata de no embriagarte de más. Me alegrará ver que pelees contra bosquerinos y no contra tus compatriotas. Ja ja ja.

      Kira le dio cinco monedas de cobre al dueño del lugar por el almuerzo y salió hacia el exterior, donde la noche predominaba y el frío gobernaba sobre el calor. Ella tomó esto como una señal de que el ejército de Fallstore ya estaba cerca. Podía sentir como el viento que venía del Sur movía su largo cabello castaño y daba contra su rostro. Lo acomodó por detrás de las orejas y con alegría puso rumbo hacia el muro.

      La escarcha se depositaba sobre las almenas,