—Usted no puede trasladarla solo, doctor Julian, es peligroso —escuché decir a otra voz más grave y más extraña.
—¿Crees que así es un peligro? No puede ni moverse. Vamos, desamárrenla, necesita ser atendida.
—Sí, doctor.
No puse objeción alguna. Sin una mínima esperanza permití que aquel hombre me sostuviera entre sus brazos hasta liberarme.
Julian me transportó con cuidado, como si fuera una carga valiosa. Me dejó reposar sobre una camilla y con suma delicadeza retiró la bolsa que había obstruido mi vista.
Pude ver todo con claridad, incluso los restos de las lágrimas atrapadas en mis pestañas. Me encontraba en otra habitación médica, una un poco diferente a la anterior, más normal. Frente a mí reconocí al hombre barbudo y de gafas que había visto junto a la mujer al despertar y supe que él era Julian. Cuando lo detallé mejor, sospeché que debía tener unos cuarenta y tantos años.
—Te voy a poner algo para el dolor y vas a poder descansar —susurró.
Sentí un ligero pinchazo en el brazo, pero no me inmuté.
Antes de caer en la fosa creí que no encontrar a Levi era lo peor que me había sucedido después de lo del primero de septiembre. Ahora estaba segura de que eso era minúsculo comparado con lo que ya me habían hecho en aquella habitación.
Esas personas… o lo que fueran, hacían que el recuerdo de la gente que había existido se pareciera a la vaga imagen de unos habitantes prehistóricos.
Escuché a Julian hablar, pero no quise moverme. También vi gente andar a mi alrededor con implementos y medicinas. Mientras tanto, lo único que rondaba mi cabeza era: ¿con qué clase de personas estaba y qué atrocidades iban a hacerme?
5
Desperté tan asustada que casi hice caer los implementos médicos conectados a mis extremidades.
Me encontraba en la habitación médica de nuevo, pero esa vez con el cuerpo hinchado y la mente plagada de dudas. Me incorporé con cuidado. No había nadie más ahí, solo las máquinas y yo. Agobiada, traté de rememorar lo ocurrido.
No había sido una pesadilla, en verdad había pasado.
Estaba en peligro.
Debía escapar de ese lugar, pero tenía miedo de poner un pie afuera y ser llevada de nuevo a la habitación de las pesadillas. Además de eso, una docena de preguntas revoloteaban por los compartimientos de mi mente: ¿En dónde estaba? ¿Por qué me habían interrogado como si fuera una enemiga? ¿Cómo podía huir?
Me exalté cuando la puerta de la habitación se abrió. Automáticamente me deslicé hacia atrás y me acurruqué cerca de la cabecera de la camilla. Era inevitable, mis sentidos estaban descontrolados, por lo tanto, mi cuerpo reaccionaba ante cualquier sonido o movimiento desconocido.
Un hombre atravesó el umbral de la puerta para hacerse visible.
Era él, el doctor. Vestía una bata blanca y sostenía una libreta.
—¿Cómo te sientes, Drey? —se apresuró a preguntar en tono afable.
Lo estudié con mayor detenimiento. Su cabello era ondulado y veteado en canas, entre las cuales se veían restos de un color rubio oscuro. Aunque su presencia no me intimidaba en lo absoluto y no me infundía miedo, no quise responder a su pregunta. Por alguna razón, como si no dominara el habla, mis cuerdas vocales no emitieron sonido alguno.
—No voy a hacerte daño, ese no es mi papel aquí —arguyó. Luego de un minuto de silencio, sumó—: Permíteme presentarme, soy el doctor Julian Palafox.
No parecía que fuese a lastimarme, pero ya era consciente de que no podía confiar en las personas de ese lugar.
Mirándome a través de sus gafas, esperó a que contestara. Un momento después de que mi cerebro diera la orden, hablé:
—Quiero irme —murmuré con voz seca.
—Entiendo, pero no estás en condiciones —dijo el doctor. Anotó algo en su libreta y luego volvió a observarme—. Mira, Drey, lo que pasó fue… fue terrible, lo sé. Pero si hay algo que debas decirnos, puedes confiármelo a mí y yo me aseguraré de que no vuelvan a lastimarte.
—Es que no sé qué es lo que quieren que diga —respondí con lentitud, mirando a mi alrededor como si en cualquier momento fuese a aparecer de nuevo el especialista Carter—. Ese hombre me hizo preguntas que no puedo responder porque no las entiendo.
El doctor Julian soltó una pequeña y falsa risa, sin embargo, aquel gesto no le hizo perder el brillo de afabilidad en sus pequeños ojos.
—No creo que esa actitud te ayude. ¿Por qué no dices la verdad? Quizás vaya contra la lealtad que te pidieron jurar, pero vale la pena si hace que no te maltraten más, ¿no lo crees? Piensa en ti, Drey, vamos —razonó.
—Eso es lo que he estado haciendo, he dicho la verdad —sostuve.
Un cosquilleo de impotencia me recorrió el cuerpo, como cuando se era culpado injustamente por algo que en realidad había hecho alguien más.
—¿Quieres mantener ese engaño? A Carter no le importará acabar contigo.
Tragué saliva y la garganta me ardió.
—¿Por qué no me creen? —inquirí con voz trémula—. Esto es tan confuso, tan…
Me vi incapaz de completar las palabras por la rabia. El hombre se quitó las gafas, y con su dedo índice y su dedo pulgar se frotó los ojos en un gesto de frustración. Luego se cruzó de brazos y me miró con cierta diversión, como si mi actitud fuera una buena función de circo.
—Bien, dime, ¿cuál es la verdad que tanto sostienes? —preguntó, vacilante.
Tomé aire con la intención de no titubear. Si lograba oírme firme quizás Julian me otorgaría el beneficio de la duda, o si tenía suerte, vería que no mentía.
—Mi verdad es que no sé a qué se refieren con las preguntas que me hacen. No fui enviada por nadie, no pertenezco a ningún grupo y no estoy entrenada para mentir —confesé con esfuerzo, manteniendo la barbilla en alto—. Venía de la ciudad porque había estado buscando… —Decidí omitir el asunto de Levi—. Buscando algo que no encontré. Tenía toda la intención de regresar a casa para seguir con mi solitaria vida, pero entonces me topé con unos extraños grabados en los árboles y me ganó la curiosidad. Seguí el camino de las flechas y caí en el agujero. Después me desmayé. Cuando desperté los vi. Después de tanto tiempo, después de tanta soledad, por primera vez vi personas. Viví todo este tiempo pensando que solo yo existía en el mundo, y ahora que sé que no es así, lo que ha pasado me hace dudar mucho… Ustedes son peligrosos.
El doctor Julian me miró con intriga. Ya no había diversión en su rostro, sino curiosidad y desconcierto. ¿Acaso comenzaba a ver la autenticidad de mis palabras?
—¿Estás diciendo que vivías arriba? —inquirió despacio, a lo que yo asentí con la cabeza, afirmando—. Drey, eso es imposible, más que imposible y todos lo sabemos. En verdad no quiero que te maltraten. Me parece que apenas eres una niña, quizás un peón. Sería muy injusto que… por favor, reconsidéralo.
—Lo injusto es que no crean en lo que digo —me apresuré a decir, tan firme que incluso soné retadora—. Esto es lo que sé: hace tres años, una tarde, todos comenzaron a morir asfixiados. Yo sobreviví junto a otras seis personas, luego ellos también fallecieron poco a poco, pero no de la misma manera. Entonces me quedé sola, pensando que era la única en el mundo hasta que me encontraron.
—Bien, espera, espera —soltó Julian mientras se pasaba la mano por la frente. Fijó su vista en el suelo, pensativo—. Sí, eso sucedió. La mayor parte de la población