Daniel llegó a la parroquia rebosante de alegría y fue recibido por Eric con una cara de picardía que dejó traslucir todo lo que pensaba, sin necesidad de decir una sola palabra. Solo le comentó que no se olvidara de que debía encargarse personalmente del arreglo del salón parroquial después de los encuentros sociales domingueros y que, en esta ocasión, debido a su ausencia, lo había tenido que hacer él. Dado el tono usado por Eric, Daniel no supo distinguir si se trataba de una broma o de una admonición. Confundido le contestó que había sido un error que él se hubiera encargado de ese menester, en circunstancias que había pensado llevarlo a cabo tan pronto regresara del prolongado almuerzo en el que había participado. Quedaron que en el futuro sería así, que el párroco no se preocuparía del tema y que dejaría el salón tal cual había quedado y que el asistente haría su trabajo más tarde. En los domingos venideros la realidad fue que en los hechos la hora del té de los domingos en el salón habitual se transformó para Daniel en un almuerzo dominical en la casa de Elizabeth, ya que la invitación original tomó carácter de permanente. Desde ese instante, todos los domingos el muchacho almorzó en la casa de esa niña que admiraba, salvo cuando había un partido de fútbol especial, espectáculo al cual se adhería el doctor. Luego ambos se dirigían a la casa de este para tomar té allí, lugar donde continuaban los comentarios sobre lo acaecido en la cancha.
Se creó una relación muy especial entre el estudiante y el médico, en la cual este fue llenando el vacío que le producía la circunstancia de no haber tenido un hijo hombre, ya que Elizabeth era hija única. La joven estaba contenta por la forma en que se habían ido dando las cosas entre ambos hombres. La madre, a su turno, empezó lentamente a transformar su enojo y preocupación social iniciales y en cierta manera comenzó un proceso en que percibió que ese hijo de un minero del carbón la estaba conquistando. En algo debió haber influido la circunstancia de que Daniel llegara a almorzar los domingos con una especial caja de chocolates para ella, la que gracias a los consejos de la chiquilla resultaba siempre ser de los preferidos de su madre.
Como a los tres meses de la primera invitación a almorzar, ya era un hecho que entre los jóvenes había nacido algo más que una amistad. Una tarde en que se encontraban solos en el salón de la casa después de almuerzo, Daniel le declaró a Elizabeth su amor y le dijo que nunca había sentido por nadie lo que sentía por ella, y que ya hacía tiempo que estaba acariciando el sueño distante de que algún día pudieran ser marido y mujer. Le añadió que sabía que para que eso sucediera faltaba mucho tiempo, pero le aseguró que continuaría poniendo todo su esfuerzo para salir adelante con la carrera que deseaba seguir y que esperaba que ella tuviera la paciencia de esperarlo.
–Sé que somos muy jóvenes para planear algo así, pero déjame al menos soñar con ello –agregó.
Ella le contestó que también estaba enamorada y que sentía hacia él, el más grande de los afectos que una mujer pudiera sentir por un hombre. Le añadió que no solo lo quería con todas sus fuerzas, sino que además sentía por él una tremenda admiración por lo que era y por cómo había logrado llegar adonde había llegado. No tengo dudas, le acotó, de que triunfarás y ten la certeza que yo también siento hoy el anhelo de ser tu mujer, pese al tiempo que media para que aquello pueda acaecer. Sellaron esas declaraciones con una seguidilla de apasionados besos, en cada uno de los cuales los dos pusieron, junto al cariño que sentían por el otro, la pasión que brotaba desde lo más íntimo de sus entrañas. Daniel nunca fue capaz de recordar siquiera un minuto del viaje de regreso a la parroquia. Era tal su felicidad, que el trayecto le pareció haberlo hecho no a pie, sino montado sobre una nube.
Esa noche, a la hora de la cena, Elizabeth narró a sus padres las declaraciones de amor que mutuamente se habían manifestado y les agradeció por haber sido tan generosos en aceptar a Daniel en la forma en que lo habían hecho. Les expresó su inmensa felicidad y les confesó que nunca había sentido por una persona ajena a su casa el amor que sentía por el muchacho de Fatmill. Les añadió que tenía plena conciencia de que por la edad de ambos no era posible pensar con cierta certeza sobre un proyecto más serio, pero que les daba gracias a ambos por no ser un obstáculo en esta maravillosa primera experiencia amorosa. El doctor le respondió que contaba con la comprensión suya y con la de su madre, y que ambos tenían plena confianza en que ella sabría conducirse acorde con los principios y valores que desde chica le habían inculcado. En cuanto al muchacho, le indicó que lo encontraban una gran persona, digno de todo reconocimiento, y que les parecía que él también estaba imbuido en los mismos principios y valores de ella. Daniel, por su parte, durante la cena hizo una confesión similar a Eric, quien lo felicitó y lo instó a gozar sanamente de esa relación y a respetar a esa niña que Dios había puesto en su camino, cosa que el muchacho se comprometió a hacer.
Habían pasado casi tres años desde que Daniel llegó a Newcastle con un objetivo claro y preciso: terminar de la mejor manera su formación escolar para ingresar al Instituto Minero del Carbón. Pero, además, había llegado allí en busca de otra meta que no había olvidado: buscar un trabajo para su hermana, aventura para la cual él sabía que ella continuaba preparándose en Fatmill. Un domingo salió con Elizabeth por el centro de la ciudad después del ya tradicional almuerzo en casa de la joven. Ese panorama le encantaba, pues la ciudad, exenta del ajetreo propio de los días laborales, ofrecía ferias artesanales y exhibiciones de artistas callejeros que, especialmente alrededor de la plaza de la estatua a Grey, brindaban una característica alegre y festiva. Llegaba a sorprender la variedad de las ofertas, muchas de ellas entretenidas o convenientes, según el caso. Habían permanecido allí por un largo rato observando una muestra de productos vegetales de la zona, que incluía flores muy hermosas, cuando decidieron transitar colina abajo por Grainger St. Al momento de enfrentar Nelson St., decidieron entrar a una especie de puerta ancha que tenía el título de “Central Arcade”, lugar que ella conocía bien, pero al cual él nunca había ingresado. Se trataba de una especie de pasadizo corto y ancho que terminaba en un amplio espacio rectangular abierto, cuya parte central estaba adornada con árboles