La decadencia del relato K. Darío Lopérfido. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Darío Lopérfido
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Социология
Год издания: 0
isbn: 9789505568079
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Cristina es un enemigo del pueblo. Por eso creen necesario eliminar (o dominar) las instituciones de control, el Poder Legislativo y el Poder Judicial. Porque le permiten a Cristina ser “la líder del pueblo”, sin intermediarios. Y es esta división entre pueblo y sus enemigos la que ha generado una inmensa cantidad de esbirros a la orden del poder, que se limitan a hacer caso a lo que la reina manda; así como ha generado una horda de fanáticos que lo único que hacen es repetir los mensajes que el kirchnerato transmite, sin importar si lo que dicen es verdad o mentira. Así es como nació el fanatismo kirchnerista y, con él, la intolerancia. Y así vamos institucionalizando la violencia, y se convierte en algo que nos pasa en el día a día, que divide familias, que divide amistades, que separa (o une) parejas. Ahora resulta que hasta en las aplicaciones de citas la gente comenta su simpatía política, como forma de filtro. Así se juntan nuevas parejas por afinidad política, así se divide cada vez más la sociedad argentina. Así es como de un lado quedan los fanáticos intolerantes, con quienes no se puede charlar, con quienes los datos, los hechos y la realidad no tienen sentido alguno, y los que valoramos la democracia y creemos que una sociedad se debe construir entre todos, valorándonos a cada uno como persona, como individuo, como igual pero, a la vez, diferente.

      También es importante señalar cómo el kirchnerismo ha generado una decadencia en el vocabulario y una decadencia en la palabra y los valores y significados que ella otorga. La indigencia intelectual del politburó kirchnerista ha bastardeado el lenguaje y ha generado que muchas palabras pierdan su valor y se vacíen de contenido.

      Una de las palabras más utilizadas por el kirchnerismo, por ejemplo, es “social”. Previo al kirchnerato, la palabra “social” prácticamente no era utilizada. Con el advenimiento de Néstor al poder, y más todavía con Cristina como presidente, se le fue dando un uso intensivo a la palabra “social” que, llegado el día de hoy, ya no tiene significado alguno. Esta situación se asemeja a esa fábula que dice que había un niño muy bromista en una aldea, que era pastor de ovejas, y que siempre que sacaba las ovejas a pastar por los campos volvía corriendo al pueblo gritando que un lobo las había matado, y que cuando los habitantes del pueblo acudían al lugar de los hechos, las ovejas estaban vivitas y coleando, disfrutando del campo, y el joven comenzaba a reírse a carcajadas porque sus vecinos habían creído su engaño. Tras repetir varias veces la broma, los vecinos del pueblo dejaron de creerle. Y un buen día, efectivamente apareció un lobo y mató a las ovejas. El joven salió corriendo desesperado a contarlo a los habitantes del pueblo, pero estos ya no le prestaron atención. Esta metáfora refleja muy bien cómo el kirchnerismo utiliza algunas palabras y les da un uso tan abusivo que, con el tiempo, esas palabras pierden su valor.

      Desde que los Kirchner están en el poder, todo pasó a ser social. Lo que antes se denominaban “piquetes” ahora son “protestas sociales”. La economía pasó a ser “economía social”. Los proyectos de vivienda pasaron a ser “vivienda social”. El género de una persona pasó a ser “género social”. Los dirigentes de agrupaciones piqueteras pasaron a ser “dirigentes sociales”. La innovación pasó a ser “innovación social”. La historia pasó a ser “historia social”. Y hasta parte de la legislación pasó a llamarse “legislación social”. Se han encargado de incorporar a la fuerza esa palabra, en todos los ámbitos, a tal punto que la palabra “social” ya no tiene valor alguno. Si todo es social, ya nada es social.

      Lo mismo sucede con la palabra “soberanía”. Cuando se estatizó YPF, nos dijeron que se hacía para conseguir “soberanía energética”. Si se referían a la autosuficiencia energética, nada tiene que ver ser autosuficientes con ser soberanos o que una empresa sea estatal. Luego, cuando estatizaron Aerolíneas Argentinas, nos dijeron que se hacía por la “soberanía”, así de simple y genéricamente. ¿Qué tiene de soberano tener una aerolínea que pierde dinero todos los días (que es solventado con los impuestos de la gente) y que tiene un monopolio sobre los vuelos en Argentina y eso hace que todos viajemos más caro? Y en 2020 quisieron estatizar Vicentin, para tener “soberanía alimentaria” y tener una “empresa testigo” del mercado de cereales y oleaginosas. ¿Cómo será posible que expropiando una empresa que compra y vende granos tendremos “soberanía alimentaria”? ¿Qué quiere decir “soberanía alimentaria”? ¿Acaso los alimentos no llegan a algún punto del país? ¿Tener una empresa como Vicentin va a hacer que todos comamos fideos gratis?

      Otro de los conceptos bastardeados es el de los “derechos”. Nos han afirmado hasta el hartazgo que se creaban nuevos derechos, o que se “ampliaban” derechos, a tal punto que ya se desdibuja lo que es un verdadero derecho. Si tenemos derecho a todo, no hay responsabilidad sobre nada, y se pierde el valor de los verdaderos derechos. Si tenemos derecho a todo, no tenemos derecho a nada, porque cualquiera podría decir que tiene derecho a quitarme lo que es mío. Tener demasiados derechos y pocas obligaciones es la mejor forma en que una sociedad cave su propia tumba. Por eso se habla aquí de decadencia. Porque se le ha hecho creer a la sociedad que tiene derecho a todo, y cuando la gente incorpora esa idea, justifica todas sus acciones diciendo que “tiene derecho a”, y se terminan las obligaciones y las libertades.

      Por eso Argentina está en decadencia, porque creemos que tenemos derecho a todo y que no tenemos responsabilidad sobre nada. Clara muestra de esto fue la organización del funeral de Estado por la muerte de Maradona. Lo organizó el Gobierno nacional, la seguridad estaba a cargo de la ministra Sabina Frederic. La situación se descontroló, la gente saltaba las rejas de la Casa Rosada y empujaba para poder saludar a su ídolo. La policía repelió a los instigadores de los actos delictivos y el Gobierno nacional no tuvo mejor idea que culpar al gobierno de la ciudad por la “represión”. Si desde la más alta esfera del poder se nos dice que hagamos lo que queramos y que no hay consecuencias, ¿cuál es el resultado esperable? Si no se penaliza a quienes vandalizaron la Casa Rosada, cualquier persona, cualquier día, puede ir a tirar una reja abajo y romper un busto de un expresidente y bañarse en la fuente del patio interno de la casa de gobierno.

      Estamos ante una decadencia total. El kirchnerismo ha utilizado a la militancia como un vehículo de idiotización de sus seguidores, y ha logrado un resultado excelente: una banda de fanáticos justificadores seriales de cada insensatez que llevan adelante. El Gobierno nacional actual no tiene rumbo, no tiene un norte y está llevando al país a un abismo sin igual. El kirchnerismo es el espacio portador del atraso y la mediocridad. Y si bien la clase media alguna vez creyó en esta banda de ladrones, hoy se está dando cuenta de que su relato está acabando, de que está en decadencia, y como esta asociación mafiosa sabe que está ante su final, está destrozando todo lo que toca y se está llevando todo lo que queda a su paso. La destrucción de las instituciones de la democracia que se ve día a día es el claro ejemplo de que el relato K está en decadencia, que trata de llevar adelante sus últimos manotazos de ahogado porque sabe que va a morir.

      Y, en el medio, una sociedad que sufre las consecuencias, pero que está despertando y está reclamando justicia, transparencia, democracia y república.

      En mayo de 2003, cuando el kirchnerismo llegó al poder, la sociedad argentina no tenía el nivel de conflictividad social que percibimos hoy en día. Si bien recién salíamos de un proceso muy duro, como había sido la caída del gobierno de Fernando de la Rúa (del cual formé parte y no tengo ningún prurito en asumirlo), los hechos de violencia y la consecuente seguidilla de presidentes en pocos días que finalizó con Eduardo Duhalde como primer mandatario, todos los argentinos entendimos entonces que al país se lo sacaba adelante trabajando, generando cambios en la política y en la economía que permitieran encarrilar el país en una senda de crecimiento sostenido. Pero luego vino Néstor Kirchner, que, por más que muchos lo extrañen, fue el ideólogo de la dinastía K. Para quien todavía lo dude, basta con mirar lo que sucede hoy en Santa Cruz, una provincia gobernada por los K desde 1991, que sin coparticipación y las ayudas económicas del Estado nacional no podría subsistir. El programa fue el mismo: pagarle a la militancia con cargos públicos, hacer crecer el Estado para obtener obediencia y, mientras tanto, volverse rico.

      Para sostenerse en el poder, el kirchnerismo empezó con un relato. Pero, en la realidad, Néstor Kirchner se vio beneficiado por una soja a 600 dólares la tonelada y