Los números del amor. Bernardo Álamos. Читать онлайн. Newlib. NEWLIB.NET

Автор: Bernardo Álamos
Издательство: Bookwire
Серия:
Жанр произведения: Языкознание
Год издания: 0
isbn: 9789569946486
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que tuvo al mundo al borde de una hecatombe nuclear.

      Eduardo dejaba a dos grandes amigos, Bill Rutherford y Patrick Head. Esperaba que ambos fueran parte de su futuro, pero cada uno por separado. Era el estilo de Eduardo.

      IV.

      Eduardo

      (Chile, 1963)

      Eduardo llegó muy impresionado. Al principio le costó mucho reinsertase en su país, ya que le acomodaba la forma de vida de los gringos, pero estaba obligado a hacerlo, pues las condiciones de la beca lo exigían. Volvía a ver comportamientos irracionales; los escupitajos, a la gente que botaba basura en la calle, la falta de respeto en las filas y tantas otras conductas que demostraban la falta de educación general. Estas situaciones lo deprimieron un poco y por eso rumiaba su desdicha. Venía de un mundo desarrollado y Chile estaba a años luz de tal condición.

      Para Carmen, en cambio, todo era felicidad. Se encontró con su familia, traía un nuevo integrante en su vientre y había tanto que contar de su vida en Boston, los amigos que habían hecho, la cultura, etc.

      El nacimiento de Sergio alegró especialmente a Juan y llenó de orgullo a Eduardo, que volvía a ser feliz. Fue el mejor periodo en la relación entre el suegro y el yerno. No cabía duda de que por el solo hecho de existir, Sergio había cambiado la atmósfera. Era una guagua saludable, que no perdonaba ninguna ocasión para amamantar. Pilar quiso poner orden en la alimentación de la criatura, ya que Carmen le daba leche sin ningún control.

      —¡Suelte a ese niño que se la va a comer! —reclamaba Pilar.

      —Es que lo quiero tanto, pobrecito, mi niño —contestaba Carmen, haciendo caso omiso a la advertencia de la matriarca.

      Al final, Pilar impuso su criterio, pues Carmen perdió mucho fierro y el doctor le ordenó regular las horas de amamantar.

      —Desde ahora al niño se le dará la papa en estos horarios.

      En cuanto a Eduardo, como estaba estipulado en la beca, trabajaría para la universidad como profesor e investigador a tiempo completo los siguientes dos años. Tenía una forma de enseñar muy diferente y ello le trajo detractores y admiradores. Con todo, las clases que dictaba eran muy populares.

      —Jóvenes, sabemos que la materia no desaparece, sino que se transforma. ¿Qué relación hay entre el alma, la materia y el pecado? —preguntó.

      Ningún estudiante contestó, el profesor los había descolocado.

      —No hay respuesta —dijo Eduardo.

      La clase estaba en silencio, pero al mismo tiempo expectante.

      —Los voy a ayudar un poco —dijo—. Para los que profesan la religión cristiana, los seres humanos tienen un alma que al morir se va al cielo querido o al temido infierno. Para que eso ocurra, el alma tiene que ser materia.

      Un estudiante se atrevió y levantó su mano.

      —¿Si?

      —Profesor, como usted dice, el alma sería materia para los creyentes y nada para los no creyentes.

      —Has contestado bien, y ¿qué hay del pecado? Porque, de acuerdo a la doctrina, la Iglesia católica afirma que el alma de un individuo se salva o condena si este muere sin pecado o con pecado, respectivamente. Por lo tanto, el pecado es materia, pues cambia la condición del alma.

      —¿Qué piensa usted acerca de esta afirmación? —interrogó Eduardo al estudiante.

      No hubo respuesta y Eduardo continuó.

      —Si no sabe, se lo diré. Mi mujer es católica y cercana a un monje llamado Lucas. El monje le dijo el otro día que era primordial confesarse con un sacerdote, y que lo que hacía el cura era tomar los pecados del confesado y ofrecerlos a Dios, Él los perdonaba transformando esa inmundicia en flores perfumadas que sanaban el alma del que se estaba confesando. En conclusión, el cura no perdonaba nada, Dios lo hacía y sanaba el alma de la persona. ¿Qué piensan ustedes de eso?

      Cinco muchachos levantaron la mano; ese era el propósito de las clases de Eduardo, hacerlas participativas y polémicas.

      —Depende de lo que usted crea, profesor, esto es una cuestión de fe y la fe se tiene o no se tiene. Yo al menos la tengo —dijo el alumno.

      —¿Cuál es su nombre?

      —Arancibia —contestó el joven.

      —Sr. Arancibia, tiene un punto de bonificación —sentenció Eduardo—. Ese es el punto, nunca pierdan la fe, no tengan miedo al fracaso, por más que parezca deschavetado su objetivo. Nuestro país necesita jóvenes que se atrevan a desarrollar sus proyectos. Esa es una diferencia entre Chile y Estados Unidos, por ejemplo. Allá, en el país del norte, los que tienen sueños no cesan en su empeño hasta verlos logrados. Buenas tardes. Es todo por hoy.

      Al salir, Eduardo se giró y vio a sus estudiantes conversar acaloradamente. La semana siguiente nadie faltó a su clase.

      —Señores —inició Eduardo—, ¿alguien me puede decir la hora?

      —Cuatro y media, profesor —contestaron varios.

      —Y usted, señor ¿me puede decir la hora? —volvió a preguntar.

      —Las cuatro y media —afirmó un estudiante sorprendido.

      —Y ustedes, los de atrás, la hora por favor.

      —Unos segundos más de la que le dijeron por última vez —respondió uno de ellos.

      —¿Nombre? —inquirió Eduardo.

      —Depende, profesor, ¿me va a dar una bonificación?

      —Digamos que media, que es el promedio.

      El comentario produjo una risotada general.

      —La hora marca nuestro tiempo, pero no de la misma manera. Por ejemplo, para una persona que está enferma o en la cárcel la hora y el tiempo son diferentes. Ella dirá un día menos para recuperarme o un día menos para mi libertad. Para el que está de vacaciones, una hora para tomarme el pisco sour, o dos horas para la puesta de sol, o tres horas para llegar al destino. Como ven, es relativo. La clase de hoy hablaremos sobre la teoría de la relatividad. El tiempo no se mide igual en el espacio…

      Esta vez la clase fue un poco más densa, pero Eduardo sabía cómo conquistar a los alumnos y dejarlos motivados.

      —Einstein triunfó, en parte, porque fue distinto a los demás, pensó y observó. Ustedes piensen siempre y no dejen nunca de hacerlo. Si a una persona se le cae una argolla de oro o una perla en un lavatorio de manos, lo que haría la mayoría es seguirla con la vista y tratar de atraparla. Algunas veces lo lograrán y otras no. ¿Qué es lo acertado? Ir directo al agujero y taparlo con la mano. La argolla o la perla llegará después y la persona la recuperará. Sean pacientes y adelántese a la jugada, ya que al final ustedes estarán esperando el tren y no al revés, corriendo detrás de este para alcanzarlo —les dijo Eduardo al terminar.

      Lanzó un trozo de tiza que se quebró al impactar la pizarra.

      —Masa, tiempo, energía, velocidad, no lo olviden —exclamó.

      Esta vez no se giró. Escuchaba sus murmullos.

      El prestigio de Eduardo se acrecentó, pues demostró ser un investigador muy acucioso y certero. No fue extraño que al terminar lo que le exigía la beca, la universidad le ofreciera extender su contrato, con condiciones más ventajosas; pero él tenía otros planes.

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